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CIENCIA

Ecce Homo

El hijo de Lee Berger tiene nueve años y ya ha hecho méritos para aparecer en los libros de historia de la ciencia. No ha estudiado carrera alguna pero tiene la sana costumbre de acompañar a su padre, palentólogo, en largas caminatas por el campo en los alrededores de Johannesburgo. En una de ellas, se agachó con curiosidad infantil para recoger un resto gris y terroso parcialmente clavado en la roca de una cueva de fácil acceso.

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No era un resto cualquiera. Su padre ha descubierto que se trata de un fragmento de clavícula de un homínido que habitó esas tierras hoy sudafricanas hace casi dos millones de años. Cerca de ese mismo lugar, el equipo de Berger desenterró igualmente una mandíbula del mismo individuo (un joven de unos doce años) y un esqueleto más completo de una hembra adulta.

Los restos pueden dar lugar a uno de los hallazgos paleontológicos más importantes de la década: la posible constatación de la existencia de una nueva especie de homínido, antecesora de los primeros humanos, que vendría a llenar un hueco largamente vacío en la escala evolutiva de nuestro género. Los paleontólogos saben que los primeros seres catalogables como humanos que abandonaron África para colonizar el resto del planeta fueron los Homo erectus. Hace más de 300.000 años, de esta especie pudo derivar la rama que terminó desembocando en la humanidad actual. Antes de ellos, el registro fósil no arroja demasiadas pistas para dibujar el árbol genealógico. Contamos, eso sí, con la certeza de que hace cerca de 3 millones de años, África estuvo habitada por las que pueden ser los abuelos de todos los abuelos: Australopitecus afarensis, la famosa Lucy. ¿Pero qué ocurrió entre Lucy y los primeros Homo?

Los huesos ahora hallados en Sudáfrica pueden dar una pista. Sus descubridores creen que se podría tratar del resto de una especie desconocida hasta ahora, puente entre los afarensis y el erectus, que vivió hace más de 1,8 millones de años y a la que quieren llamar Australopitecus sediba

Para confirmar una nueva pieza del puzzle de la evolución hace falta algo más que unos esqueletos. Todavía es pronto para certificar si la pretensión de Berger y su equipo gozará del respaldo generalizado de la comunidad paleontológica. Pero los datos parecen esclarecedores. Sediba tiene un cerebro evidentemente menor que el del Homo sapiens (menos de la mitad de volumen), sus dientes eran extremadamente pequeños y sus piernas y brazos muy largos, acabados en pies y manos robustos. Caminaba erguido, podía trepar a los árboles y sus restos han llegado hasta nosotros gracias a que pudieron ser arrastrados por el agua hacia una cueva al abrigo de los carroñeros.

Aunque tiene evidentes signos morfológicos australopitecinos, aparecen ya en este ser algunos rasgos propios del género Homo. Y es precisamente esta mezcla sutil de caracteres la que hace que los expertos lo consideren un estadio evolutivo intermedio.

Hace unos meses, la comunidad científica conoció la noticia del hallazgo de Ardi (un Ardipitecus ramidus que vivió hace 4 millones de años y que desbancó a Lucy del trono de abuela de la humanidad). Más tarde, en Siberia, el ADN mitocondrial extraído de una falange fósil permitió intuir la existencia de una especie de Homo europeo de hace 40.000 años que no se conocía hasta ahora y que eleva a diez el número de homínidos conocidos en el Viejo Continente desde que Homo erectus abandonó África hasta que nacieron los primeros sapiens.

En definitiva, que en cuestión de medio año la sucesión de noticias sobre el registro fósil humano ha sorprendido a propios y extraños y obliga a pensar en la necesidad de replantear buena parte de los conocimientos adquiridos durante décadas sobre nuestros orígenes. La historia de Homo sapiens empieza a ser reescrita.

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