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CÓMO ESTÁ EL PATIO

Licenciado en algaradas

La universidad pública española está repleta de luchadores por un mundo más justo. Vamos, es que no cabe uno más. Es gratificante comprobar cómo la parte más concienciada de la juventud desdeña hábitos caducos como la dura preparación académica para el desempeño de una profesión exigente, y se centra en las cosas que realmente hacen a un país grande, como el que sus universitarios pasen unas horas semanales dedicados, en compañía de sus profesores, a denunciar el fascismo irredento de la corrupta sociedad burguesa y sus instituciones sedicentemente democráticas.

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El hecho de que se desgañiten apoyando a un funcionario judicial del que sólo saben que sale mucho en la tele es lo de menos. De hecho, un juez acusado de adoptar una resolución injusta en beneficio de un querellado, al que previamente había aligerado el bolsillo para disfrutar de un año sabático dando conferencias, no es precisamente un caso que debiera suscitar el ánimo justiciero de las masas académicas. Pero como se trata del mismo funcionario al que unas organizaciones declaradas non gratas por la tolerancia superdemocrática del progresismo han situado extramuros del derecho a pedir justicia, el detalle de que sólo una de las tres demandas admitidas a trámite tenga que ver con este asunto pasa deliciosamente inadvertido.

Sabiamente dirigidos por otros señores que en su mocedad juraron fidelidad a los tan sagrados como inmutables principios del glorioso movimiento nacional, los usuarios de la Universidad Complutense han dado esta semana un ejemplo de compromiso con los valores que, entienden, deben defender en tanto miembros docentes y discentes de la más alta institución educativa de nuestro país.

A ninguno, sin embargo, se le ocurrió inquirir a los oradores talluditos que les enardecían con sus ataques a un señor que murió en su cama hace 35 años, qué hacían ellos mientras el fulano dirigía los destinos, unidos en lo universal, de la patria española. De haber tenido esa perspicacia, algunos de los "pasionarios" intervinientes en el mitin universitario podría haber relatado con todo lujo de detalles cómo permaneció durante décadas infiltrado en las filas del franquismo ahora denostado. Gozando de sus beneficios, disfrutando sus gabelas y labrándose un futuro, sí, pero con el único objetivo de hacerlo implosionar desde dentro como miembro de la quinta columna superprogresista. Ya de mayores, con las manos libres, la conciencia limpia y la cuenta bancaria saneada, han podido dedicarse a hacer lo que siempre desearon, atacar libremente al tirano que tanto les hizo sufrir con todo tipo de nombramientos en las más elevadas estructuras del régimen.

La universidad española se ha convertido, por antonomasia, en el centro de prácticas de revoluciones a la violeta y eso hay que aprovecharlo. No se entiende cómo la participación en sentadas, encierros o manifestaciones no suponen la obtención de varios créditos académicos o las agresiones a los oradores que no son del gusto de la extrema izquierda un meritorio sobresaliente. En el último mes, la Complutense se ha revelado el foco de agitación más importante para la reivindicación de un mundo más justo, es decir, sin fascistas, o sea, sin la gente que no es de extrema izquierda. Sólo falta que el Claustro inicie los trámites para la creación de una nueva licenciatura dedicada a estudiar y propagar este fenómeno. Alumnos no le han de faltar. Y maestros, tampoco.

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