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RECUERDOS SUELTOS

El café Derby

Hace ya bastantes años que dejaron de existir el café Derby –nombre un tanto snob– y su edificio. Estuvo situado en pleno centro de Vigo, al principio de la calle Urzaiz, llamada durante muchos años José Antonio, muy cerca de la peatonal y comercial calle del Príncipe, la típica del paseo vespertino de los jóvenes y dominical de las familias.

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Era un café a la antigua, con mesas de mármol, amplio, más o menos cuadrado, de bastante fondo, un poco oscuro y con ventanales a la calle. Desde los años 20 fue una institución de cultura informal, es decir, sede de tertulias, y después de la guerra siguió cumpliendo una función parecida a la del café Gijón de Madrid.
 
Por allí solían ir escritores y artistas, galleguistas y no galleguistas, como Ramón Cabanillas, Camilo Nogueira, Rafael Dieste, Valentín Paz Andrade, Laxeiro, Ánxel Fole y otros. Poco antes y después de la contienda del 36 recibió también a intelectuales falangistas y apolíticos; imagino que Cunqueiro, Castroviejo o, más tarde, Blanco Amor, entre otros, lo visitarían a menudo. Perdió bastante en los años 60, cuando el hábito de la tertulia decayó, en Vigo y en toda España, y le salió alguna competencia en la cercana cafetería Goya, ya de un estilo más moderno y de la que sabe algo Cristina Losada.
 
Pero debo reconocer que cuando yo frecuentaba el Derby, especialmente en el invierno-primavera de 1965, no tenía la menor idea del pasado ilustre de la institución, todavía vigente en parte. Pasé allí muchas mañanas, cuando casi no había clientes, por razones utilitarias. Había suspendido varias asignaturas del Preu en el instituto Santa Irene, y había pensado dejar los estudios y dedicarme a otra cosa, pero al final opté por terminar aquello y quizá hacer alguna carrera corta; Periodismo, por ejemplo, que sólo duraba tres años.
 
Solía quedar allí con un amigo de clase en las mismas condiciones, llamado Arturo, para estudiar la asignatura de Griego. Desde el bachillerato de Sainz Rodríguez se consideraban las lenguas clásicas materias formativas esenciales para los estudios superiores; pero nunca conocí a alguien (tampoco yo, desde luego) que, en los cinco años de latín y dos o tres de griego, no ya dominara, sino aprendiera con alguna soltura, dichos idiomas. Demasiado tiempo y esfuerzo para tan poco fruto, y no porque a algunos no nos atrajeran las culturas griega y latina, pero de ellas tampoco salíamos sabiendo gran cosa. Ya entonces pensaba que una asignatura de cultura clásica (historia, literatura, etcétera), con algunos apuntes de las respectivas lenguas, habría estado mejor. Pero, bueno, cualquiera sabe.
 
Con todo, disfrutábamos traduciendo pasajes de La Ilíada en el casi vacío café, pues, a pesar de cierta bruticie propia de la edad, sentíamos intensamente la belleza un poco áspera del texto, desde el "Menin áeide, Cea, Peleiádeo Ajileos": era la diosa, la musa, quien hablaba a través del poeta, intuición muy certera. A Arturo le encantaban las constantes comparaciones poéticas, los guerreros yendo al consejo "como enjambres de abejas cuando salen sin cesar de la grieta de un risco y vuelan en racimos sobre las flores primaverales"; o avanzando en silencio contra los troyanos, que, en cambio, marchaban a la lucha gritando "como las grullas que escapan al invierno y a las lluvias insoportables para buscar el Océano y llevar a los pigmeos la ruina y la Parca". Lenguaje fascinante, cuyas imitaciones, como las intentadas en una de sus obras por Gógol, siempre fracasan.
 
También teníamos que traducir trozos de La Eneida, insufribles para mí por su rebuscada artificiosidad, tan en contraste con la maravillosa y primitiva fuerza de Homero. A Virgilio lo trabajábamos con disgusto.
 
Este Arturo no dejaba de ser un personaje. Bastante alto y bien proporcionado, muy delgado, de cara larga y de nariz algo convexa, pero no saliente, ojos verdosos, caminaba un tanto encorvado, y sus maneras despedían una sensación de abulia. De espíritu burlón, no le faltaba inteligencia y sensibilidad, tenía facilidad para los idiomas y hablaba bien el inglés. Según llegábamos al café declaraba: "I feel like drinking a rousal", es decir, un vino del Rosal, gaseado. Nos animábamos al estudio tomando uno cada uno, pero él seguía dándole a la priva a lo largo de la mañana, y luego por la tarde. Se estaba alcoholizando, y del modo peor, es decir, sin llegar a la borrachera, pero bebiendo a lo largo de todo el día. Con eso perdía concentración y otras cosas.
 
Se desenvolvía en medios un tanto golfos, sin llegar a la delincuencia; los ambientes en torno a ciertos bares, billares, etc. Sólo los conocí tangencialmente, no me atraía profundizar en ellos. Uno de sus amigos ostentaba una larga y profunda cicatriz en la cabeza, hasta la frente, resto de una gran herida al haberse caído de más joven –creo recordar– por los montes que formaba el mineral de hierro acumulado en una dársena del puerto para ser embarcado. Era bastante gracioso, y una de sus especialidades consistía en insultar y provocar en la calle, por las buenas, a cualquier desconocido.
 
Por todo ello, y por su falta de constancia, mi amigo suspendió el griego u otras asignaturas, y me comentaba cariacontecido: "¿Lo ves? ¡Es que tengo mala suerte!". Y lo demostraba poniendo el ejemplo de otros que, habiendo estudiado menos y sabiendo también menos, habían aprobado: "¡Todo depende de si te salen preguntas que sepas o no!". Tenía claridad de ideas, como cualquiera ve, y le amargaba tanta injusticia, desanimándole aún más de hacer cualquier esfuerzo. Su madre, no sé cómo, averiguó el teléfono de mi casa y llamó un día, hablando con mi madre para implorarle que yo recondujera a su vástago por el buen camino.
 
No sé por qué se le pasaría por la cabeza recurrir a mí, pues nunca llegué a conocerla; quizá por algún comentario de su hijo, y el hecho mismo indica que estaba un tanto desesperada. Pero eran las crisis típicas de la edad, y, desde luego, no era yo el más indicado para la tarea. Arturo tenía un hermano mayor, más sensato, y vivía en la calle Real, por la Ribera, donde sus padres tenían un bar. Por esas calles solían subir los marineros hacia el barrio de burdeles de La Herrería. Barrio de marineros y de mala fama, seguramente inmerecida: en mi infancia un insulto corriente era "caco de la Ribera".
 
Imagen tomada de www.apuestasdeportivas.info.Mi amigo sabía algo de boxeo, como pude comprobar en alguna ocasión, por la facilidad con que eludía mis torpes golpes y alcanzaba mi cara a voluntad. Mi desidia me despreocupó del noble deporte, y sólo llegué a adquirir unas ligeras nociones de él en la ferrolana prisión de Caranza, cuando hacía la mili, de un joven gijonés que había ganado algún premio juvenil en tales artes. Pero llevo tiempo pensando en la conveniencia de aunar una serie de destrezas físicas e intelectuales para formar lo que podríamos llamar un caballero español. Ya he ideado la "gimnasia española", conjunto de ejercicios físicos y mentales que no ocupan más de media hora y tienen los mejores efectos. Algún día la explicaré, Dios mediante, y a ver si algún mecenas se toma el necesario interés.
 
No volví a saber de Arturo desde que marché a estudiar a Madrid, un par de años más tarde. Muchas veces me he preguntado: lo que ocurre, lo que va pasando, ¿quedará almacenado en algún lugar? Algo permanece en nuestra memoria, pero ésta resulta un archivo muy parcial y deficiente, y va perdiéndose con rapidez, no digamos ya al pasar de una generación a otra. Sin embargo, parece inconcebible que lo que ha sido realidad en un momento desaparezca por completo, como si nunca hubiera sucedido. ¿Quedarán registradas en algún sitio, por ejemplo, las tertulias del Derby a lo largo de tantos años, o, más modestamente, nuestras mañanas de traducción de La Ilíada?
 
Hace mucho tiempo, cuando algunos dirigentes del PCE(r)-Grapo estábamos ocultos en Alicante, después del fracaso de los secuestros de Oriol y Villaescusa, discutíamos en ocasiones sobre problemas del materialismo dialéctico. Una vez se me ocurrió un argumento parecido a lo siguiente:
 
"Cuando vemos las estrellas las percibimos no como están ahora, sino como estaban hace miles o millones de años. Supongamos que a esas distancias hay alguien con medios técnicos capaces de distinguir la Tierra. La verá, a su vez, como era hace miles o millones de años. Supongamos que su capacidad técnica llega hasta distinguir los detalles sobre la superficie terrestre, y que hay una serie de observadores escalonados a diversas distancias, por ejemplo a un año luz, dos años luz, etcétera. Podemos imaginar que esos observadores irían viendo lo que ocurre en la Tierra un año tras otro. Bien, no existen esos observadores, pero lo que quiero decir es que, así como registramos imágenes y sonidos en una película, y vemos escenas y personas que ya no existen, todos los sucesos del universo deben quedar también registrados, aunque nos sea imposible distinguir cómo y dónde".
 
Un físico, imagino, haría trizas el argumento, pero de todas formas puede servir para explicar la idea: la desaparición del pasado resulta incomprensible: ¿dónde desaparece?; ¿adónde va a parar? Acaso nuestros tataranietos lleguen a ser capaces de recuperar la imagen de la historia humana tal cual, si bien a su observación se hurtarán siempre los procesos mentales tras las decisiones y los actos visibles.
 
Aun así, ¡pobres de nosotros si unos semejantes, previsiblemente tan injustos como nosotros mismos, llegan a saber tanto de nuestras vidas!
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