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COMER BIEN

Fabada, feijoada, fórmula uno...

Estaba claro que Fernando Alonso iba a proclamarse campeón del mundo de fórmula uno justamente en el circuito brasileño de Interlagos. No lo digo por la diferencia de puntos con la que llegó el asturiano a esa carrera, sino porque era de lo más lógico que se coronase en una tierra en la que, como en la suya, las alubias son la base del plato nacional.

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Fabes en Asturias, feijaos en el Brasil. Blancas las primeras, negros los segundos. En ambos casos, con un compango en el que manda la carne de cochino. Dejando aparte el color y otras menudencias, y suponiendo –que eso sí que es muchísimo suponer– que a Alonso le hayan dejado zamparse una feijoada, tuvo que acordarse muchísimo de la fabada. O sea: de alguna manera, estaba en casa.

Alubias –fabes, judías, habichuelas, porotos, frijoles, feijaos, boliches, caparrones y yo qué sé cuántos nombres más– y cerdo: una pareja prácticamente ideal. Energética. Potentísima. Sobre todo, sabrosísima. Eso sí, es muy conveniente que luego funcione muy bien el "tubo de escape"; parece que el del Renault 25 es capaz de dar salida a todo tipo de gases, incluidos los producidos por estas leguminosas.

Ya sé que hay gente con estómagos catedralicios, monumentales, que son capaces de considerar una fabada, o una feijoada, un simple primer plato, y atizarse luego un cuarto de cordero, o un "rodizio". Yo, no. Para mí, una fabada –tengo a bordo muchísimas más fabadas que feijoadas– es un menú completo, tal vez con algún picoteo previo y un arroz con leche como final; las he tomado gloriosas, con mención muy especial a las que prepara Pedro Morán en su Casa Gerardo de Prendes.

Ignoro cómo toma Fernando Alonso la fabada... si la toma. Supongo que sí, porque es la demostración viviente de esa máxima astur que proclama que "con fabes y con sidrina no hace falta gasolina", sólo que en versión bable. Por mi parte, apelo a un sistema que quizá los puristas juzguen heterodoxo, pero que a mí me parece el más satisfactorio.

Me sirvo primero las carnes, y procedo a desmenuzarlas al máximo, extrayendo chorizos y morcillas de sus envoltorios y diseminando su interior por el plato, junto con el lacón y el tocino. Una vez tengo esas carnes reducidas casi a picadillo dejo a un lado cuchillo y tenedor, apelo a la cuchara, me sirvo las fabes, con su caldito, y paso a mezclar todo sistemáticamente. La degustación resulta magnífica; otra cosa será la tarde subsiguiente.

Porque es evidente que, después de un par de platos de fabada –Julio Camba confiesa haberse zampado alguno más en su primer contacto con este plato, tras lo que se dedicó, según sus propias palabras, a "hacer una brillante imitación de la anaconda" en su hotel gijonés–, no está uno en condiciones de pilotar durante 300 kilómetros un fórmula uno. Ni de hacer ninguna otra cosa, creo yo, salvo que se tenga muchísima práctica. E imagino que con la feijoada ocurre lo mismo: no me imagino a los jugadores de la Canarinha saliendo a disputar la final de un Mundial tras comer feijoada.

Lo de la sidrina ya es otra cosa. La sidra es una bebida muy antigua y muy agradable. Hablo, claro, de la sidra que llamamos "natural", aunque Asturias haya dado a conocer al mundo su sidra "acampanada", ya saben, "famosa en el mundo entero". A uno le hubiera gustado que a Alonso le hubieran dejado agitar una botella de esa sidra con burbujas y regar con ella a los pilotos de McLaren, pero... se supone que los patrocinadores son los que son y hay que atenerse al guión.

Siempre me ha parecido, la ceremonia champanera del podio, un despilfarro. El champán es una de las bebidas más nobles que existen, y siempre me da pena que se utilice para mojar a los demás; incluso me parece una botella perdida la usada en las botaduras de los barcos. El champán es para celebrar cosas bebiéndolo, no tirándolo ni rompiendo la botella, pero...

Claro que, a lo mejor, el joven y precoz piloto asturiano se echó al cuerpo una caipirinha, que es lo primero que se le ocurre a uno beber cuando está en Brasil. Limón verde, machacado; hielo, y ese aguardiente de caña llamado cachaça (léase "cachasa", que lleva cedilla) forman un combinado la mar de agradable, muy propio para celebrar cosas y para bajar unas fabes o unos feijoes.
 
Lo importante, de todas maneras, es que Alonso ya es campeón del mundo. Como ni estoy en Asturias ni el tiempo la pide, en vez de con una fabada lo celebraré con una buena tabla de otra de las joyas del Principado: sus quesos. El caso, ya lo ven, es celebrarlo.
 
 
© EFE
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