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PANORÁMICAS

¡Juego de Tronos!

George R. R. Martin se ha reunido con los productores de Juego de Tronos para adelantarles cómo termina la saga. El hombre está muy mayor y se temían que se pudiese morir dejando el final colgado. Pero el caso es que, como sucedió con Perdidos, sería un error tener demasiadas expectativas sobre cómo se van se van resolver las distintas líneas argumentales.

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Porque la gracia de Juego de tronos, como sucedía con la serie de J.J. Abrams, reside en que, a través de sucesos tan arbitrarios como necesarios –una traición, un asesinato, un acto de piedad o de amor, una venganza– que se van encadenando azarosamente, va emergiendo el mapa de ese juego al que se refiere el título: el de la política y el poder. En estado puro.

Alternaba los últimos capítulos de esta segunda temporada con la lectura del libro La república de Azaña de Juan Carlos Girauta que también se podría haber llamado Juego de Revoluciones. Escribía el socialista Zugazagoitia, ministro de Gobernación con el primer Gobierno de Negrín, sobre la huida de republicanos a Francia durante la guerra civil:

Era difícil defenderse de tanta mirada suplicante, de tanto rostro desconocido que pedía, sin palabras, mucho menos de lo que le habíamos quitado, con acciones u omisiones, los jugadores de la política.

Así que se me mezclaba la serie con el libro, el juego de tronos con el juego de republicanos, y veía a Lerroux como a un Stark resabiado; a don Niceto Alcalá Zamora haciendo de Baratheon poniéndose ciego de bombones; a Clara Campoamor como una Targaryen expulsada del reino, digo de la república; a Joaquín Chapaprieta como el pequeño Tyrion Lannister o a Manuel Azaña ejerciendo de Varys, la Araña, el eunuco, obeso y calvo Señor de los Susurros, el maestro de los espías.

Precisamente es Varys, en esta segunda temporada, el que le reconoce a Tyrion que, a diferencia de los anteriores manos del Rey (los validos del monarca que ejercen de facto el control de los asuntos de la Corte), él sí sabe manejarse en el juego político de los Siete Reinos.

Fue F. G. Bailey quien fundó la "teoría del juego político". No por casualidad inspirado en los relatos de un mafioso, Joseph Valachi, que, arrepentido, relataba las reglas del juego que regían el crimen organizado en Estados Unidos. Bailey comprendió que la diferencia entre el juego de la mafia y el juego de la política difería únicamente en una cuestión de matiz: el tanto por ciento de reglas normativas frente a reglas pragmáticas que se seguían en los respectivos juegos. Las primeras se declaran públicamente y de manera ostentosa como planteamientos éticos que pretenden regular la competencia. Ya saben, Zapatero o Rajoy prometiendo leyes de transparencia y similares. Por contraste, las reglas pragmáticas son las determinantes a la hora de ganar el juego en plan maquiavélico, "el fin justifica los medios".

Por tanto, la delgada línea roja que separa la política de la mafia es difusa. Porque, mientras que en la política deben primar las reglas normativas sobre las pragmáticas, existe la tendencia en el poder –como nos advirtieron Lord Acton y Tolkien– a la corrupción de las almas más puras, por mucho que sus valores se basen en el corazón y no en la cartera. En la primera temporada George R. R. Martin mostró a las claras que en el juego de la política a los que no saben manejar las reglas pragmáticas les suelen ensartar la cabeza en una pica. Así que fans de Walt Disney, abstenerse. En la segunda parte se trata de mostrar la dificultad que puede haber para distinguir a un político de un mafioso. Y eso que George R. R. Martin no conoce a los políticos españoles...

Una vez que dejó claro en la primera temporada que Desembarco del Rey no es país para pusilánimes, la segunda temporada se ha constituido en un fascinante paseo por el amor y la muerte, en el que Eros y Thanatos brindan con vino peleón. Priorizando los personajes que brillan por su inteligencia, astucia y valor por encima de la fuerza bruta, Juego de Tronos ha captado también el espíritu de la época a través de retratos de mujeres que hubiesen entusiasmado a Howard Hawks y hecho las delicias de Shakespeare o Corín Tellado: ambiciosas, bellas, audaces, inteligentes... da igual que sean madres de dragones o de reyes, amantes analfabetas o brujas-sacerdotisas de dioses sedientos de sangre, guerreras de rutilantes armaduras o princesas pequeñas y suaves, no hay mujer en Juego de Tronos que no se encuentre un peldaño por encima de los hombres con los que se emparejan en danzas frecuentemente al borde del abismo.

Si en la primera temporada se echaba en falta la épica de batallas mostradas que no contadas, el penúltimo capítulo, titulado "Blackwater", ha compensado con creces dicha anomalía en una espectacular batalla nocturna en la que hemos visto brillar el fuego valyrio, a un enano erigirse en gigante y cabalgar al Séptimo de Caballería Lannister.

Extraordinaria y heteróclita mezcla de El Señor de los Anillos, Los Soprano, Perdidos y The Walkind Dead, Juego de Tronos es ahora mismo La Serie que hay que ver. Junto al realismo nostálgico y decadente de Mad Men, pero eso irá en otra reseña.

 

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