Menú
CRÓNICA NEGRA

La parricida de Ondara

María Ascensión Martínez Cabrera, de 36 años, madre de cinco hijos –de entre 5 y 18 años–, vivía constantemente amenazada de muerte por su marido. Alejandro Herrera Romera, de 38 años, apenas se ocupaba del hogar. Se ganaba la vida como proxeneta en una docena de clubes nocturnos desparramados por la N-332, entre Denia y Vergel.

0
Las relaciones entre la pareja estaban completamente deterioradas y degradadas. Alejandro aparecía por casa a deshoras, reclamaba cuidados y atenciones, no aportaba dinero suficiente para el sustento del hogar y exigía completa sumisión y entrega a María. Además, con desplantes chulescos, le prohibía trabajar fuera del hogar –"Si me entero, te mato"–: él, decía, era suficientemente hombre para alimentar a sus hijos. Pero, al mismo tiempo, sólo entregaba mil pesetas semanales para los gastos generales y de manutención.
 
Alejandro había llegado a un descaro insufrible en el trato con María. Así, por ejemplo, le decía: "Haz la cama en seguida, que me voy a acostar con esta amiga". María Ascensión –a la que todos llamaban Mary– se había resignado a aguantar las violencias físicas y psíquicas. Su marido se volvía irascible e incontrolable bajo los efectos del alcohol.
 
Vivían en Ondara –un pueblito alicantino de menos de 5.000 habitantes, a 8 kilómetros de Denia–, donde prácticamente todo el mundo sabía a lo que se dedicaba Alejandro, así como el trato que daba a su mujer, quien gozaba de general simpatía y comprensión. A pesar del gradual empeoramiento de las relaciones, Mary se esforzaba para mantener una apariencia de normalidad, trabajando a escondidas, logrando sacar a sus hijos adelante, sobrellevando las penalidades. Nadie le escuchó nunca lamentarse de su situación, ni criticar a su marido. Todo lo sufría en silencio, acostumbrada a un largo martirio que duraba casi veinte años.
 
Mary, natural de Beas de Segura (Jaén), llegó a Ondara con su familia en 1962, siendo todavía una niña. Al poco, comenzó a trabajar como chica interna de servicio en casa de María Luisa Soler, que habría de ser la estanquera del pueblo y su gran amiga. Debido a su buena disposición y trato afable, se convirtió en un miembro más de la familia; a tal punto llegó la confianza que Mary y María Luisa compartían cama.
 
María Luisa habría de convertirse en madrina de boda de Mary; y en su "hada madrina", porque adelantaría las 500.000 pesetas de la fianza que se impuso a su amiga para que pudiera salir de la cárcel.
 
En aquella casa, en la que había entrado a servir, Mary era tratada como una hija. Por eso el disgusto fue tremendo, cuando, con sólo 16 años, quedó embarazada de Alejandro, un chico que había llegado con sus padres de Argamasilla (Ciudad Real) y en el que descubrían ademanes y actitudes violentas. Pero Mary estaba ciegamente enamorada.
 
Inmediatamente después de casados, Mary se puso a trabajar por horas en cualquier cosa que le saliera, hasta que Alejandro se lo prohibió. Éste encontró empleo en la Ford, donde incluso le ofrecieron pagarle una estancia en Estados Unidos o Gran Bretaña para mejorar su preparación, porque tenía muy buenas manos; pero no tardaron en echarlo: decía que no podía ir a trabajar los lunes porque estaba muy cansado.
 
Pronto se apartó del trabajo honrado para moverse por los bajos fondos, donde reclutaba prostitutas para explotarlas. Alejandro practicaba el proxenetismo cada vez con mayor descaro: aparecía por el pueblo con nuevas amiguitas en coches deslumbrantes.
 
Cuando nació el primer hijo, Alejandro mostró el rasgo más brutal de su carácter. Fue al volver Mary de la clínica: con muy malos modos, le dijo que ojalá no hubieran vuelto ni ella ni el niño.
 
A pesar de aquello, con el transcurso de los años fueron naciendo las demás criaturas. La pareja se juntó con cinco. Los esfuerzos para vestir y alimentar a todos eran agotadores. Por los días del crimen, Mary hacía bolsos y lámparas de mimbre para cubrir todos los gastos. Eso sí, siempre andaba corta de dinero. No obstante, la economía familiar había mejorado en los últimos tiempos, gracias a los ingresos de los chicos mayores, que trabajaban deshuesando aceitunas.
 
Las cosas iban mejor, pues, a pesar de Alejandro, que no sólo no aportaba nada, sino que arramblaba con lo que encontraba. Unos días antes de ser asesinado, hizo pedazos un billete de 5.000 pesetas para demostrar que le sobraba el dinero.
 
La fanfarronería y el despropósito del marido llegaron a su cénit la madrugada del 27 de octubre de 1986. Alejandro Herrera se presentó en el domicilio familiar sobre las tres de la mañana, e inició una violenta discusión con Mary. Borracho y ruidoso, anunció que al día siguiente pensaba cargarse a su vecino, Marquet, nadie sabe muy bien por qué. "Y luego vas tú", le dijo a su esposa. A continuación, le dio un golpe en la boca, por esas raras manías que se apoderan de los alcohólicos.
 
Tras alborotar de tal manera, se desnudó y se metió en la cama. Siempre se iba a dormir con algún arma u objeto contundente, porque en sus delirios pensaba que podría ser atacado durante el sueño. Aquella noche no fue una excepción. Se hizo acompañar por un garrote y un puñal.
 
Pero ni siquiera aquello le calmó lo suficiente para dormir. Escuchaba cada una de las campanadas del reloj de la torre parroquial. "Cuando suenen las cinco, cinco puñaladas te voy a dar", le dijo a Mary. Y Mary no dudó ni por un momento que lo decía en serio. Por eso le suplicó que si, quería matarla, la envenenara, para no sufrir. Y añadió: "No me mates delante de tus hijos". Al oír aquello, la tomó con los niños y amenazó reiteradamente con matarlos. La borrachera de aquella noche era especialmente pesada y sanguinaria.
 
Mary se sintió aterrorizada. Cuando su marido se ponía violento se le representaban las veces que la había maltratado. En una ocasión le había tirado un hacha de cortar carne, por lo cual sufrió un profundo corte en un hombro. No la mató de milagro. Tampoco podía olvidar cuando la apuntó con una escopeta cargada. De modo que no le era difícil imaginárselo emprendiéndola con ella a golpes y puñaladas.
 
Mary se había puesto la bata, y quiso dejarlo solo para que se calmase. Pero él no le permitió abrir la puerta. Se lanzó hacia ella y quiso golpearla. Falló. Entonces Mary fue a la cocina por un cuchillo, según queda probado en la sentencia. Vio la cara de la muerte y se asustó, sobre todo por sus hijos, que dormían en las habitaciones vecinas, aunque con la pelea seguramente se despertarían.
 
Tenía que volver a la habitación, porque allí seguía la amenaza. Mary empuñó el cuchillo y, por primera vez en su vida, le levantó la mano a su marido: le apuñaló con fuerza. Alejandro la agarró por el cuello, pero Mary le acuchillaba una y otra vez. El hombre cayó al suelo. Cuando el hijo mayor quiso mediar en la pelea ya había mucha sangre. El juez instructor valoró la posibilidad de que el muchacho hubiera golpeado al padre con el garrote para defender a la madre, pero acabaría por exculparlo.
 
Mary no podría decir cuántas fueron las cuchilladas. Hundió el arma en el cuerpo de Alejandro una y otra vez. Fueron no menos de once. El caso es que Alejandro estaba caído, sin fuerzas, entregado a la duermevela de la muerte.
 
Logró echar a los hijos de la habitación y cerrar la puerta. Se quedó a solas con su marido –que ya no respondía, ni respiraba–, pensando lo que había hecho. Sintió temor. Temió por sus hijos. Pero también sintió que las llamas del infierno se habían apagado.
 
Su marido se había convertido en una persona insoportable. Mary había soportado una vida dura, llena de insultos, agrias discusiones y escenas violentas. No quiso pensarlo más. Fue a buscar a su padre, y juntos decidieron contar lo ocurrido a la Guardia Civil de Vergel, a 3 kilómetros de Ondara.
 
En cuanto el pueblo se enteró, se dispuso a apoyar a esa mujer, que había vivido semienterrada en vida, humillada y golpeada hasta la desesperación. Todo Ondara batalló para que la ley fuera clemente. Salió a la calle para manifestarse dos veces en tres días.
 
En un primer momento, Mary y su hijo mayor fueron acusados de parricidio. Luego, éste fue puesto en libertad sin cargos. Ella recibió una condena de seis años y medio de prisión. Transcurridos dos años y dos meses, fue puesta en libertad condicional.
 
Durante todo el tiempo que estuvo en prisión, incluso después, la célebre parricida de Ondara sostuvo que siempre había querido a su marido; y que, a pesar de lo que había pasado, lo seguía queriendo.
0
comentarios