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CRÓNICA NEGRA

La superstición del descuartizador

La noticia de que se había detectado un nuevo descuartizador en Bradford, West Yorkshire, norte de Inglaterra, ha estremecido a todo el mundo: ¿por qué, si en el siglo XXI ya estamos curados de espanto? Pues por las tradiciones y supersticiones que rodean a todo lo que tiene que ver con los asesinos y descuartizadores.

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Hay quien se ha pasado décadas sin leer El guardián entre el centeno sólo porque era el libro que llevaba en el bolsillo el asesino de John Lennon. Piensan que su lectura induce a matar. En España, un individuo se quitó la vida disparándose en la cabeza mientras yacía en la cama: en la mesita de noche tenía un ejemplar de Mishima o el placer de morir, del famoso psiquiatra Vallejo Nájera. Pues hubo también quien le tomó inquina a este libro: si lo lees, a lo peor te entran unas ganas locas de descerrajarte un tiro, está lleno de malos pensamientos... Pero esto son solo tonterías de gentes desocupadas, maledicentes y mezquinas.

El detenido e Bradford es Stephen Griffiths, de cuarenta años. Algunos diarios dicen que es estudiante de criminología. En realidad, estudia tres años de política criminal. Si buscan noticias sobre él, pueden encontrar que es el primer sospechoso de la desaparición de tres mujeres en un lapso de varios días. Una cámara de seguridad le vio agredir a Suzanne Blamires: se ve cómo la golpea hasta dejarla inconsciente y luego se va de cuadro. Luego se le vuelve a ver: lleva una ballesta, con la que dispara a la chica a la cabeza. Después se lleva el cuerpo. En otro video aparece rodeado de bolsas, en las que se supone podía estar descuartizado el cuerpo de su víctima.

A Griffiths se le supone en la línea del destripador de Yorkshire, Peter Sutcliffe, y de Steve Wright, asesino de prostitutas de Ipswich. En principio se le imputan tres homicidios. A Sutcliffe le condenaron en 1981 por matar a trece mujeres; Wright fue igualmente condenado, por acabar con otras cinco en 2008.

El descuartizador suele darse al fanatismo religioso, a la experiencia sádica; el destripador, que es un punto más sofisticado, va de cirujano curioso y remueve los órganos internos.

Griffiths es un pirado moderno, al que le va el estudio como un vicio. Dicen que ha leído las vidas de más de medio centenar de asesinos en serie, y que tenía fotos de terroristas y de asesinos sexuales. Ha dejado rastro en Amazon y en Facebook. De esta última red social era un auténtico fan. Pero era un solitario. Que se adornaba con un abrigo negro largo hasta los pies y gafas oscuras redondas.

Griffiths dormía solo. En su casa tenían un recinto donde criaba ratoncitos para sus lagartos. A quienes querían escucharle venía a decirles que estaba haciendo un doctorado en Jack el Destripador. Cuando le pusieron a disposición judicial, intentó mantenerse hierático, callado, al margen de la ley pero atento a la jugada. Ahora bien, dijo que era el caníbal de la ballesta. La policía no había logrado probar que ingiriera carne humana. Como tantos, ha elegido escandalizar y descalificar.

En España se dio el caso de un profesor de matemáticas que mató a una chica tras llevarla a su casa para que le hiciera un servicio. Y un empresario de Boadilla (Madrid) fue juzgado por matar y descuartizar a una prostituta. Estos individuos matan meretrices porque es más fácil que matar consejeras de un consejo de administración; pero en realidad matan mujeres, cualquiera que se ponga a tiro. Son frutos tempranos de una locura social. La superstición también les alcanza, y se pide que no se hable de los asesinatos porque se pegan como la gripe. Nada más falso: Jack el Destripador ha engendrado más hijos que los cien mil de San Luis, pero siempre en una sociedad decadente donde es fácil que alguien tire por el camino más difícil, rodeado de piedras, oculto en las sombras, con su sonrisa como paraguas. El asesino descuartizador surge con mayor fuerza, dada la administración pacata de la fumigadora, y se convierte en destripador o descuartizador, según le hagan daño los zapatos nuevos.
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