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VUESTRO SEXO, HIJOS MÍOS

¡Qué parida!

Queridos copulantes: Parir ha sido siempre una actividad peligrosa para las mujeres. En cambio, hay tipos que dicen paridas sin dolores de parto.

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A Lutero, que era un hereje muy lenguaraz, se le ocurrió decir: "Dejad que vayan pariendo hasta que ello provoque su muerte (...) para eso están". Y ni siquiera le sobrevino una alferecía como la que se llevó por delante a la segunda esposa de Fernando VII, Isabel de Braganza, a la que dieron por muerta cuando estaba embarazada a término y le practicaron una cesárea post mortem que no resultó tal.
En el momento de abrirla el vientre para sacarla el feto, que resultó sin vida, lanzó un "¡ay!" agudísimo que manifestaba no haber exhalado todavía el último aliento, según los médicos creían.
Tuvo que ser una carnicería ya que "la sangre corría a raudales por el cuarto". Quien lea Ginecología y vida íntima de las reinas de España, de Enrique Junceda Avelló y de donde he sacado la cita, se sorprenderá de la cantidad de reinas muertas de parto y sobreparto, y eso que se supone que eran unas privilegiadas.

Todavía hoy día, en África, donde la asistencia médica es deficiente, una de cada cien madres muere en el parto. La Organización Mundial de la Salud calcula que alrededor del 30 por ciento de los partos presenta complicaciones. Cada día mueren unas 1.370 mujeres intentando traer al mundo una nueva vida, y cada año 3,3 millones de bebés –en 136 millones de partos– nacen muertos: hasta cuatro millones más mueren antes de cumplir un mes.

En las hembras primates, en cambio, apenas existe mortalidad por parto porque todo es mucho más fácil. La pelvis de la hembra chimpancé es larga, ancha y recta. La entrada al canal del parto es ovalada en el mismo sentido que la salida, es decir, en dirección sagital. El feto es conducido directamente sin giros ni ángulos hacia la vagina, cuya salida está en posición dorsal. La cara del neonato mira hacia delante desde el principio, y la madre la ve; ésta puede ayudar a salir a su criatura, limpiarle las vías respiratorias y desenredar el cordón umbilical, que luego cortará con los dientes.

Cuando el instinto maternal es necesario en una especie y no aflora espontáneamente en una hembra, la cría muere y los genes de madre desnaturalizada no se reproducen. Pero lo de la madre humana digamos que es harina de otro costal. Cuanto más inteligente es una especie, menos necesita del instinto para resolver problemas. La hembra humana probablemente ha sido asistida en el trance desde tiempos inmemoriales.

En nuestra sociedad, la mayoría de las mujeres no está familiarizada con la técnica del parto. Ni siquiera las que han parido saben muy bien qué hay que hacer con el cordón umbilical. Recuerdo los mosqueos que se cogía mi abuela cuando leía en El Caso que una parturienta "había dado el espectáculo" en un momento y un lugar inoportunos, sin atención médica, y al final el héroe del parto, un resuelto guardia civil, o un taxista que había sido pastor en su pueblo, acababa atando el ombligo del bebé con el cordón sucio de su zapato. Permitidme que, en nombre de mi abuela, haga un inciso aquí para reclamar el derecho y la obligación de todas las mujeres a aprender a parir y a prestar ayuda en el parto, como un conocimiento irrenunciable unido a su sexo.

A nuestra falta de instintos hay que añadir que el nacimiento de un bebé humano es bastante enrevesado. La causa es que nuestras antepasadas vivieron, durante la evolución, el conflicto entre dos tensiones selectivas que presionaban en sentido contrario. La primera es que, para mantener el equilibrio en posición erguida, se aproximaron las articulaciones del hueso coxal a la columna vertebral y al fémur, y eso produjo un acortamiento del diámetro sagital del canal del parto. Una cavidad pélvica estrecha es buena para contrarrestar la gravedad y no perder al bebé antes de tiempo, pero es mala para el parto. La segunda tensión selectiva es que, al mismo tiempo, crecieron las presiones en favor de los bebés dotados con una gran cabeza.

La anchura máxima de la cabeza del bebé –entre la frente y el cogote– está en dirección perpendicular a los hombros, así que la entrada del bebé a este mundo se hace de forma semejante al camino que sigue una llave entrando y girando en una cerradura, al objeto de buscar las anchuras máximas del canal del parto, pasar la cabeza y girarla para poder sacar luego los hombros. Menos mal que los huesos del cráneo del bebé son todavía maleables y se deforman para adaptarse a las estrechuras del canal.

El feto no empuja para salir, sino que son las contracciones uterinas, primero, combinadas luego con las contracciones de la musculatura abdominal de la parturienta, lo que va introduciendo la cabeza del feto por las cavidades. El cuello del útero se dilata por completo y forma con la vagina un canal. Como la vagina humana está desviada hacia delante, se forma un ángulo en el último tramo del canal del parto. El feto asoma su cabeza ovalada, mirando al suelo, y fuerza mucho la postura hacia atrás, con el objetivo de encontrar el ángulo de salida; y luego se pone de lado para dar paso a los hombros.

El tamaño del recién nacido humano es muy grande en relación al de la madre. Un gorila hembra de noventa kilos de peso da a luz una cría de apenas dos kilos. En cambio, la hembra humana es capaz de dar a luz hijos de más de tres kilos aunque ella pese menos de cincuenta. En el noveno mes de gestación, el útero, que tiene el tamaño de una ciruela, ha aumentado su volumen hasta llegar al esternón. La embarazada sufre un incremento del volumen sanguíneo de un 40%, con el consiguiente trabajo extra del corazón, y gana, como media, 13,61 kilos de peso.

Algunas hembras arborícolas tienen que bajar al suelo para parir, pues, aunque corren más peligro en tierra a causa de los depredadores, los riesgos de expulsar al neonato desde la copa de un árbol directamente al vacío, y la incomodidad de atenderse a sí mismas en el trance, subidas a una rama, desaconsejan las alturas. Durante la evolución, la hembra homínida, con un embarazo cada vez más desproporcionado con su tamaño, estaría fuertemente presionada para abandonar para siempre la vida en los árboles, y yo, queridos, defiendo con ardor la razonable hipótesis de que, en nuestro linaje, las primeras interesadas en echar pie a tierra debieron de ser las hembras, así que no me lo discutáis.

Otra cosa: Lutero: ¡tus muertos!
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