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CÓMO ESTÁ EL PATIO

Luis el Cabrón o el estraperlo en el siglo XXI

En España, perdón, "en este país" tenemos una acusada tendencia a resaltar lo anecdótico y olvidar lo esencial. Es lo que está ocurriendo ahora mismo con el asunto de los regalos con que ciudadanos y empresarios agasajan a políticos, que es por otra parte lo normal en relaciones de vasallaje como las que se dan en nuestra democracia.

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Los profesionales de la política han ocupado tantas parcelas de poder, que hoy en día es prácticamente imposible emprender cualquier acción productiva sin la autorización de los que mandan. Casi todo depende del estado, con la consecuencia de que la capacidad del ser humano para ordenar su vida de acuerdo a su particular criterio es un bien fuertemente racionado.

Si usted quiere tener un taxi, es necesario que el ayuntamiento de turno le conceda la oportuna licencia; si quiere llevar a sus hijos a un colegio distinto del que le han asignado por cupo, tendrá que buscarse la vida y pagar dos veces por ese servicio esencial; si quiere hacer la compra semanal a las once de la noche porque le viene mejor, no podrá, salvo casos excepcionales, porque los horarios de apertura de los comercios son otro bien racionado por el poder político. Y así hasta el infinito.

Y, como ocurre cada vez que el estado raciona un bien, enseguida surge el mercado negro, que es la válvula de escape con que cuenta la sociedad civil para saltarse la coacción institucional. Desde el estraperlo de la posguerra a las andanzas actuales de Luis el Cabrón, todas estas conductas obedecen a la necesidad de sortear las trabas estatales a la libertad del individuo.

Con un sistema en que cualquier concejal de pueblo tiene la capacidad de hundir o hacer rico a un empresario en virtud de sus decisiones políticas, hay gente que todavía se escandaliza de que los que detentan el poder reciban abundantes regalos por parte de los que dependen de su voluntad para sobrevivir. Las decenas de portadas de la prensa nacional y la trifulca diaria entre los dos grandes partidos a cuenta de los regalos que supuestamente han recibido unos y otros no son más que la cortina de humo para evitar que el ciudadano normal identifique la causa real de tanta sinvergonzonería, que no es otra que el desaforado poder que cualquier político de medio pelo tiene sobre la vida y hacienda de los demás.

En la permanente algarabía de declaraciones, contradeclaraciones y minutos de telediario, el centro de la discusión es si en un partido la densidad de corruptos por metro cuadrado es menor, igual o mayor que en el otro, triste consuelo para los que pagamos de nuestro bolsillo el tren de vida tanto de unos como de otros.

Sin embargo, golfos va a haber siempre y en todos los partidos, porque la condición humana es miserable y el político un ser débil, especialmente a causa de las fórmulas de cooptación democrática, que no favorecen precisamente el que los espíritus más nobles lleguen a la cima de las organizaciones políticas, sino los sujetos más amorales, los más dispuestos a escalar posiciones sin tener en cuenta principios como la lealtad.

Y dado que los políticos son malos por naturaleza, la única forma práctica de evitar los escándalos recurrentes de regalos otorgados a cambio de favores es, precisamente, reducir el poder del que disfrutan. Mientras tengan en su mano racionar bienes, servicios, derechos y libertades, el fenómeno del estraperlo va a seguir ahí, porque la sociedad civil necesita un mínimo espacio para funcionar al margen de la coacción estatal.

El problema, por tanto, no es Luis el Cabrón, sino el sistema, que obliga a muchos a convertirse en especímenes figurados de esa familia rumiante. Si volaran, ocultarían el sol.
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