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ADELANTO EDITORIAL

Manolo, o la purificación por el dolor

En las breves páginas de Manolo se contienen (...) la historia y el espíritu de España (...) Francisco de Cossío nos explica por qué –y, sobre todo, cómo– España llegó a ser. De qué manera España se creó en la lucha. Y el milagro de que, cuando parecía sumirse en decadencia, sintiera surgir de lo más hondo el impulso restaurador que la devolvió a su sitio (...) "Españoles, la patria está en peligro: acudid a salvarla". Esta soflama, que salió del pueblo hace dos siglos, la guarda la nación (sí, todavía, que nadie se engañe) como uno de los monumentos perennes de su espíritu.

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Afirmaciones como éstas se pueden decir de otras naciones. Y nadie se asusta. Ningún francés muestra reparo cuando oye hablar de la grandeza de su patria y la misión que tiene encomendada en el mundo. En España, lo sabemos, no ocurre igual. Rápidamente, cae el anatema sobre el que se atreve a identificar y singularizar el destino del país. Se diría que, para muchos, demasiados, España no sería más que un agrupamiento de personas sobre determinado paisaje. Con el agravante de que no pocos se entretienen en buscar querellas o hechos específicos circunscritos al terruño, que no sirven más que para alzarse frente al compatriota, no para convivir con él en igualdad y armonía. Posiblemente todas las naciones tengan similar porcentaje de estultos. Pero aquí se hacen notar más. Basta decir con empaque una sandez para cobrar patente de ilustrado. La tontería solemne, vinculada inseparablemente a la maldad. Casi diríamos sinónimos maldad y estupidez.
 
Existe el partido de los mediocres, el partido de los eunucos morales, que se solapa con el anterior hasta muchas veces confundirse. Francisco de Cossío figura, por derecho, en el opuesto campo. Aquéllos, los que no tienen talento propio que ofrecer, y además son envidiosos, han tratado siempre de eclipsar y suplantar al mérito. Cada forma de gobierno, afirma el escritor, "llevaba dentro de sí el veneno que había de destruirla. La monarquía muere a manos de la autocracia; la aristocracia a manos del nepotismo; la democracia a manos de la demagogia". No recuerdo quién decía que frente a la demagogia los pueblos ven casi imposible su defensa.
 
La República feneció a manos de esta lacra. En España, por las fechas, prácticamente no había demócratas. Sí había liberales; tampoco muchos, pero los había. Francisco de Cossío pertenecía a semejante estirpe. La muerte o extinción de los liberales, y la de muchos que no eran nada, españoles de a pie, estaba decretada por el nuevo sistema. Cossío, él lo cuenta, recibía todos los días amenazas. El país se precipitaba velozmente al desastre. Pero surge la juventud, surge Manolo y, arriesgándonos a escribir una frase susceptible de sarcasmo, "dieron su vida por España". Manolo, y con él tantos, se convierte en protagonista y mártir de la epopeya.
 
Es habitual recomendar cuidado al tratar estos temas. Se sugiere que es mejor afrontarlos de perfil, darles un tono discreto, opacado, con el fin, dicen, de "no molestar ni provocar polémica". Así, en lugar de contribuir a la convivencia, se sostiene un edificio de mentira que, afortunadamente, hoy, se viene abajo. La verdad hay que decirla, aunque moleste. Máxime si se dice sin intención de enfrentamiento. La cobardía nunca ha dado buen fruto.
 
La versión hegemónica de aquella época, y del régimen autoritario que le sucedió, es la siguiente: la República habría venido con la intención de superar y remediar los males seculares de España. Fracasó por el oscurantismo de las fuerzas reaccionarias que, viendo peligrar sus privilegios, se alzaron en armas contra el pueblo. Los republicanos pudieron cometer errores; nunca, por supuesto, imputables a ellos mismos, sino derivados de la tarea ingente que abordaron. Tarea que consistía nada menos que en revocar, para mejor, lógicamente, la historia patria desde sus cimientos.
 
Esta simpleza, por no decir enormidad en su impostura, ha tenido éxito. Es la que se enseña en las universidades. La reducción de la historia a conveniente consigna. Aunque, gracias a la labor impagable de unos pocos, se va restableciendo lentamente la verdad. El palimpsesto de España va cobrando nitidez en su escritura.
 
Se ha hablado hasta la saciedad de las virtudes del pueblo. Generosidad, nobleza, espontaneidad. El pueblo tiene, cierto, sus virtudes. Pero en numerosas ocasiones se le ha llegado a convertir en voz inexorable contra la que no cabría apelación. El pueblo, reducido a muñeco mecánico. En ningún sitio, por el contrario, he leído un panegírico de la denostada clase media como el que aquí traza Cossío, presentando sus defectos, esos que se han caricaturizado tanto en la novela y el teatro, como el broquel que defiende una virtud que no quiere perder. La clase media, lo dice y lo demuestra el escritor, ha hecho históricos sacrificios en España. La clase media, cuando apenas existía, no siendo más que un puñado en las ciudades y dos o tres personajes representativos en los pueblos, ha salvado la nación. ¿Y cuál ha sido su recompensa? La clase media no trabaja por un sueldo.
 
Es imposible contar o resumir Manolo. Sería además un sacrilegio.
 
Una pincelada para terminar. Evocación de los socialistas españoles: "Yo no he visto en el mundo, y he corrido bastante mundo, nada tan intratable como un socialista español".¿Verídico retrato? ¿Guarda hoy actualidad? El lector habrá de contestarse.
 
Cuando leí por primera vez esta novela –quiero calificarla así–, me sorprendió su cercanía, su viveza, la maestría de exposición de unos sucesos capitales que ha hecho correr ríos de tinta, muchas veces turbia, y que aquí están expuestos sin átomo de retórica o falsedad. Es asombroso cómo el autor ha sabido registrar en este librito de menguadas páginas tantos quilates de verdad, de hondura, de objetividad, de sentimiento, como si fuera un amigo que nos lo estuviera contando en una tarde de invierno –la tarde de los escolares de Machado, don Antonio–, mientras el sol declina más allá de los cristales. Al concluir, se ha hecho de noche y nadie ha osado prender la luz. El corazón se llena de congoja y las palabras huelgan. Esto nos pasa con el libro. Pero en el fondo de la honda tristeza, surge, diminuta al principio, más afianzada luego, la luz de una alegría que se diría el hálito de un ángel, el que inspira las acciones nobles, el que nos desencarna de la vida para elevarnos a la Vida, la que nos espera de mostrarnos medianamente dignos y para la que Manolo –Manolo– es ejemplo y acicate. No lo dice el escritor: lo dice el padre.
 
Hay un sentimiento de culpa, también, en este libro. Dejemos que lo descubran los lectores.
 
Setenta años viene esperando su reedición Manolo. En su día, mientras resonaba el eco de cañones y la tierra de España se empapaba de sangre, el libro fue ampliamente difundido y se tradujo al francés y al alemán. Fue una obra de circunstancias que se ha convertido en clásica. La dictadura de lo políticamente correcto ha venido estorbando desde entonces su reaparición y que muchos conocieran esta joya, mortal y luminosa. Ha llegado ahora su momento.
 
 
NOTA: Este texto es un extracto del prólogo a la novela MANOLO, de FRANCISCO DE COSSÍO, que acaba de publicar la editorial Akrón.
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