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CIENCIA

Manual del ecologista con futuro

O, al menos, con visión de futuro. Algo que, por desgracia, no ha abundado en buena parte de los postulados del ecologismo radical, por mucho que la opinión políticamente correcta diga lo contrario. El argumentario básico del ambientalismo actual suele estar cargado de pasado.

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Mediante el diagnóstico de los problemas que aquejan al planeta y la alerta sobre el nefasto destino que le espera, las organizaciones ecologistas han terminado por apuntarse sin fisuras a las filas del antiprogreso. Todas sus ideas giran alrededor de la lucha contra el consumo, el desarrollo industrial, el mercado libre, la tecnología, el negocio… Sus propuestas nos conducen a un Occidente que coma menos, apague antes la calefacción, se desplace e menores distancias en coche o en avión, gaste menos dinero, fabrique menores cantidades de materia prima.
 
El buen ecologista pasa, así, por ser el que se asemeja más al buen salvaje, el que renuncia al confort del progreso tecnológico e industrial y sacrifica su bienestar económico por el bien del planeta.
 
Es cierto que muchos de sus análisis sobre la realidad ambiental (no todos) son atinados. No cabe duda de que una de las consecuencias inevitables del progreso es el aumento del consumo de recursos y de la generación de residuos. Ambos efectos colaterales del desarrollo han de ser estudiados y calibrados. Sin embargo, a la hora de proponer soluciones el movimiento verde ha optado por situarse en una trinchera muy poco creíble. De hecho, con dicha actitud el ecologismo ha encontrado tremendas dificultades para calar en la mayor parte de la ciudadanía.
 
Sí, es cierto que el común de los mortales se considera ecologista, y que la opinión más adecuada para no quedar mal en una reunión es la verde. Pero también es cierto que son muy pocos los que practican en sus vidas cotidianas las propuestas ambientalistas hasta las últimas consecuencias.
 
Este divorcio entre el ecologismo y el sentido común podría tener sus días contados. Y es que comienzan a aparecer voces autorizadas del movimiento pro medioambiente que reclaman una deriva hacia la cordura. Nada de soflamas antiamericanas, luchas contra la globalización y demonizaciones varias del mercado: ha llegado el momento de limpiar la basura extra del planeta sin diezmar un ápice la estructura del sistema económico más seguro y libre que ha inventado la humanidad.
 
Alex Steffen.A los argumentos a favor de la energía nuclear de Lovelock y Moore y la constante voz crítica de Lomborg se unen ahora los análisis de Alex Nikolai Steffen, un rastreador de tendencias que lanza, desde World Changing, sus críticas al concepto tan manido como estúpido de "desarrollo sostenible".
 
Steffen, se lo advierto antes de que se den un susto si lo buscan en la Red, es un ecologista convencido, pero también un defensor del progreso tecnológico y económico, y respeta profundamente los cimientos de la economía de mercado. Por eso ha decidido combatir en pro de un nuevo ambientalismo, que haga uso de la exploración científica, el diseño industrial innovador, la evolución cultural y la inversión en tecnologías.
 
Básicamente, el nuevo discurso verde no diferiría nada del discurso habitual de un empresario emprendedor. No se salva el planeta atándose a los árboles, llevando camisetas de pelo de camello y vendiendo pegatinas de "Nucleares no, gracias". El mejor modo de resolver los indudables problemas ambientales que nuestra civilización padece es invertir más en nuevas tecnologías, diseñar estrategias de negocio que conviertan las fábricas y los coches en herramientas más eficaces, reducir los costes superfluos (que en el caso del medio ambiente son los residuos de la actividad industrial) y hacerse un hueco en el mercado con productos "ecológicamente" más competitivos.
 
En este sentido, lo que los amigos de la eco-caverna suelen ocultar es que la industria del automóvil ya se está reorganizando para seguir ganando dinero con productos más eficaces, que consumen menos energía y que contaminan menos, sin tener que volver a los carros tirados por caballos o plagar las calles de bicicletas. Que las centrales nucleares ya empiezan a contar con tecnologías que pueden limitar la cantidad de residuos y aumentar la seguridad y eficiencia energética de una planta tradicional. Que los modelos ecológicos modernos proponen la defensa de la vida urbana con ciudades más grandes pero más inteligentes, en contraposición con la obsesión rural imperante en las filas verdes de toda la vida. Que el bienestar económico, la riqueza, el flujo de dinero y la expansión de los mercados puede revertir en una mejora de las condiciones ambientales y en la puesta en marcha de recursos suficientes para crear tecnologías limpias. Que las energías alternativas sólo son viables (y lo serán) en el marco de una economía que prime el negocio y el beneficio de los empresarios que optan por arriesgar su patrimonio construyendo parques eólicos y centrales fotovoltaicas en un entorno que les garantice luchar honestamente por su beneficio, sin riesgo de que el tenderete se les venga abajo por una decisión política de cara a la galería "verde".
 
Este nuevo ecologismo comienza a encontrar eco en los medios e influencia en la agenda de los administradores. Lo que es lo mismo que decir que el otro, el ecologismo de la pegatina y la manifestación para cortar carreteras, está quedándose viejo.
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