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RECUERDOS SUELTOS

Mi primer viaje a dedo

Debí de hacerlo sobre los quince años, porque fui con un compañero de los Maristas, apellidado Vecino, por lo tanto no debía de haberme ido aún al instituto. En los Maristas tenía amistad con dos compañeros, Edmundo (Mundo) y Raimundo (Rai), emprendedores y metidos siempre en negocios, desde fabricar dudosos limpiadores de metales (usaban un libro de fórmulas de productos químicos), que intentaban vender a las confiadas amas de casa, hasta una rifa estudiantil.

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El premio consistía en una cámara fotográfica, que no recuerdo dónde se podía recoger, para el número coincidente con el premiado en la lotería de los ciegos de un día determinado. O algo por el estilo. Las papeletas valían una peseta, o quizá dos reales. Me propusieron participar en el negocio, vendiendo los billetes por los pisos. Entonces, claro está, los portales de los edificios estaban abiertos todo el día, no había avisos sobre medidas de seguridad ni puertas blindadas, ni venían porteros furiosos detrás de uno, y la gente abría la puerta con naturalidad al que llamaba, sin preguntar casi nunca desde dentro: "¿Quién es?".
 
En la mayoría de los casos, al decirles que éramos estudiantes recolectando dinero para un viaje de fin de curso o cosa parecida, colaboraban amablemente comprándonos una o varias rifas. El éxito de mi primera expedición fue rotundo: en un rato ganamos, entre Mundo y yo, más de cien pesetas, una verdadera fortuna, y fuimos a celebrarlo a la heladería La Ibense, en la calle Velázquez Moreno, cerca de Príncipe. Por primera vez en mi vida probé la horchata, supongo que aconsejado por mi socio, y la encontré deliciosa.
 
Aquello me pareció Jauja, porque me había criado, como tantos niños entonces, sin que en casa me diesen un duro para gastos particulares, salvo para tebeos, algún libro o, muy ocasionalmente, para ir al cine. Tampoco había ganado dinero nunca, excepto en algunos concursos de redacción de la Caja de Ahorros. Desde los diez años, en que nos mudamos a las afueras de Vigo, conseguía algún dinero evitando pagar el tranvía, bien yendo a pie al colegio o colgándome del estribo y tirándome en marcha cuando llegaba el cobrador. Los ahorros los gastaba en comprar novelas de la colección Pulga o Guillermos, los relatos de Richmal Crompton, a los que me aficioné a los once años (tuve una sorpresa, y cierta decepción, cuando supe que los había escrito una mujer).
 
Como por entonces pasábamos estrecheces en la familia, a veces mi madre requisaba mis ahorros para pequeños gastos de la casa.
 
Pues bien, contentísimo por haber hallado aquel modo fácil de nadar en la abundancia, le comuniqué el invento a mi padre. Recibí un chasco cuando me advirtió severamente:
 
– Eso es ilegal. No debes volver a hacerlo.
– Pero si es normalísimo, y hay un premio…
– Da igual. Para vender lotería es preciso tener un permiso legal, no lo puede hacer cualquiera, y habrá que ver si ese premio existe…
 
No me convenció, pero rebajó mucho mi seguridad y mi entusiasmo. Dejé de vender las rifas por sistema, y sólo llevaba algún taco de ellas en el bolsillo, para cualquier urgencia, como podía ser pagarme el tranvía al salir de noche de la biblioteca municipal, que entonces estaba en la Alameda.
 
Aunque debió de haber otras excepciones, pues de ahí debieron de salir también los medios económicos para hacer el mencionado viajecillo en autoestop, en compañía de Vecino. Era éste un compañero larguirucho y de andares aun más desmañados que los míos con quien no siempre congeniaba, pero que debía de ser el único de la clase dispuesto a correr la aventura.
 
Apenas sabría describir la alegría y la sensación de libertad con que salimos a la carretera, un soleado día de primavera, un sábado, supongo, pudiendo ir adonde nos placiera, comer lo que quisiéramos y donde quisiéramos, sin más inquietud que la de tener suerte con los coches. Decidimos ir hacia Oporto y volver en el día.
 
La cosa se dio muy bien, pues pronto llegamos a Tuy, y seguimos hacia Oporto por la costa, maravillándonos de las enormes playas desiertas. Paramos en algún bar, junto a la carretera, donde la señora encontraba muy gracioso que en España llamásemos "chavalos" a los muchachos. Por bromear, le dijimos que el tenedor se llamaba en España "locomotora", y otros disparates semejantes.
 
Por Viana do Castelo nos paró un chaval joven con un Morris, que conducía con pericia y cierta brusquedad, muy rápido, y que nos plantó en Oporto en poco tiempo. Aún teníamos casi todo el día por delante, y salimos a pasear por la ciudad, metiéndonos en un grupo de turistas que visitaba una bodega del célebre vino. Trabamos conversación con unas jóvenes useñas, supongo que en español. Todo nos parecía muy excitante, aunque lo recuerdo borrosamente. Más adelante nos paró un grupo de jóvenes, como de dieciocho a veinte años, al oírnos hablar en español.
 
En general, los jóvenes portugueses con estudios eran más cultos y más al tanto de las modas intelectuales europeas que los españoles. No sé ya cuáles serían los temas de la conversación, pero en algún momento derivamos hacia los asuntos sexuales, en definitiva los que más preocupan a esas edades. Uno de los chavales nos dejó bastante parados al afirmar que todas las mujeres eran putas. Extrañadísimos, le preguntamos si pensaba lo mismo de su madre.
 
Minha nai é a puta do meu pai (no estoy seguro de la ortografía portuguesa).
 
Un tipo sin prejuicios, obviamente. En España, la figura de la madre venía a ser poco menos que sagrada, y a nadie se le ocurriría decir algo tan sorprendente. Parecían algo depravados, pero la desenvoltura con que hablaban y las referencias intelectuales nos dejaron encantados: un cambio radical de ambiente, eso no se podía negar. Uno sugirió ir a casa de alguno de ellos, pero se nos hacía tarde para nuestros planes y nos despedimos de ellos, encantados. Vecino confesó, entusiasta:
 
– Este es el día más feliz de mi vida.
 
Repasando aquel encuentro, en lo poco que recuerdo de él, lo veo algo raro, y sospecho que nos libramos de una aventura bastante más desagradable, quizá por nuestra propia ingenuidad. Pues realmente éramos ingenuos, baste decir que considerábamos la homosexualidad como objeto de chistes, pero no creíamos en su existencia, al menos en España, salvo casos muy aislados. Sería cosa de más allá de los Pirineos… Pero tal vez mi sospecha retrospectiva carece de fundamento.
 
Braga.Como todo parecía dársenos bien, quisimos volver por Braga, y ahí la empresa comenzó a torcerse: los hasta entonces hospitalarios portugueses habían decidido no parar a los autoestopistas.
 
Llegamos a Braga demasiado tarde para pensar en entretenernos por la ciudad, e inmediatamente volvimos a la carretera rumbo a Viana do Castelo. Son distancias cortas, pero nos ocuparon casi toda la tarde. Uno que nos llevó creo recordar que era un colono adinerado, de Angola, y nos preguntó nuestra impresión de Portugal.
 
– Aquí se ve gente muy rica y gente muy pobre, hay poca clase media. Hemos visto a mucha gente descalza –dijo Vecino.
 
El conductor convino en ello.
 
– En cambio, las carreteras están mucho mejor que en España, y los coches son también mejores –apunté a mi vez.
 
Puede que fuera ésta la ocasión, no recuerdo bien, en que oí contar a un colono de Angola el problema de las guerrillas, hechos espeluznantes, como algún portugués que volvía a su casa después de estar trabajando en su hacienda para encontrar a su mujer y a sus hijos decapitados, con las cabezas puestas en platos encima de la mesa.
 
A Viana do Castelo llegamos ya anocheciendo, no había ni que pensar en llegar a Vigo en el día. Telefoneamos a nuestras casas para advertir de que llegaríamos al día siguiente y de que estábamos muy bien, lo cual no dejaba de ser una exageración. Había en Viana un albergue juvenil, pero sólo abría en verano, y faltaban unos días. Al ver nuestra desesperación, nos permitieron dormir allí, gratis, bien que sin ropa de cama. Sólo estaban los catres y unas duras colchonetas y almohadas, que parecían rellenas de paja.
 
Era la primera vez que dormíamos fuera de casa, y resultó un tormento, porque hacía mucho frío por la noche. Vestidos de verano, no había forma de defenderse de él, por más que quisiéramos cubrirnos con las colchonetas. Apenas logramos conciliar el sueño, y al amanecer nos levantamos derrotados, sucios, sin otro deseo que volver a casa, ducharnos y dormir.
 
La suerte nos sonrió de nuevo. No sé dónde encontramos a alguien de Vigo, que repartía pescado o alguna mercancía en un Land Rover, y se ofreció a devolvernos a Vigo, con alguna parada intermedia para atender sus negocios. Y a media tarde estábamos de retorno en Vigo. En un solo viaje habíamos experimentado la parte buena y la parte mala de las aventuras. La mala no nos disuadió, empero.
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