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EL CÓDIGO DA VINCI

Cristo ya no es lo que era

Alguien dispara a Jacques Saunier una noche en el Louvre. Le quedan unos minutos de vida antes de desangrarse. ¿Cómo emplearlos? Obviamente, jugando al sudoku con su sangre en las baldosas del suelo, dejando un par de jeroglíficos al lado y grabando unos símbolos indescifrables sobre su cuerpo, después de desnudarse por necesidades del guión. Mensajes todos que sólo el profesor de "simbología" Robert Langdon puede descifrar.

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¿Qué otra cosa podría haber hecho? ¿Usar su teléfono móvil para llamar a urgencias? ¿Contarle su secreto a Langdon de viva voz? ¿Escribir un artículo de opinión en Le Monde? No. En unos minutos más largos que un discurso de Fidel Castro, lo lógico es denunciar en escritura cuneiforme a la Iglesia y a su "secta conservadora", el Opus Dei, sembrando el Louvre de anagramas.
 
El terrible secreto de Saunier es que la Iglesia, desde el Concilio de Nicea, había ocultado el carácter humano, demasiado humano, de Jesucristo, ilustrado por el hecho de que su mujer, María Magdalena, estaba embarazada cuando Jesús murió en la Cruz y dio a luz una niña, cuya estirpe llega hasta nuestros días. Por alguna razón, el Opus Dei, que es el último priorato en llegar, es el principal custodio del secreto, sobre el que la Iglesia fundó su poder temporal en la tierra (¿?) y que se había mantenido 1950 años a buen recaudo, sin el concurso de Escrivá.
 
Para impedir la revelación de este hecho, la Iglesia y el Opus, formidables en su poder y oscurantismo, manipulan a todos los gobiernos occidentales para lanzar sus servicios policiales y de inteligencia en la causa de ahogar en sangre a los que lo conocen y… eh… bueno, no… En realidad, lo único que tiene la Iglesia para infligir un flagelo tan terrible, al parecer, es un monje cartujo albino, Silas ("interpretado", es un decir, por Paul Bettany), que da la impresión de vivir en un coqueto apartamento sur la Seine, sin voto de obediencia ni necesidad de andar por el convento a sus horas, y que anda por el mundo matando disidentes con un discreto atavío de nazareno, para no llamar la atención.
 
¿Cuándo empezó la "mayor operación de encubrimiento de la historia"? Aparentemente, en el Concilio de Nicea, cuando la Iglesia, en la forma de una abigarrada colección de señores con aspecto vagamente mormónico, decide de pronto que Jesucristo es Dios y no solamente hombre. El mayor de los misterios de El Código da Vinci es cómo su autor interpreta que los cristianos habían decidido llamarse a sí mismo… eh… "cristianos" (podían haberse llamado paulistas o juanenses) durante los tres siglos precedentes si no hubieran creído en la naturaleza divina de Cristo.
 
El caso es que, en el Evangelio según Dan Brown, el Priorato de Sión protege a los descendientes de Jesús y María Magdalena de la larga mano de la Iglesia y del Opus, que dominan el mundo por el sencillo expediente de convencer a todos de que Jesús era célibe y María Magdalena una prostituta.
 
Ron Howard.Todo esto es lo que va descubriendo Robert Langdon, un académico con claustrofobia (nunca se llega a saber qué tiene que ver su claustrofobia con el resto de la trama). Langdon es interpretado por Tom Hanks, que se convierte para la ocasión en un híbrido entre el John Travolta de Pulp Fiction y Tim Robbins haciendo de sí mismo en cualquier película, es decir, un muermo trascendente con guedejas.
 
Junto a Tom Hanks, Audrey Tatou interpreta a Sophie Neveu, que acompaña en la película a Tom Hanks con expresión de película de Rohmer, es decir de francesita circunspecta a punto de hacer las maletas para el veraneo en Balbec. Ian McKellen (Sir Leigh Teabing), que hace las veces de erudito profesor británico, es la coartada de la película por dos razones: es el único actor de verdad y además es el único fanático secularista – todos los demás son cristianos–, con lo que Dan Brown y Ron Howard (el director del filme) ofrecen su moraleja ecuménica: el fanatismo de cualquier signo es malo. Lo cual está muy bien, excepto que la entera premisa de El Código consiste en que la creencia en la divinidad de Jesucristo es, en sí, una suerte de fanatismo homicida.
 
El Código da Vinci no gustó ni en Cannes, que ya es decir. No funciona, por supuesto, como incursión en la filosofía de la religión. Uno puede creer en los Evangelios o no creer. Ningún cristiano fundamenta su fe en la literalidad histórica de lo que se cuenta en la Biblia. Pretender cuestionar la religión sobre esa base (cuánto más si, además, la argumentación puramente histórica es grotesca) es un absurdo. No es la historia la llamada a demostrar la divinidad o no del Hijo del Hombre, sino la fe. En cuanto a aquélla, hubiera sido menos deshonesto por parte de Ron Howard el haber accedido a incluir al comienzo del filme un rótulo advirtiendo sobre la naturaleza ficticia de todo lo que en éste pasa por histórico. No lo ha hecho, y en consecuencia se expone al ridículo también desde el ángulo de la veracidad o, debería decir, de la verosimilitud.
 
Y tampoco funciona como incursión en la cinematografía. Desde la premisa risible de que un herido se dedique a escribir acertijos con su sangre en vez de pedir ayuda, hasta que su homicida no lo remate, pasando por que éste sea un monje trastornado en vez de un agente de los servicios secretos de Bush/Ratzinger, o el aburrido deambular de los protagonistas y los tres inconexos conatos de final, la narración carece de sentido y de sintaxis. París es la ciudad de la luz, pero nadie lo diría viendo la monótona fotografía. Los efectos especiales son pre Pentium V. El Código da Vinci es un filme barato en la filosofía, en la literatura, en la puesta en escena y en el coste.
 
En cuanto a la polémica que arrastra, en cambio, creo que es una buena cosa. Menos del 8% de los europeos son cristianos practicantes. La religión ha salido de la esfera íntima y de la esfera pública casi por completo en nuestras sociedades del neofundamentalismo secularista. El Código da Vinci es una difamación de la Iglesia católica, ciertamente, pero la situación de la religión cristiana es tan desoladora que cualquier controversia que atraiga atención sobre ella es preferible a su silenciosa agonía en la Europa postcristiana. La antaño católica España tiene un adagio para esto:
 
Hágase el milagro y hágalo el diablo.
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