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CRÓNICA NEGRA

No pueden evitarlo, pero impedirán que se publique

Se veía venir. Primero usaron unas estadísticas manipuladas que tratan de contrastar la violencia de género en España con la que se produce en otros países, como Finlandia. Luego vinieron con la conclusión de que, en muertes de mujeres, estamos por debajo de la media europea y otros despropósitos. Y hablan de que la prensa se "autorregule" y haya un "código ético" que trate de las noticias relacionadas con asesinatos.

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¿Qué hay detrás de todo esto? Un intento de echar la persiana. Están asustados por las más de 40 mujeres muertas en lo que va de año y por la manifiesta ineficacia de una política errónea. No pueden evitarlo, pero ahora impedirán que se publique.
 
En el franquismo, El Caso sólo podía publicar un crimen de sangre a la semana. Si se producían tres, había que elegir: en aquella sociedad "tan segura" no se permitía más. Quizá sea ésta la "autorregulación" que se busca, el "código ético" que se echa de menos. Las sociedades libres no tienen miedo a las noticias; las intolerantes, sí.
 
Las noticias no tienen ética, sino datos. El Gobierno gasta mucho dinero en su lucha contra la llamada "violencia de género", delito que, por cierto, da señales de desconocer en profundidad, puesto que presume de contar con numerosos "expertos", cuando aquí no hay más expertos que los maltratadores. Si los utiliza para su faena de aliño, está metiendo de nuevo la pata.
 
Por lo demás, el enorme esfuerzo, que se disuelve en observatorios varios (con gastos no siempre justificados), legislaciones desequilibradas, campañas absurdas y una realidad tozuda que se niega a pasar por el aro, llega al punto del agotamiento, el momento en que hay que echar la culpa a los medios de comunicación, que, según los "expertos", publican detalles que producen un "efecto llamada". O sea, que la noticia de un asesinato provoca el impulso de otro, y así, se notan "ciertos agrupamientos": "Hay semanas que no pasa nada, y de pronto, dos o tres muertes seguidas".
 
No importa que no tengan nada que ver, o que los homicidas actúen por razones diferentes. Es irrelevante que la situación social lleve al punto de crispación. Lo definitivo es el "síndrome Copycat", o sea, los criminales que imitan a otros y repiten sus crímenes. Lo mejor para evitarlo, culmina la receta de los que tratan de ayudar al Gobierno en sus dislates, es que no se publique el modus operadi de los maltratadores. Ya algunos periodistas se han hecho el harakiri, publicando la pavada del efecto llamada, por mejor servir a los intereses del poder.
 
Dado que las conclusiones de los expertos pueden insertarse en las ideas totalitarias, aquellos no dan la cara y se limitan a cobrar sus atrevidos informes en el silencio de los despachos. Mientras, en la calle, las mujeres son estranguladas, como en Alcoy, golpeadas en la cabeza, como en Avilés, apuñaladas, como en Galapagar (Madrid), o destrozadas a martillazos, como en Oleiros (La Coruña). Los expertos no se detienen ante nada, y no necesitan razonar sus soluciones mágicas.
 
Lo primero es establecer que no hay para tanto y que en Finlandia, país del que ninguna otra cosa se destaca, se mata más y peor; lo segundo, decir que todavía nos falta para alcanzar la media europea; y lo tercero, proclamar que todos los males achacables a la prensa, porque lo que publica empuja a matar. Por eso no es urgente acabar con las condiciones sociales que procuran el caldo de cultivo en que prolifera el maltratador, sino evitar que se publique lo que pasa.
 
Algunos colectivos están muy contentos con la letra de una ley denunciada por anticonstitucional y que está mostrando una desastrosa aplicación. Las muertes de mujeres aumentan sin parar. Tal vez todavía no han caído en que lo necesario es que el maltratador no pueda habitar tranquilamente entre nosotros. Es decir, que sea señalado, acosado, extirpado del seno social. Hasta ahora, la ley no le inquieta ni le hace sufrir. Parecería que no va con él. Mientras, miles y miles de pequeños asuntos colapsan los juzgados, la norma se revela impotente para evitar los delitos más graves. Ninguno de ellos sería posible sin cierta complicidad social.
 
Lo que precisa la violencia de género es luz y taquígrafos, lo contrario que receta el Gobierno. Hasta el partido en el poder estaba de acuerdo con ello en el programa que presentó a las elecciones; ahora, ha cambiado radicalmente de postura. Los gobernantes deberían repasar sus promesas electorales para no ser enemigos de sus propias ideas, porque eso delata su oportunismo o tal vez el agotamiento de su capacidad.
 
Decíamos que lo que precisa la sociedad es una campaña total contra los maltratadores, en la que queden en evidencia. Que aquel que tenga una esposa o compañera sentimental con un ojo morado no pueda tomar café en el barrio ni pasear tranquilo. Que ni siquiera pueda salir a la escalera sin que sea objeto de desprecio y desaprobación. Eso sólo se consigue con una acción contraria al oscurantismo.
 
Hay que viajar en sentido contrario: lejos de "los fantasmas del Copycat", que están sólo en boca de "los asesores fantasmas", hay que hacer programas de radio y televisión, crear secciones en los diarios, dictar conferencias exhaustivas en colegios y comunidades de vecinos. Hay que cambiar la sociedad hasta que sea un territorio hostil al maltratador. Que no pueda llevar una vida normal, que no sea aceptado ni encubierto: si maltrata a su familia, que no pueda vivir en el barrio.
 
En este momento, la situación le favorece, la ley no le inquieta: se ampara en el silencio y la vista gorda. Sus familiares, y los de la víctima, no deben callar: que cuenten todos los detalles ante el micrófono más próximo. Y que se fastidie el delincuente y el Gobierno que no acierta.
 
 
FRANCISCO PÉREZ ABELLÁN, presentador del programa de LIBERTAD DIGITAL TV CASO ABIERTO.
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