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CÓMO ESTÁ EL PATIO

SarkoZy: Así rescaté a las cuatro doncellas españolas

Soplaba un fuerte viento de levante. A decir verdad, a mí me da igual por dónde sople el viento, porque en el avión siempre llevo la ventanilla subida. Una costumbre. Pero bueno, a lo que íbamos: esa mañana decidí rescatar a las azafatas españolas detenidas en el Chad, esa colonia nuestra que, como tantas otras, nunca debió dejar de serlo.

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La cultura francesa es un factor de civilización muy importante; en realidad, el único que era capaz de incorporar a la modernidad a nuestros súbditos africanos. Pero en los 60 se pusieron muy pesados con la vaina del colonialismo y tuvimos que abandonarlos a su suerte. Hoy sólo los utilizamos para dar salida al armamento que nuestro ejército desecha por obsoleto, pero con el cual pueden matarse civilizadamente. La elegancia del arma francesa no tiene comparación con el machete tribal: matas igual, pero el resultado estético es bien distinto.
 
No pude soportar ver a esas cuatro encantadoras azafatas sufriendo la mala educación de los indígenas, que seguramente ni siquiera les servían un buen champagne antes de las comidas. Además, según mis asesores, un rescate al modo en que se comportaban los caballeros medievales me proporcionaría interesantes réditos en términos de popularidad.
 
Ya en el avión di un telefonazo a Sapatego; naturalmente, no para consultarle mi decisión, que ya estaba tomada, sino para decirle que hiciera un hueco en su agenda esa tarde y acudiera a recibirme al aeropuerto militar de Toguejón. Sin Sonsoles.
 
Moratinos y Zapatero.Cuando llegué al Chad, en plan sheriff, se formó la de Dios es Cristo. A los policías y militares les acojonó estar tan cerca del presidente de Francia; sobre todo cuando adopte aquella pose de firme determinación y comencé a caminar a buen ritmo por el aeropuerto, como si aquello fuera mi casa (en cierto modo, lo es). El presidente del Chad se me puso algo farruco, y es que delante de sus ministros debía aparentar cierto tono de firmeza. Transigí con él y le ayudé a hacer el paripé; hasta pareció que realmente me importaba lo que estaba diciendo. Al cabo de un rato, y en voz baja para que sus ayudantes no se enteraran, simplemente le dije: "Chaval, que me llevo a las titis".
 
No me puso ningún inconveniente (mejor para él: hay ciertos envíos de material pesado de guerra que podrían sufrir graves retrasos con sólo una leve sugerencia mía), pero insistió en que los de la ONG tenían que quedarse en el país para disfrutar de la hospitalidad chadiana, que en el régimen carcelario es proverbial, como ya han empezado a comprobar por ellos mismos. No me pareció del todo mal su propuesta. Además, los rojazos de las ONG ni siquiera me votan, así que tampoco era cuestión de estropear la operación por un detalle tan nimio.
 
Mientras estábamos hablando del asunto, un ayudante de Déby con cara de pocas luces se atrevió a molestarlo, lo cual no me hubiera importado en absoluto de no ser porque de paso me interrumpió a mí también, y esto último es inaceptable. Vino para decirle que un ministro de Sapatego, Monsieur Mogatinós, quería abrir un proceso de diálogo con las autoridades chadianas en el que no hubiera vencedores ni vencidos. Es asombroso ver cómo las tonterías de Sapatego se contagian a sus ministros. Rápidamente despedimos al ayudante, y mi súbd…, mi amigo Idriss me aseguró que se encargaría de que fuera convenientemente azotado, para que aprendiera modales. Jamás se debe interrumpir al presidente cuando está hablando con la superioridad (o sea yo), y menos para transmitir el mensaje de un botarate.
 
Cuando las bellas azafatas me vieron, corrieron a abrazarme. Qué momento. Espero que mi ex haya visto las imágenes, para que se chinche. El viaje de vuelta a la civilización fue muy agradable. Mis ayudantes, siguiendo mis instrucciones, habían provisto la bodega de carga con unas cuantas cajas de Cuvée Belle Epoque (a trescientos boniatos la botella) y unas bandejitas de delicatessen de lo más apañaditas. Brindamos, nos reímos, me felicitaron, me dieron más besitos (al fin y al cabo era su salvador, qué cogno), y al llegar al aeropuerto español nos despedimos con efusivas muestras de cariño.
 
Sapatego, siguiendo también mis instrucciones, estaba esperándonos en la escalerilla del avión con la mejor de sus sonrisas, aunque esto último no es novedad en el personaje. Le devolví a sus azafatas sanas y salvas (y también un poquito contentas, por los efectos del champagne), di con él una breve rueda de prensa para cubrir el expediente y media hora más tarde volaba de nuevo, esta vez rumbo a casa.
 
Me siento bien. Qué cogno bien: me siento como un héroe. "Sarko, eres el puto amo", me repetía mentalmente sin cesar. Lamento que Sapatego tenga que sufrir las chanzas de la prensa rebelde por su papelón en esta operación de rescate, pero eso, en lo que a mí respecta, no es más que un pequeño daño colateral. Espero que las próximas elecciones españolas las gane mi amigo Gajoy. Seguro que él se hubiera venido conmigo a rescatar damiselas de manos de la negritud. Pero, en fin, nunca se puede tener todo en esta vida.
 
Ahora, voy a llamar a Cecilia para preguntarle si ha visto las imágenes en el telediario. A veces no puedo evitar ser un poco cabjoncete.
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