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RECUERDOS SUELTOS

"Ya meten ruido, ¿eh?"

Como a Zunzunegui lo conocí, lo mismo que a Arturo, en el instituto, cuando dejé los maristas, pues debía de ser hacia 1963 ó 64, y tener nosotros 15 ó 16 años. Zunzunegui estudiaba inglés, hacía ejercicio con pesas y era bastante forofo, igual que Arturo y yo, de la música inglesa: los Beatles, también The Kinks, The Animals, The Herman's Hermit, The Shadows y todos aquellos, a lo mejor me equivoco algo en las fechas.

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Había cada vez más aficionados a esos grupos y cantantes en España, aunque nos causaba bastante sorpresa la histeria y los chillidos de los, y sobre todo las, fans, tal como los veíamos en la tele. Un espectáculo gracioso. ¿Así eran, en realidad, los ingleses, célebres por su flema? Yo creía que lo hacían sólo por divertirse, pero, lo comprobaría, se lo tomaban bastante en serio.
 
Por entonces solían arribar a Vigo, alternándose, dos trasatlánticos, el Devonia y el Dunera, con escolares ingleses, y algunos aprovechábamos para ligar y ganar unas pesetillas haciendo de guías no insoportablemente fiables. Hace poco, dando una conferencia en Vigo, me saludó un camarada de aquellas expediciones; siento que mi pésima memoria para los nombres me impida ahora recordar el suyo. El itinerario incluía la visita a una fábrica de conservas de pescado, experiencia apasionante e instructiva do las haya.
 
Me la ha traído a la cabeza, con todo lo demás que aquí cuento, un capítulo de Los Simpson donde los escolares van de excursión educativa a una fábrica de cajas de cartón. Se haría, supongo, con vistas a promover la exportación de conservas, no sé si con mucho éxito, pues éstas iban bañadas en "aceite puro de oliva" y los ingleses, de paladar algo tosco, no apreciaban su sabor. Luego el autobús nos llevaba hasta el estrecho de Rande, todavía sin puente, a contemplar el espacio de la ría en cuyo fangoso lecho debían de yacer toneladas y toneladas de plata, oro y piedras preciosas, para provecho del capitán Nemo. Después pasábamos por el Castro y el pazo de Castrelos, donde las chicas podían beber de una fuente cuya agua les garantizaba un próximo y feliz matrimonio; y terminábamos en la playa de Samil.
 
Los guías solíamos intercambiar nuestras direcciones con chicas visitantes, y mantener luego alguna correspondencia con ellas. Yo y otro, quizá Claudio López Garrido, un buen amigo de cuando estudiábamos en los maristas, que se hizo nacionalista gallego andando el tiempo, llegaría a diputado regional y causaría cierto escándalo al negarse a jurar la Constitución en el Parlamento gallego, o algo así, no recuerdo bien, escribimos sendas cartas a las correspondientes pen pals, cachondeándonos de las fans de los cantantes, y con eso se rompió el intercambio postal.
 
Se tomaban muy a pecho sus devociones, ya digo. Tanto que, entre los devotos de los Beatles y los de los Rolling Stones, o entre los mods y los rockers, formaban bandas y se zurraban la badana de vez en cuando, hasta provocar verdaderos disturbios urbanos. La juventud ha de entretenerse.
 
Aquellas cosas nos hacían reír, pues en la España de entonces había poco apasionamiento. Incluso por el fútbol, si bien éste generaba aficiones muy intensas, y hasta algunas peleas individuales por defender uno u otro equipo. Pero a casi nadie se le pasaba por la cabeza enfrentarse en grupo a los partidarios de los rivales. Un conocido mío, suizo, Daniel Haener, me comentó que se había aficionado a las cosas de España con ocasión de un partido internacional, al contemplar el contraste entre los hinchas españoles, alegres pero no exaltados, y los ingleses, que se conducían como chiflados borrachos y agresivos. Pero eso ocurrió hace muchos años.
 
Así, la afición a la música inglesa crecía en España, no llegando a ser muy extensa ni muy vehemente. Cuando los Beatles vinieron a Madrid, en 1965, su éxito fue francamente modesto, y todavía más modesto en Barcelona, aunque algunos de sus seguidores ensayaron, sin mucha convicción, los gritos y desmayos a la británica. Los Rolling Stones eran muchísimo menos conocidos. Por eso, cuando ofrecieron en Madrid, a principios de los 80, un recital llamado a hacerse famoso, llamó la atención la enorme y fervorosa multitud de fans que, al parecer, los seguían ya desde los años 60. Quizá fuera como lo de los grises, la policía armada de Franco, que todo el mundo había corrido delante de ellos, aunque nadie se hubiera percatado antes.
 
Yo oí por primera vez a los satánicos de la lengua fuera en casa de Zunzunegui.
 
– Ya meten ruido, ¿eh?
– Sí, una burrada.
– Pero si te fijas tienen algo…
– Sí, claro. Si te fijas mucho.
– Es que así, a la primera… Pero si te acostumbras…
 
Zunzunegui estaba decidido a acostumbrarse, no en vano tenían tanto predicamento en Inglaterra. A mí, por mi mal gusto, me dejaron frío. Sólo más tarde sabría que sus letras tienen un contenido por así decir trascendente, en cierto modo filosófico, como de rebeldía contra la sociedad, o de liberación, acaso de liberación sexual, contra la hipocresía social, o algo de eso, ustedes me entienden, espero. Lo mismo ocurría con los Beatles, aunque de otro modo, según nos contaría la revista Triunfo: sus canciones tenían un fondo hasta cierto punto revolucionario, utópico, contra la represiva sociedad burguesa.
 
Triunfo combinaba una propaganda comunista apenas disimulada con la loa de cualquier cosa que ayudara a corroer las "buenas costumbres". Los Beatles no llevaban mal camino, después de su época de cancioncillas sentimentales. Llegaron a cantar al working class hero, a su juicio something to be, aunque ellos, desde luego, nunca se pusieran a la tarea; o a encomiar la enorme suerte de estar back in the USSR, con todas aquellas increíbles Ukraine girls, por no hablar de las de Moscú, que te hacen cantar y gritar. ¿Y las de Georgia? Bueno, esas eran ya la repanostia. Luego Lennon alcanzaría el despiporre con Imagine…
 
Particularmente me gusta de ellos Eleanor Rigby; en cuestión de gustos no hay nada escrito, nadie lo ignora, y todos hemos degenerado mucho desde aquella década prodigiosa.
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