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MEMORIAS ERRÁTICAS

Los "estudios internacionales" y un viaje a Liechtenstein

Tenía ya medio claro que había que dejar la vida bohemia y las veleidades artísticas, pero ¿con qué sustituirlas? Poco antes de que la primavera nos liberara por fin de la bise y el hielo, conocí a la sobrina de Le Corbusier. Vivía en un edificio diseñada por su tío arquitecto, en una callejuela de Ginebra donde apenas llamaba la atención. Pero el interior era magnífico. "Porque está hecho a la medida humana", decía la señora.

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La medida ideada por Le Corbusier partía de la figura humana de pie y con el brazo levantado. Había espacio, sí, y lo que me resultaba más asombroso, al estar viviendo en pisos lóbregos, había luz.
 
Ella viajaba continuamente a la India, donde su tío se había encargado del planeamiento de Chandigarh, ciudad del norte del país que sirve de capital de los estados de Punjab y Haryana. Y la señora congregaba en torno suyo a un grupo de jóvenes interesados en proyectos de ayuda al desarrollo, asunto que entonces se encontraba en pleno auge, aunque todavía faltaban años para que se pusiera de moda en España y se produjera la eclosión de las oenegés.
 
Pero la razón por la que traigo aquí a la sobrina de Le Corbusier es porque fue una de las poquísimas personas con las que me tropecé en aquella época que valoraban positivamente el periodismo. Lo habitual era topar con gente que albergaba una visión romántica de la profesión, o que pensara que el periodismo era una fábrica de mentiras destinada a urdir el gran engaño que mantenía alienada a la población.
 
Cuando le dije a la sobrina del gran arquitecto que había ejercido el periodismo, se mostró encantada. Era una profesión "muy importante". Los periodistas tenían en sus manos, prácticamente, la educación de la gente, y eso era asunto muy digno y muy serio. No le llevé la contraria, pero su valoración no me convenció. Cuando uno ha estado en las cocinas de un restaurante, no aprecia la comida del mismo modo que el que se sienta a la mesa. Y más si las cocinas eran las de la prensa española antes y durante la Transición.
 
El regreso a mi antigua actividad me pasaba por la cabeza de vez en cuando, pero lo desechaba. ¿Acaso no había huido también de ella, casi siete años atrás? Me veía de nuevo en aquel ascensor del periódico, subiendo y bajando todos los días por los mismos pisos, viendo las mismas caras y leyendo los mismos teletipos. No. Tenía que haber otra alternativa.
 
Ginebra era, y es, un centro de escuelas de estudios internacionales. Después de haber recorrido medio mundo y, sobre todo, países en vías de desarrollo, como se dice en la jerga, creía disponer yo de alguna base, es decir, de dos o tres ideas, para afrontar unos estudios en ese ámbito. Había una escuela muy puesta, que enseguida comprendí estaba fuera de mi alcance. En ella se formaba la élite de los tinglados internacionales, mayormente burocráticos. Pena, porque era muy bonita y estaba en el mejor sitio, al principio del precioso Parc Mon Repos, al que se llegaba tras el paseo al borde del lago, el Quai W. Wilson.
 
Sin embargo, no lejos de allí, había otra escuela más trapalleira, más cutre, que se dedicaba a los estudios sobre el desarrollo. Asistí a algunas clases, porque la entrada no se controlaba. Había muchos extranjeros, casi todos de países africanos y de Latinoamérica. El edificio no era nada chic, y el alumnado tampoco. Se percibía que estaba en la onda tercermundista, en la que yo andaba también, pero con matizaciones. Pues había visto y oído lo suficiente para concluir que los programas de ayuda de los países ricos a los pobres solían producir más desastres que beneficios. Pero el caso es que ahí sí tenía posibilidades de entrar, y aquella opción fue tomando entidad a medida que pasaban las semanas.
 
Era el mes de marzo cuando dejamos, por segunda vez, el squat de Carouge. Había aparecido otro lugar en el que asentarnos provisionalmente. Era en la rue Voltaire, y el inquilino del piso nos alquilaba una habitación en la parte trasera. Jim lo presentó como un gran avance. Como íbamos a pagar, no estaríamos de prestado.
 
Cuando entré en la casa, lo primero que me recibió fue un fuerte olor a carne cruda picada. El motivo era que allí vivía también un simpático perro. Su dueño le dejaba por las mañanas el contenido de una gran lata de carne en el comedero, y el animal, que era grandote, iba dando cuenta de ella a lo largo del día. Eso, más la poca ventilación, hacían que el piso rezumara un olor repugnante.
 
El escudo de Liechtenstein.Algo influyó aquel panorama olfativo para que me decidiera a hacer un viaje corto que tenía en mente desde hacía algún tiempo. Quería visitar a Petra, una amiga alemana, instalada antes en Basilea, que entonces se había mudado a Liechtenstein. Petra era pintora y escultora, y daba clases de artes plásticas en una escuela de aquel país diminuto. Y finiquitada mi actividad en el ménage, con parte del dinero que había ganado saqué un billete de tren, y allá fui.
 
Había que atravesar, prácticamente, toda Suiza, en trenes de todo tipo. Fueran de la clase que fueran, y los había regionales y locales, funcionaban, eso sí, con perfecta puntualidad. A cambio, no resultaban baratos. Era uno de los pocos países que conocí (uno de los dos: el otro era Alemania) donde los horarios de los trenes iban al minuto: salida a las 18:47, decía, por ejemplo. Y, en efecto, a las 18:47 salía, no en el minuto 46 ni en el 48.
 
Entré en el principado en un pequeñísimo tren, antiguo y bien conservado, que parecía hecho para las curvas y los ascensos de los Alpes. Previamente, pasamos la frontera de Austria. En Liechtenstein, los uniformes de los guardias fronterizos le hacían pensar a uno que entraba en el siglo XVIII, cuando no más atrás.
 
Mi amiga residía en una casona de montaña, rodeada de campos y bosques. La escuela en la que enseñaba tenía relación con el grupo de Rudolf Steiner, creador de la antroposofía. No era causalidad, pues ella había estudiado arte en el "Goetheanum", un instituto de los antropósofos situado cerca de Basilea, cuyo edificio está construido de acuerdo a sus reglas: sin ángulos rectos.
 
Pasé una semana y pico en aquella aldea de Liechtenstein, sin apreciar grandes diferencias entre sus habitantes y los de los países vecinos, y regresé a Ginebra algo más oxigenada. Lo suficiente para afrontar el olor a comida de perro de la casa de la rue Voltaire.
 
 
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