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Florentino Portero

La presidencia Biden

Las autoridades europeas han dado la bienvenida a la nueva Administración. En este caso, no es sólo un acto de protocolo diplomático.

Florentino Portero
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Las autoridades europeas han dado la bienvenida a la nueva Administración. En este caso, no es sólo un acto de protocolo diplomático.
Joe Biden. | EFE

Renuncio a ser original al tratar de analizar el arranque de la nueva Administración en Estados Unidos. No por falta de ganas, sino porque, después de los miles de artículos publicados a ambos lados del Atlántico, me queda poco que aportar. Humildemente, ¡qué remedio me queda!, me limitaré a señalar de manera ordenada algunas ideas claves que se han repetido en estos días y que sinceramente creo que van a ser determinantes para entender lo que puede ocurrir en los próximos años.

Biden ha inaugurado su mandato anunciando su voluntad de lograr una reconciliación nacional. No cabía esperar otro mensaje tras el brutal y obsceno asalto al Capitolio, un motín ejecutado por chusma fanática y alimentado por un presidente que se ha ganado a pulso el desprecio de todos aquellos que creen en la democracia. Por otro lado, el conjunto del sistema político y constitucional de Estados Unidos está dirigido a buscar acuerdos entre los distintos sectores que conforman su sociedad. La diversidad es algo natural, más aún en una nación tan poblada como aquella, de ahí la necesidad de forzar el entendimiento a través de normas e instituciones. Sin embargo, sería un error o una mentira culpar sólo a Trump de la quiebra social que vive ese país. Todo empezó con Obama, con su voluntad de transformar la sociedad en un sentido muy marcado, legislando contra buena parte de sus conciudadanos. Como ya he escrito con anterioridad, la aparición de Trump es más una consecuencia que un fenómeno aislado, más una reacción que una acción. Trump es el resultado lógico de los ocho años de Obama y de los primeros efectos de la Globalización, que provocaron una reconfiguración del espacio electoral, que este especulador inmobiliario supo ver y aprovechar. Si Biden quiere reconciliar a la sociedad estadounidense deberá tener esto muy presente, dejar de legislar contra parte de sus conciudadanos y controlar a su propio partido, hoy mucho más radical que hace cuatro años. Los primeros pasos van en esta dirección, pero ni su edad ni el peso del ala más izquierdista del Partido Demócrata permiten presagiar que se pueda consolidar esta política. EEUU, como el conjunto de Estados europeos, vive una fuerte tensión social, porque estamos viviendo un cambio de época que cuestiona los acuerdos e instituciones vigentes y nos priva de disponer de una visión compartida sobre el futuro al que aspiramos. Esta triste circunstancia no va a cambiar en los próximos años, con todo lo que ello implica.

Trump ha regalado argumentos para ser etiquetado como un peligro para la democracia. Sin embargo, de ahí a que Biden pueda proclamar que la democracia ha sido restablecida hay todavía un largo trecho. Los medios de comunicación han establecido una dictadura de la corrección política, obviamente del discurso progresista, intolerable. Que una plataforma digital vete al presidente de Estados Unidos, mientras permite a dictadores de distintos países difundir sus mensajes, es un grave atentado contra la democracia. Son muchos los ciudadanos que no están dispuestos a aceptar esa situación, lo que supone alimentar una tensión que de una u otra manera se canalizará. Hace unos días Karl Rove, una de las referencias en sociología electoral, advertía desde las páginas del Wall Street Journal de la posibilidad de que el trumpismo, con Trump o sin él, recuperara el poder en una espiral de radicalización.

El mayor activo de la diplomacia de EEUU desde hace décadas ha sido su modelo de convivencia, de ahí que nadie dudara en reconocer su condición de faro de la democracia. El orden liberal surgido de la II Guerra Mundial se basaba precisamente en la expansión de los valores y principios de la democracia. La aspiración a imponer ese orden ya es historia. Ante los retos de nuestro tiempo, resulta necesario establecer nuevos marcos de referencia. La diplomacia británica tuvo el acierto de proponer una Alianza de las Democracias como punto de partida. La idea gustó en Estados Unidos y Biden, al fin y al cabo un resto arqueológico de la Guerra Fría como quien redacta estas líneas, la hizo suya. Ya hablamos de un D-10, un directorio formado por las diez democracias más representativas del planeta, que avanzaría en el diseño de una estrategia conjunta para afrontar los retos de nuestro tiempo. ¿Alguien cree que Estados Unidos tiene hoy la autoridad democrática para liderar esa iniciativa? La suma de imágenes de manifestaciones violentas del Black Lives Matter, de trumpistas indignados y lo que está por llegar son actas notariales de una sociedad rota y enfrentada. A nadie le puede extrañar el uso y abuso que de estas imágenes se está haciendo en Estados como Rusia, Irán o China. No hace falta invertir grandes sumas en campañas de desinformación para dividir a una gran potencia cuando ella sola se basta y sobra para quebrarse, llevándose por delante el prestigio de una marca resultado de décadas de trabajo de su diplomacia pública.

Las autoridades europeas han dado la bienvenida a Biden. En este caso, no es sólo un acto de protocolo diplomático. Tras los años Trump, Europa agradece que llegue a la Casa Blanca alguien que cree en un orden internacional fundamentado en normas e instituciones multilaterales. Hay un generalizado optimismo sobre la posibilidad de llegar a acuerdos sobre comercio o clima. Sin embargo, han quedado ya atrás los días en que Europa agradecía el Protectorado norteamericano. La autonomía estratégica de la Unión Europea se percibe más como una necesidad que como un ideal europeísta. Ya no podemos confiar en Estados Unidos, aunque tampoco estemos en condiciones de ejercer esa autonomía.

La Administración Biden tiene ante sí una agenda tan amplia como intensa. El nuevo presidente tiene toda la razón cuando señala la reconciliación nacional como el primer objetivo. Lograrlo no va a ser tarea fácil, ni siquiera resulta evidente que disponga de los medios para ello.

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