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La escopeta

Se supone que Su Señoría si sabrá ya los motivos del drama en el que una mujer que desea ser madre deshace a tiros al padre de sus posibles hijos.

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Presuntamente mató a su novio de varios tiros de escopeta, en El Vendrell, Tarragona. El juez la ha mandado a prisión por ello. Se llama Meritxell, tiene 38 años y es una chica con carácter. Su víctima era un aficionado a las motos, miembro de un club de moteros de procedencia holandesa. A ella le gustaban más las armas, como tiene acreditado.

La pareja parecía llevarse bien. Vivían en una casa con piscina en una zona de veraneo. En tiempos, David, el Miura, como le llamaban, era un fijo de los gimnasios. Le gustaban los retos y vivía una vida agitada. Pero hace ya mucho tiempo que se había serenado, tomaba café y saludaba con corrección. Había elegido una existencia tranquila. La relación de la pareja era idílica salvo porque ella, de 38 años, le había pedido varias veces un hijo. El Miura no acababa de decidirse, pero esto no suele ser motivo para que tu mujer decida convertirte en un colador.

El pasado día 12, a las 8:30 de la noche, estaban los dos en el chalet, y de repente ella buscó la escopeta y apretó el gatillo varias veces, dejando al motero de vida tranquila agonizante en el suelo. Sin pararse a atenderlo ni llamar a los servicios médicos, salió a escape hacia Cunit, donde vive su hermana. Allí fue a refugiarse.

Se decretó el secreto del sumario, cosa bastante habitual pero que hasta ahora no ha impedido nunca que trasciendan los datos de lo que ocurrió. Por eso este es uno de esos casos de ahora en los que no se indaga: pétreos, blindados, donde los periodistas no tienen interés en conocer lo que pasó más allá de la fría nota policial.

Fue un amigo de la víctima quien avisó a emergencias, pero cuando llegaron no pudieron hacer nada. Los impactos de escopeta le habían partido prácticamente en dos. La presunta dice no acordarse de lo que pasó, que es una forma cómoda de esquivar preguntas. De modo que desde el Día de la Hispanidad hasta la fecha no se ha sabido nada nuevo, excepto que ella fue a una celda y él al cementerio.

Por su casa pasaba mucha gente. Era un lugar de reunión, acogedor, transitado. Pero nadie sabe nada o no lo dice. Se supone que Su Señoría si sabrá ya los motivos del drama en el que una mujer que desea ser madre deshace a tiros al padre de sus posibles hijos.

Claro que aquí hay una reacción pasional, que indica que se oculta el grueso de la motivación. Meritxell no se entretuvo para atender al herido, sino que huyó con impulso, tal vez con rabia. Los disparos, eso sí se sabe, no llegaron de repente, sino tras una fuerte discusión que, una vez más, nadie escuchó o puede recordar. El agonizante se consumió como una vela que se apaga, mientras la principal actora se escaqueaba. Se acabaron los sueños de paternidad y de futuro. Las demostraciones en moto y las cervezas con los amigos. Todo se hizo muerte en una casa en la que tenían todo lo que les gustaba.

Tal vez nadie ha dicho todavía si había discrepancias en la gestión de los recursos económicos. O ella se tomó a mal el interés por alguna otra persona. El crimen no fue frío, sino un arrebato de animal carnívoro. El Miura no debió de verlo venir ni esperarse nunca que ella fuera capaz de apuntarle con la escopeta. Ella no le dejó apercibirse, ni defenderse. Dos personajes presos de su destino, a solas en el interior de una casa anormalmente solitaria. O eso creemos, porque por allí no han ido los reporteros que venteaban las pasiones en tiempos menos políticamente correctos y que nunca hubieran permitido este desastre informativo de ahora, que llena la historia de crímenes misteriosos e inexplicables. Pero eso sí: limpios de polvo y paja.

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