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Con el odio en la mochila

¿No habría que reabrir el 11-M como se ha hecho con los casos Alvia y Metro de Valencia?

Gabriel Moris
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Hace unos días, en plena Costa Azul, en Niza concretamente, Europa, Francia y todas las personas de bien hemos sufrido una masacre terrorista. En menos de dos años Francia y Bélgica han sido objeto de atentados de esta naturaleza. En Asia y África este tipo de noticias se suceden sin tregua, pero a nosotros nos parece que ocurren en otra galaxia. Todos los atentados europeos han producido reacciones a nivel oficial y a nivel popular. Hemos visto y oído declaraciones, incluso hemos sentido envidia al oír entonar, a los políticos y al pueblo, himnos y mensajes contra el terrorismo. Pero ¿es esto necesario y suficiente para combatir la lacra que nos golpea sin cesar?

Yo echo en falta muchas ausencias en casi todos los ataques terroristas; la primera y principal es la de las víctimas. Efectivamente, cualquiera que sea la cifra de bajas o afectados, no van más allá de ser sólo números. Pasan a engrosar las listas que cada país ha elaborado para el recuerdo. Por supuesto que temporal. Pronto se sucederán cambios de dirigentes y el mártir para unos se convierte en objeto de olvido urgente para otros. Eso sí, el argumento no puede ser más racional, para acallar odios, por la reconciliación y la paz, o razones más peregrinas. La desfachatez llega a veces a su grado sumo al reemplazarse el nombre de la víctima por el del victimario. A todos nos vienen a la mente ejemplos de cualquier época o país. Creo que sería pertinente una reflexión sobre el papel de las víctimas en la política y la lucha contra el terrorismo.

Los colectivos de víctimas, si mi información es veraz, jamás han respondido con venganzas o violencias contra sus agresores. Siempre han mantenido su confianza en la justicia y el Estado de Derecho. ¿Son merecedoras estas instituciones de la confianza depositada en ellas? Mi experiencia personal me hace responder negativamente. En el trinomio víctimas-terroristas-Estado de Derecho, siempre son las víctimas los perdedores máximos, pese a no ser portadoras de odio y deseos de venganza. ¿No resulta injusto e ilógico el balance? Máxime cuando las inocentes víctimas sólo responden a los criterios de los terroristas, para sembrar el terror en la población o minar la aparente fortaleza del Estado de Derecho.

Si recordamos a víctimas como las de los accidentes ferroviarios del metro de Valencia o del tren Alvia de Santiago, podemos verificar que, aun tratándose de accidentes, sienten haber recibido un trato inadecuado por parte de las instituciones. Respecto al tratamiento de los hechos, los vagones afectados fueron conservados mientras la autoridad judicial lo consideró necesario. En el caso de los trenes de Cercanías, ataque terrorista, los vagones fueron desguazados en cuarenta y ocho horas, sin autorización judicial, y ni el juez instructor, ni el tribunal ni el Supremo advirtieron el delito cometido por los autores; es más, las partes -acusaciones y defensas- nos enteramos extraoficialmente durante el juicio. La prensa -con alguna excepción- ha silenciado los hechos sin rubor. Este ejemplo sirve para ilustrar mi afirmación sobre el papel de las víctimas en los atentados. ¿No habría que reabrir el 11-M como se ha hecho con los otros dos casos?

Todos los seres humanos venimos al mundo con una mochila vacía. Nuestras obras -buenas, malas o regulares- van llenándola hasta que morimos. Casi todos hacemos un balance de nuestras obras en algún momento de la vida. Las personas normales suelen intentar que su balance sea positivo. En el caso de los victimarios, sólo caben dos posibilidades: se trata de personas enfermas o de personas en cuya mochila predomina el odio. La libertad individual nos permite elegir el camino a todos y cada uno de nosotros. Yo desearía que mi elección fuera la mejor para mis semejantes y por ende para mí.

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