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Cuarenta años de Constitución y catorce de deuda

En el 11-M, todos los objetivos terroristas parecen cumplidos: ejecución, anonimato, impunidad y explotación del éxito.

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El cambio de año es buena ocasión para hacer balance del tiempo que finaliza y planificar los objetivos del nuevo período que se abre ante nosotros. Creo que ese ejercicio lo hacemos muchos de forma tácita o explícita. Es fácil escuchar por estas fechas deseos como el de "que el año que viene sea, al menos, como éste".

Como todos, el año 2018 nos deja cosas buenas, malas y regulares. En el mes de diciembre hemos tenido dos fechas dignas de recordación: el día 6 se celebró el 40 aniversario de la Constitución; el 10 fue el Día Universal de los Derechos Humanos.

Creo que cuarenta años son un período de tiempo lo suficientemente amplio en la vida de las personas como para sacar conclusiones. El día 6 me propuse seguir la celebración por las Cortes Generales y lo logré. No pretendía dejarme llevar por el triunfalismo sino mantener una escucha imparcial y en libertad de conciencia. Esto es importante. El día 10, al estar engullido por la Constitución, pasó inadvertido.

Las víctimas del terrorismo, los que durante estos cuarenta años hemos sufrido y seguimos sufriendo el zarpazo del terror democrático, no podemos comulgar con ruedas de molino. Sí, he dicho lo que he escrito.

En los dos discursos conmemorativos de la efeméride se hizo alusión a las víctimas; vaya por delante nuestro agradecimiento, pero ello no ha impedido que muchos no hayamos podido celebrar en paz la Navidad de 2018. Soy consciente de que los poderes del Estado no pueden devolvernos la vida de los nuestros. Pienso, no obstante, que, entre la ausencia que padecemos y el olvido y la injusticia en que vivimos, hay una situación intermedia, posible de alcanzar, que el Estado y las víctimas debemos buscar codo con codo. Ese es al menos nuestro deseo.

En la Declaración Universal de los DDHH se dice que los seres humanos deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. En otro apartado se cita: "Todo individuo tendrá derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad personal". Me gustaría que alguien me explicara cómo, en la España actual, se puede pasar de las musas al teatro.

Para hacer más inteligible mi reflexión, quiero traer a la memoria de nuestros representantes (electos o no) que el 11 de marzo de 2004 alguien decidió matar a un gran número de ciudadanos que libremente iban a cumplir con sus deberes. Supongo que los autores vulneraron su deber de comportarse fraternalmente. Atentaron contra el derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de sus víctimas. ¿Qué hicieron los poderes del Estado para evitarlo? Hace algo más de un año, en Barcelona y Cambrils, con un nivel de alerta 4, se produjo otra matanza, en principio, inconexa con la anterior. ¿Sabemos qué ocurrió realmente? Algunos seguimos queriendo saber.

En cualquier atentado terrorista, los criminales siempre persiguen algún objetivo, además de impunidad. En el caso del 11-M, todos los objetivos terroristas parecen cumplidos: ejecución, anonimato, impunidad y explotación del éxito.

Creo que en el cuarenta aniversario de la Constitución se debía haber prometido rectificar lo mal hecho o hacer lo aún pendiente, que no es poco. Ese es el primer deber de un Estado de Derecho y de la Constitución.

Pasados más de catorce años del mayor ataque terrorista de Europa, disponemos de todos los resortes institucionales, políticos, económicos y sociales para hacer frente a toda suerte de enemigos (internos y externos). ¿Qué impide a nuestro Estado saldar su deuda para con las víctimas, el pueblo español y él mismo? El silencio y el olvido nos hacen pensar lo peor.

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