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Décimo aniversario y camino del vigésimo

Revivimos la pérdida de mi hijo, hace trece años, cinco meses y nueve días.

Gabriel Moris
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Hemos recordado el vigésimo aniversario de dos hechos con desenlaces bien distintos: la liberación de José Antonio Ortega Lara de su largo e inhumano cautiverio y el secuestro y cruel asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Como casi siempre que se trata del recuerdo de hechos relacionados con el terrorismo, sus víctimas y la sociedad han puesto de manifiesto sus debilidades: la desunión, el individualismo, el afán de protagonismo y la falta de objetivos y estrategias para luchar contra sus verdugos. Esto último no supondría una usurpación de las responsabilidades del Estado, más bien se trataría de actuar sinérgicamente. Para que haya sinergia tiene que haber coincidencia en los fines perseguidos y en los objetivos. No es evidente esta coincidencia entre las víctimas y las instituciones. Desgraciadamente, el terrorismo nos aventaja en esa materia. Me viene a la memoria una cita evangélica: "Los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la Luz".

No puede extrañarnos que, después de tantos años de terrorismo, haya unos trescientos atentados de ETA sin judicializar.

Sin olvidar ni minimizar ningún atentado terrorista, creo que hay uno, el de los trenes de Cercanías, que, por múltiples circunstancias, merece una atención especial. Las cifras –193 fallecidos y 1.856 personas con lesiones reconocidas–, la fecha elegida –un día 11, como el atentado de las Torres Gemelas, y tres días antes de unas elecciones legislativas–, la explosión simultánea de cuatro trenes, la detención o entrega previa de una furgoneta conducida por un supuesto comando de ETA con un cargamento de Titadyn y con pistas del destino (falsas o no)... Todos estos hechos, verificados y constatados, hacen de este crimen múltiple un hecho singularen la historia de la España del siglo XXI. El Sr. Aznar hizo algún comentario en este sentido, creo que dijo algo así como: "El 11-M será un hecho para la Historia".

No acaba aquí lasingularidad de este crimen de lesa humanidad. Las detenciones de 115 personas, casi todas árabes, se suspendieron cuando tomó posesión el nuevo Gobierno, salido de las urnas en unas votaciones con un electorado traumatizado por los atentados. No menos extraño resulta que varios de los detenidos, dos de ellos condenados a varias décadas de miles de años, estuvieran relacionados con la confidencia policial. Ni antes de los hechos ni después de la sentencia se han encontrado relaciones de los tres condenados con Ben Laden o con células yihadistas, y ya se han producido más de doscientas detenciones de presuntos islamistas radicales.

Mientras escribo estas reflexiones se han producido los atentados en Cataluña. No encuentro palabras para calificarlos. Mi cariño, apoyo y empatía para todas las víctimas y sus familiares y amigos. Revivimos la pérdida de mi hijo, hace trece años, cinco meses y nueve días.

En el décimo aniversario de los atentados de los trenes de Cercanías se celebró un funeral de Estado en la catedral de la Almudena de Madrid. La asistencia fue plural y masiva. El cardenal Rouco Varela pronunció una homilía de la que transcribo lo siguiente:

De un sencillo análisis de lo ocurrido se desprende una primera respuesta: murieron, sufrieron y sufrimos porque hubo personas que, con una premeditación escalofriante, estaban dispuestas a matar inocentes a fin de conseguir oscuros objetivos de poder, porque hay individuos y grupos sin escrúpulo alguno que desprecian el valor de la vida humana y su carácter inviolable, subordinándolo a la obtención de sus intereses económicos, sociales y políticos.

Pasados más de trece años de los atentados, nadie –con la razón o con su obrar– ha podido rebatir dicha afirmación. Lo ocurrido el otro día lo corrobora.

El tiempo pasa con una celeridad escalofriante y, con frecuencia, los humanos cambiamos el orden de prelación de las cosas. ¿Hay algo más urgente que preservar la vida de las personas? Según creo, los delitos penales, en nuestro ordenamiento jurídico, prescriben pasados veinte años. Los recuerdos, homenajes, discursos, ramos de flores y peluches quedan bien en determinados momentos; pero si no se traducen en hechos concretos que eviten el mal y mejoren nuestras reglas de convivencia, todo eso se convierte en un falso alivio de nuestra conciencia.

Cuando pasen seis años, alguien podrá recordar en los actos del 11-M las palabras de monseñor Rouco con la misma actualidad del décimo aniversario; pero si nadie actúa para evitar la repetición de los atentados terroristas, modificando las leyes, el terrorismo seguirá brindándonos sus macabros espectáculos. Los autores seguirán recibiendo los infames homenajes de sus correligionarios.

Nuestro Estado de Derecho sólo nos ofrece silencio y olvido. Sólo el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo y la Corte Penal Internacional de La Haya quedan como posibles medios para hacer una pizca de justicia.

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