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¿Redescubriendo el Atlántico?

La idea de una Asociación Transatlántica aparece como la guinda de unas idílicas relaciones entre ambas orillas. Nada más lejos de la realidad.

GEES
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No fueron más que unas pocas palabras en un discurso de una hora pero desataron la euforia en Europa: "anuncio que lanzaremos las negociaciones para una asociación amplia con la Unión Europea en comercio e inversiones". Lo dijo Barack Obama en su último discurso sobre el estado de la Unión, aunque previamente subrayó la importancia y el deseo de Washington de completar las negociaciones sobre una Asociación Transpacífica. Es precisamente este "pivote hacia Asia" lo que le chirría a los europeos porque entienden que eso significa menos atención al Atlántico. Sin embargo, no se trata de juego de suma cero sino de una realidad que se resume en que las economías con mayor dinamismo en el mundo se encuentran alrededor del Pacífico.

Durante más de veinte años se ha barajado la posibilidad de oficializar una relación económica entre Estados Unidos y Europa con un acuerdo de libre comercio, pero sin concretarse nada. De repente la idea de una Asociación Transatlántica aparece como la guinda de unas idílicas relaciones entre ambas orillas. Nada más lejos de la realidad.

Pensemos en la OTAN, el paradigma de las relaciones transatlánticas. Allí europeos y americanos se tiran los trastos: unos porque no pagan por su propia defensa y entorpecen la toma de decisiones; los otros porque se han cansado de tener que estar en todas al mismo tiempo, y sus peticiones de mayor compromiso al resto de aliados cae en saco roto. Además, la crisis económica no ha hecho más que acentuar la brecha entre europeos y americanos, ya que los primeros prefieren reducir al mínimo su gasto en seguridad y defensa antes que otra cosa. Paradójicamente es también la crisis económica el principal motivo por el que ahora se quiera impulsar una Asociación Transatlántica. Para ambos puede ser una oportunidad para crear empleo e impulsar el crecimiento. Pero sería un error que este futuro acuerdo de libre comercio tuviera como base unas relaciones transatlánticas que no son sino anticuadas.

No se trata de intentar devolver a Europa lo que era suyo, o su lugar en el mundo, como muchos europeos opinan. Se trata de adecuarse a una realidad en la que Europa debe competir como el resto. Sólo así se puede construir una Asociación Transatlántica acorde con su tiempo, y por lo tanto con posibilidades de éxito.

En medio de la euforia europea tras las palabras de Obama arriba mencionadas, el nuevo secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, se ha paseado por varias capitales europeas en su primer viaje oficial. La lectura en Europa ha sido, por supuesto, que la visita de Kerry simbolizaba el redescubrimiento del Atlántico para la Administración Obama. Sin embargo, para decepción de algunos, el nuevo secretario de Estado no ha traído en su maleta ningún detalle más sobre las negociaciones de este esperado acuerdo. Y aunque Kerry sea tildado de pro-europeo, es Obama el que tiene la última palabra, y sus orígenes están alejados del viejo continente. Tiempo al tiempo.

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