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Los recaudadores del César en el Templo

Mientras la Iglesia Católica no sea la única entidad no estatal que disfruta de exenciones o de subvenciones a cargo del contribuyente, a otro perro con ese hueso, hueso tan anticatólico en el fondo como engañosamente liberal en la forma.

Guillermo Dupuy
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Después de tratarnos de convencer de que la izquierda es un retrato en negativo de la Iglesia Católica, así como de los males que nos hubiéramos evitado los españoles si hubiéramos abrazado la reforma, D. César Vidal nos ha salido con un artículo en el que se muestra partidario de una de las recientes propuestas del PSOE: acabar con la exención del Impuesto sobre Bienes Inmuebles que disfruta, entre muchos otros, la Iglesia Católica.

Es cierto que D. César no parece querer alinearse con Rubalcaba, sino que empieza su escrito invocando, nada menos, que la autoridad de Pablo de Tarso. Hasta ahora creía que el "camino mejor" que San Pablo nos recomendaba –"mejor a cualquiera de los carismas mejores"– era el señalado en su célebre y hermosísima Primera Carta a los Corintios, el camino del amor. De hecho, una célebre antífona gregoriana –recordada por muchos estos días– insistía en esta idea al afirmar que "Ubi caritas et amor, Deus ibi est". Pero la presencia que reclama D. César en la Iglesia no es la del amor, presencia equivalente a la del mismo Dios, sino la de los recaudadores del César, valga la expresión. Y es que el "camino mejor" que nos propone D. César en base a una, por mí desconocida, diatriba teológica de Pablo de Tarso, es un camino que, por lo visto, tiene como primera etapa la supresión de cualquier tipo de exención o beneficio fiscal a la Iglesia Católica.

Dice D. César que no se imagina a Jesús "pidiendo ayuda económica al Sanhedrín o al procurador romano por eso de que multiplicaba panes y peces, curaba enfermos o liberaba endemoniados". Yo tampoco me lo imagino. Pero el hecho es que muchísimas entidades no estatales que hacen una labor social mucho menos plausible que la que desempeñan sus iglesias sí reciben ayuda económica, tanto en forma de exenciones fiscales como en forma de subvenciones directas. La cuestión es que yo tampoco me imagino a Jesús pidiendo que grave con impuestos esas áreas en las que la voracidad del César no había llegado hasta entonces. De hecho, muchos fieles y eruditos seguidores de Cristo, como tan bien finge ignorar D. César, denunciaron la injusticia de muchos impuestos, campo en el que algunos de ellos incluso justificaron el tiranicidio. Es decir, no se plegaron ni hicieron una servil interpretación del "dar al César lo que es del César". Claro que, en esto de imaginarse a Jesús en relación con el fisco, espero no ver a mi admirado D. César asegurando que a Jesús le parecería bien que las Iglesias pagaran el IBI, tal y como Obama dice que "Jesucristo subiría los impuestos a los ricos".

Dejando al margen estas ironías que me ha suscitado su estimulante escrito, D. César resume su seria propuesta en que "las entidades privadas –a diferencia de las públicas como la policía, la administración de justicia o el parlamento– deben ser sostenidas por aquellos que coinciden con sus objetivos y puntos de vista y no por el conjunto de los ciudadanos". Se trata de una propuesta que yo comparto y que me llevaría a pedir con él la supresión de las exenciones que disfruta la Iglesia Católica, naturalmente si fuera esta la única entidad no estatal que disfruta de ellas o de subvenciones a cargo del contribuyente. Mientras no lo sea, a otro perro con ese hueso, tan anticatólico en el fondo como engañosamente liberal en la forma.

Y es que, con unas administraciones públicas que manejan alrededor de la mitad de nuestro PIB, apenas hay entidades privadas que no disfruten, de manera directa o indirecta, de esos beneficios fiscales. De hecho, si la propuesta de D. César fuese universal –y no centrada exclusivamente en la Iglesia Católica, tal y como aparece en su artículo– supondría la erradicación de la propia Ley de Mecenazgo y de todo el ordenamiento jurídico destinado a establecer regímenes fiscales especiales de todas las entidades sin fines lucrativos.

Es más, refiriéndonos exclusivamente al IBI, la Iglesia Católica sólo está exenta de su pago en determinados casos que fija la ley, y de esas exenciones también se benefician las fundaciones, las federaciones deportivas, los partidos políticos, los sindicatos... y, por ejemplo, la SGAE, el Hotel Ritz o el Palacio de Liria. También están exentas del pago del IBI, por cierto, las comunidades hebreas y musulmanas, así como las iglesias evangélicas. Lo digo porque resulta sorprendente la omisión de este dato por parte de D. César en un escrito en el que dice que sentiría que se le "cae la cara de vergüenza" si perteneciera a una iglesia que no vive única y exclusivamente de las aportaciones voluntarias de sus fieles.

Así que, mientras los católicos estén obligados a contribuir coactivamente con su dinero a "entidades privadas con las que no coinciden ni en objetivos ni en puntos de vista", seré firme y orgulloso partidario de que la Iglesia católica y el resto de Iglesias formen parte de esas entidades que gozan de regímenes fiscales especiales. Si el "camino mejor" que propone César Vidal está destinado a acabar de verdad con todos esos numerosísimos casos en los que se incumple su propuesta genérica, que deje para la última etapa del camino acabar con las exenciones que disfruta la Iglesia Católica. Él ya nos dirá en qué parte del camino solicita el fin de las exenciones que también disfruta la evangélica. Pero hasta que no lleguemos al final de ese camino, soy partidario de mantener a los recaudadores del César más alejados del templo aún que los mercaderes.

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