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STALINISMO

El complot de los médicos

A finales de enero de 1952 murió, por causas naturales, Khorlogiin Choibalsan, el oscuro y fanático comunista al que, tras una sucesión de purgas, Stalin había colocado al frente de la República Popular de Mongolia. Cuando la noticia de la muerte de Choilbasan llegó al Kremlin, nadie le dio mayor importancia: la mala vida y los excesos de toda índole provocaban que la esperanza de vida entre los jerarcas comunistas no fuese demasiado alta.

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Iosif Stalin era la excepción a la regla. Pasaba ya de los setenta años, veinticinco de los cuales los había pasado al frente de la Unión Soviética, en una suerte de magistratura vitalicia no muy diferente a la de los antiguos zares. El Vozhd estaba achacoso pero mantenía el nervio de sus mejores tiempos. De hecho, era en aquellos momentos crepusculares de su reinado cuando estaba matando más y mejor.

Frío como un témpano, insensible como un leño, la muerte de sus más allegados no hacía mella alguna en su ánimo. Con la de Choibasan se limitó a hacer un inocente comentario ante su corte de aduladores:

Van muriendo uno detrás de otro... Scherbakov, Zdanov, Dimitrov, Choibalsan... ¡Mueren tan rápidamente! Deberíamos cambiar los viejos médicos por otros nuevos.

El silencio se hizo en la sala. Poco importaba que muchos de los nombres que había citado de memoria hubiesen muerto hacía años. Scherbakov, por ejemplo, había muerto en el 45, y Zdanov en el 48. Nada vinculaba una muerte con la otra, salvo el hecho de la muerte misma. Pero el miedo que inspiraba Koba era tal, que una palabra suya, por inocente que fuese, constituía la antesala del terremoto más impredecible. Había nombrado a los médicos y, aunque de un modo un tanto satírico, había sugerido la posibilidad de cambiarlos. Todos tomaron buena nota.

Aquel verano del 52, el amo y señor de un tercio del mundo pasó las vacaciones en su dacha de la soleada Sochi, una localidad balneario a orillas del mar Negro, pegada a su Georgia natal. Su aspecto era lamentable. La hipertensión no le dejaba vivir, agotaba las veladas fumando y bebiendo hasta que, rendido por el sueño y la borrachera, se recogía a su habitación, de donde salía horas más tarde resacoso, blanco como una tiza y con un humor de perros. Padecía arterioesclerosis, tenía mareos y apenas podía concentrarse. Pero no se quería dar por enterado. Él, que había vencido a todos sus enemigos, se consideraba inmortal y eterno, como los emperadores locos de la antigua Roma.

A su vuelta a Moscú, uno de sus médicos privados, Vladimir Vinogradov, le sometió a un reconocimiento y le pidió encarecidamente reposo absoluto. Debía, durante un tiempo prudencial, abandonar el trabajo diario y retirarse a su dacha de Kuntsevo, en las afueras de la capital, para descansar. Stalin tomó la recomendación del galeno como una ofensa y le destituyó fulminantemente. La caída en desgracia de Vinogradov sorprendió a todos. Era un médico muy competente, por cuyos servicios se peleaban los dirigentes del Partido.

Lo que no sabían los sorprendidos es que una nueva purga acababa de dar comienzo. Ese otoño Mijail Ryumin, secretario del ministro para la Seguridad del Estado, Viktor Abakumov, había hecho llegar un informe a Stalin en el que se acusaba de graves negligencias al cardiólogo de Choibalsan, Yakov Ettinger, que, casualmente, era el mismo que había atendido a Zdanov hasta su muerte. Y no sólo eso, al parecer Ettinger era la cabeza visible de una gran conspiración de médicos, todos judíos, que se habrían conjurado para ir eliminando uno a uno a todos los líderes soviéticos con la idea de adueñarse del poder.

Ryumin pretendía con esto hacer méritos y ocupar el puesto de su jefe apelando a lo que más adoraba Stalin: una buena conspiración. El viejo, por su parte, tenía otros informes –como el que le había hecho llegar la doctora Lydia Timashuk– y otros planes. Quería, aprovechando esa vulgar coartada, hacer una nueva limpia entre los altos cargos. El camino podía aprovecharlo para enviar algunos mensajes dentro y fuera de casa, especialmente hacia el recién nacido Estado de Israel, que se había desvinculado de la URSS y anudaba firmes alianzas con las potencias del Oeste.

Cargar contra los judíos era, además, algo popular en Rusia desde tiempo inmemorial. El 1 de diciembre todo estaba listo para que diese comienzo el espectáculo. En una reunión del Politburó, Stalin se dirigió a los congregados con unas aparentemente incomprensibles palabras:

Todo sionista es agente del espionaje americano. Los nacionalistas judíos piensan que su nación fue salvada por los Estados Unidos. Los judíos creen que tienen una deuda con ellos. Entre los médicos hay numerosos sionistas.

Tres días después, ante el Presidium del PCUS, insistió en el asunto haciendo hincapié en su clarividencia:

Sin mí, el país estaría ya destruido, porque sois incapaces de reconocer a nuestros enemigos.

Quien quisiera entender, que entendiese. La cacería había empezado.

El Pravda publicó con gran alarde tipográfico la noticia de la megaconspiración que amenazaba a la cúpula soviética. La agencia TASS recibió órdenes de informar en el extranjero dando los nombres de los cabecillas de la conjura. Entre ellos se encontraba lo más granado de la intelligentsia judía, incluyendo, naturalmente, a los médicos hebreos más famosos de la capital. Los arrestos comenzaron de inmediato. Al principio fueron unas pocas decenas... que pronto se convirtieron en centenares.

Los GAZ Pobeda negros de la policía secreta iban y venían a toda velocidad por las avenidas moscovitas, en un frenético trajín de detenciones. En enero de 1953, ser judío y médico en Moscú era sinónimo de estar detenido y a expensas de algún comisario sin escrúpulos del NKVD, la temida Cheka, de donde sólo se salía de dos modos: a hombros en un ataúd o hacinado en un tren camino del Gulag.

Se les acusaba de tramar un complot para derrocar al legítimo Gobierno de la URSS. La lista de presuntas víctimas había crecido desde aquel primer esbozo que Stalin daba un año antes con motivo de la muerte de Choibalsan. Muchos eran militares de alto rango que, aunque vivos y coleando, habían padecido las malas prácticas de los doctores judíos. La prensa bombardeaba a diario con nuevas revelaciones, creando un ambiente de antisemitismo digno del más cruel de los pogromos zaristas. La habitualmente comedida prensa del régimen no escatimaba adjetivos para referirse a los conjurados, a quienes llamaba "bestias inhumanas", "grupo terrorista", "saboteadores", "criminales en bata blanca" o "banda de médicos envenenadores".

En un ambiente extremadamente caldeado, un pequeño artefacto explotó en la embajada de la URSS en Israel. Sin siquiera investigarlo, Stalin ordenó que se cortasen las relaciones diplomáticas y que Maria Weizmann, hermana del expresidente de Israel y residente en Moscú, fuese arrestada. En los países del bloque del Este, la cruzada antijudía se intensificó, desatándose una persecución en toda regla entre comunidades ya diezmadas por los nazis y de probadísima lealtad al comunismo.

Una vez en el calabozo, lo que los comisarios de la NKVD querían era confesiones autoinculpatorias. Pero las acusaciones eran tan delirantes, que los detenidos no sabían ni de lo que tenían que inculparse. Para abreviar los trámites, Stalin transmitió al ministerio que la tortura no sólo era válida, sino que constituía el mejor de los métodos: "Golpeadles hasta la muerte", le dijo a Ryumin, que se tomó al pie de la letra la recomendación y mató con sus propias manos a Yakov Ettinger, autoridad mundial en el campo de la cardiología.

En plena vorágine antisemita, Stalin dio paso a la siguiente fase: limpiar el Ministerio para la Seguridad de Estado. Abakumov, jefe de Ryumin, fue detenido acusado de traición por no haber visto venir la conspiración judía. Después de él habría de venir el todopoderoso Beria, superior inmediato de Abakumov y de quien Stalin sospechaba desde hacía años. Mientras el exministro se encontraba sometido a las infames torturas de la Cheka, el causante de su desgracia se retiraba a dormir tras una noche de vodka, tabaco y cine en su dacha.

No volvería a despertar. Era 5 de marzo de 1953. La Rusia oficial se sumió en el llanto. La jerarquía, entre tanto, paraba en seco el pogromo y corría un tupido velo sobre el asunto. El complot de los médicos había terminado. Nadie, ni en Oriente ni en Occidente (con la honrosa excepción de Winston Churchill), dijo ni pío. El comunismo tenía bula. 

 

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