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GRANDES BATALLAS

Mühlberg, la victoria de Dios

En 1530 Alemania estaba revuelta. La Reforma protestante, iniciada poco antes por un fraile agustino, se encontraba en su apogeo. Los príncipes alemanes se sumaban uno tras otro a las tesis de Martín Lutero, rompiendo la unidad religiosa del Imperio y de la propia Cristiandad occidental, que se hallaba en un momento muy delicado a causa del imparable avance de los turcos, quienes, sin detenerse desde la toma de Constantinopla (1453), cabalgaban ya por el valle del Danubio y llamaban a las puertas de Viena.

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A los principies la Reforma, aparte del renacimiento espiritual que les proporcionaba, les estaba resultando un negocio de lo más ventajoso. Con sólo adherirse a ella tenían carta blanca para adueñarse de las muchas y muy valiosas propiedades que la Iglesia católica tenía en sus dominios. Entre ellos y sus nobles, expulsaban a los obispos, incautaban monasterios y confiscaban ricas abadías para, acto seguido, hacerse con ellos y repartírselos. Lutero sabía de la importancia de la nobleza para el triunfo de sus tesis, por lo que apoyaba estos desmanes en nombre de la Fe.

Frente a ellos estaba el emperador, que permanecía fiel a Roma, aunque, curiosamente, sólo tres años atrás la había saqueado sin pestañear, tomando al Papa como rehén. El emperador, nuestro Carlos I, no quería líos en Alemania. Además, estaba metido de hoz y coz en una guerra contra Francia que le consumía todos los recursos: los propios, los ajenos y los que, empeñados, aún no habían llegado de las Indias. Intentó por todos los medios evitar el enfrentamiento mediante dietas extraordinarias, de las que todos (menos Lutero, que se negaba a asistir) salieron con la cabeza caliente y los pies fríos. Era cuestión de tiempo que Carlos actuase enérgicamente sobre los revoltosos príncipes para restablecer el orden.

Previendo lo inevitable, varios príncipes alemanes, acaudillados por Felipe, landgrave de Hesse, y Juan Federico, elector de Sajonia, acordaron unirse en una liga de príncipes luteranos que, llegado el momento, plantasen cara al Imperio. La liga se formó en la ciudad de Esmalcalda en 1531 y el momento llegó quince años después, en 1546, cuando Carlos I terminó de guerrear con Francia. La llamada Guerra de Esmalcalda se planteó como una operación quirúrgica. Un ejército numeroso y bien adiestrado, formado básicamente por veteranos españoles de los Tercios de Nápoles y Lombardía, entraría en Alemania e iría al encuentro de las tropas que habían reunido los príncipes de Esmalcalda, los aniquilaría y así el orden y la autoridad imperial quedarían restablecidos.

Los protestantes, sabiendo la que les venía encima, se parapetaron detrás del Elba junto al pueblillo de Mühlberg, en el corazón de Sajonia. El emperador se había tomado muy en serio la campaña y acompañaba personalmente a las tropas para infundir todavía más temor en el enemigo. Los rebeldes, capitaneados por Juan Federico, eran muchos menos y esperaban que el Elba les cubriera la huida. Carlos tardaría una eternidad en cruzarlo y ellos, entre tanto, podrían reorganizarse y unirse a las levas que se estaban haciendo en Bohemia y Pomerania. No contaban, claro está, con que la hueste imperial estuviera repleta de tozudos infantes españoles dispuestos a cualquier cosa con tal de machacarles, incluyendo cruzar a nado un ancho y caudaloso río de aguas heladas.

Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba, a quien todavía no se le conocía en Holanda pero sí, con cierta reverencia y temor, entre los soldados del Sultán otomano, fue el escogido por el emperador para dirigir las operaciones. El de Alba sabía que si se le escapaban los sublevados tardaría meses en volver a encontrarse con ellos, y para entonces probablemente ya habría perdido la ventaja numérica y tendría que pelear en los confines del Imperio.

No había otra opción que cruzar el río, pero los luteranos habían volado los puentes y el agua, en pleno mes de abril, estaba congelada y bajaba brava. El duque envió entonces una partida de reconocimiento para localizar un vado donde la profundidad permitiese a los caballos hacer pie. Antes de eso, probablemente presos de la ansiedad por entrar en combate, un batallón de arcabuceros españoles al mando del coronel Cristóbal de Mondragón se despojó de la ropa para evitar hundirse y se echó al agua con una daga entre los dientes.

El objetivo de los españoles, que se habían lanzado al ataque tal y como Dios los trajo al mundo, era apoderarse de unas barcas que los sajones habían amarrado en la otra orilla. Aquella era la parte más difícil porque Juan Federico había apostado artillería en su ribera. No se sabe bien cómo, los españoles llegaron a la otra orilla y capturaron barcas suficientes como para construir un pontón por el que podría pasar el resto del ejército. La machada de los de Mondragón, algo inconsciente porque bien los podrían haber freído a arcabuzazos, pero muy española, animó a un escuadrón de jinetes húngaros y españoles a internarse con sus monturas en el vado aun a sabiendas de que la corriente podría llevárselos.

La primera acometida de caballería fracasó parcialmente. Los jinetes regresaron por donde habían venido... con una información muy valiosa: sabían con cuántos efectivos contaba Juan Federico y el pésimo estado de ánimo en el que se encontraban. Enterado el duque de este particular, ordenó a sus 4.000 caballeros sortear el vado inmediatamente. Entre tanto, a la altura del pontón, los infantes cruzaban ya sin que nadie en la otra orilla se lo impidiese. Para agilizar el cruce mandó que todos los jinetes debían llevar un infante a la grupa, primero los arcabuceros y luego el resto de la tropa, ya que, con un ejército en desbandada, los arcabuces iban a ser más útiles que las picas. Para predicar con el ejemplo, el emperador en persona, aunque gotoso y prematuramente envejecido, vadeó el río a lomos de su caballo, que era, a decir del cronista Luis de Ávila, "español, castaño oscuro", cubierto con un "caparaçon de tercio pelo carmesí con franjas de oro, y unas armas blancas y doradas". El maestro Tiziano tomó buena nota de la descripción y un año después pintó al óleo la escena.

Juan Federico se replegó, pero le estaban masacrando desde atrás con los arcabuces, así que se detuvo y ordenó una carga de caballería que entretuviese a los españoles mientras el resto se ponía a salvo en un bosque cercano. El duque le vio el farol e hizo sonar las trompetas que indicaban carga general. El ejército español al completó se lanzó sobre el enemigo al grito de "¡Santiago!", que nunca había resonado en tierras tan lejanas como las de la remota Sajonia. La carga española fue épica. De una tacada rompieron la línea de caballería y la de infantería que se hallaba detrás de ella. La escabechina fue tal que, al rato, cuando llegó la infantería, la batalla ya se había terminado.

Juan Federico fue apresado, encarcelado y desposeído de su dignidad principesca, que el emperador, a modo de venganza, entregó a su primo Mauricio. Felipe de Hesse, que se encontraba también en Mühlberg, corrió la misma suerte. Carlos, recrecido por la victoria, se creyó por un momento dentro de la piel de Julio César tras derrotar al rey del Ponto y pronunció para deleite de sus oficiales unas palabras que pasaron a la Historia: "Vine, vi, y venció Dios".

El emperador impuso el Interim de Augsburgo, al que le sucedió, después de que el emperador tuviese que salir corriendo de Innsbruck perseguido por el traidor Mauricio de Sajonia, la paz del mismo nombre, que dejaba a cada príncipe elegir entre luteranismo y catolicismo. Al final Mühlberg se ganó, sí; pero para nada. Dios habría vencido, pero nunca se supo si a favor de los protestantes o de los católicos.

 

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