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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La historia mentida

Cuando mis hijas empezaron a ir a la escuela, yo era progre. De modo que les tocó ir a un colegio laico, en el que, por no hablar de religión, se acababa por no hablar de nada.  

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Al cabo de un curso me di cuenta de que si las llevaba al Prado no iban a entender nada de las historias representadas en los cuadros de los grandes maestros. Y que, sin llevarlas al museo, se iban a perder partes importantes de las conversaciones cotidianas, que en España están constantemente trufadas con expresiones propias del universo católico. De modo que, como había ganado un premio literario y me había comprado un televisor estupendo con reproductor de videos, organicé una catequesis privada.

Vimos desde La Biblia de John Huston hasta Ben Hur, desde Los Diez Mandamientos hasta El manto sagrado, pasando por un buen número de peplos de todo pelaje. No creo que los viejos curas de Galicia que instruyeron a mi padre en esos asuntos fueran más eficaces a la hora de contar esas historias. De paso, aproveché para colar en el menú un poco de mitología clásica, invitando a casa a Ulises (Kirk Douglas) o a Hércules (Mike Hargitay). No importaba la fidelidad de las versiones. En última instancia, no se trataba de historia propiamente dicha, y pasó mucho tiempo antes de que empezáramos a hablar de la historicidad de Jesús y otros asuntos aledaños.

Por otro lado, yo continuaba con mi labor de historiador y de novelista, y me esmeraba, como sigo haciéndolo, por no decir mentiras; por no sacrificar un solo dato real a las necesidades de la ficción –juro que se puede hacer–; por mantener hasta la última coma las verdades confirmadas. Detesto la historia contrafáctica, el "y si las cosas hubieran sido de otro modo", "si los japoneses no hubieran bombardeado Pearl Harbor" o cualquier otra majadería por el estilo. Y detesto los errores que delatan el desaliño intelectual del narrador, de los que encontré últimamente un par de perlas en novelas muy bien acogidas: en una, la señorita alemana que discute con su amante americano en el Berlín ocupado de 1945 lo llama "machista"; en otra, un soldado de la División Azul, en el frente ruso, pregunta al médico de la compañía si hay antibióticos: sólo faltaba que el otro le respondiera que aún no se habían inventado.

Cuento todo esto porque la televisión española viene insistiendo en hacer series históricas que nada tienen que ver con la historia. Ya hemos sufrido en el cine una verdadera epidemia de películas sobre la Guerra Civil, y ninguna de ellas merece el menor elogio, al menos desde el punto de vista de la historicidad. La pantalla se sigue llenando de soldados republicanos con uniformes recién salidos del tinte y otros desatinos. Por no hablar de los relatos hagiográficos del tipo de Las Trece Rosas. En la tele la cosa es aún peor. Ya nos habían torturado con Hispania, que aún no se ha acabado, una serie en la que el espectador puede llegar a varias conclusiones equivocadas, a saber: a) a falta de ver el final, cabe que se convenza de que Viriato venció a los romanos; b) que lo más deseable para nuestra nación hubiese sido que los romanos fueran vencidos, como si descendiéramos de Viriato y no de Trajano o de Séneca; etcétera.

Ahora ha llegado Toledo. He leído en la prensa que los productores han hecho mucho caso a don Américo Castro, es decir, en busca de amparo historiográfico, se han acogido al santuario de un gran creador de mitos en relación con las tres culturas y la imaginaria convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos, gentes que nunca se tragaron mutuamente y que distaban mucho de convivir a gusto, como vinieron a demostrar los acontecimientos. Claro que es una obviedad que la Reconquista fue una guerra que acabó con el triunfo católico, pero desde Castro y hasta Zapatero nunca han faltado quienes se empeñaran en negarlo. El relato, como no podía ser de otro modo, transcurre en el reinado de Alfonso X, llamado el Sabio, probablemente por su afán de conocer y por la creación de la Escuela de Traductores de Toledo, ya que no por su acción de gobierno, más bien desastrosa –remito a España, una historia única, de Stanley Payne–.

Como siempre, el producto es fallido. Todo sale mal. En la muy elogiada Juana la Loca, Felipe llega a Burgos por Navidad, cuando uno sabe que hace más frío que nunca, y le espera un criado con una palangana en la que va, empotrado entre hielos de gasolinera, un vaso de agua. La serie en que Fernando Rey encarnó al Quijote comienza en un lugar de La Mancha y con el hidalgo sentado a una mesa sobre la cual hay, cómo no, un queso manchego; de horma industrial, de los de ahora, sospecho que García Baquero, aunque alguien tuvo el buen criterio de no exhibir la marca.

¿A qué se debe que España sea especialmente incapaz de narrar su propio pasado con alguna fidelidad y sin caer en el ridículo? Por supuesto que en otras latitudes se cometen torpezas, y que Gandhi y Putifar tengan la misma cara de Ben Kingsley llega a resultar grotesco, sobre todo cuando uno aún recuerda a Paul Muni en Juárez, en La tragedia de Louis Pasteur o en La vida de Emile Zola, cambiando de rostro y hasta de alma, o a Peter O’Toole en Lawrence de Arabia. No, también los anglosajones se equivocan, pero menos, mucho menos.

Ya sé que es inútil insistir en la idea de que los productores deben tener al menos un historiador (serio) en su equipo, pero igual pruebo.

 

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