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FRANQUISMO

Ridruejo versus Fraga

Los que sean de cultura afrancesada me entenderán enseguida. Chateaubriand –no podía ser otro– murmuró al final de su vida: "La vejez es un naufragio". Esta misma frase la repitió el general De Gaulle cuando decidió retirarse de la vida política, en 1968. El mundo que nacía tras las barricadas ya no era el suyo.

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La escritura memorial fue, para Chateaubriand y De Gaulle, la forma más digna y placentera de esperar la muerte.

Ningún hombre debe llegar al final de su vida ejerciendo un cargo y embaucado por la pasión política. El ciudadano de a pie no necesita de esa "entrega desinteresada de amor a España", de ese "sentido del Estado" que hace permanecer en activo a un señor muy mayor. Puede incluso que lo interprete como un pecado de soberbia. Lo que reclama el ciudadano es menos pasión y más anonimato en la gestión y el control democrático. El protagonismo ególatra puede que sea en cierto modo inevitable, pero corresponde a tiempos cerrados. La tradición política española arrastraba hasta hace poco esa particular querencia por el espíritu despótico.

Podría decirse que Fraga Iribarne formó parte de una raza de políticos seducidos por el poder hasta la muerte. Sin que ello le supusiera sacrificio alguno.

Por ello, me asombró la unanimidad hagiográfica de la mayoría de los artículos-obituario de la prensa, de izquierda y de derecha, tras su fallecimiento. Esos obituarios obstinadamente halagadores me dejaron perpleja. He de reconocerlo. No recordaba yo tantos elogios.

Los hombres cambian, todos cambiamos, no una vez sino varias, nuestras trayectorias vitales. El conocimiento, la reflexión y la necesidad moral obligan a los individuos a avanzar y retroceder en sus juicios. Debemos medir, en conciencia, nuestras herencias y nuestros traumas sin dejarnos llevar por las primeras ni por las segundas. Siguiendo a los estoicos, convendría que nos alejáramos de la pasión política, que es la que verdaderamente desencadena los grandes errores, y nos conformáramos con la política a secas. La vehemencia es siempre una hipérbole que conduce al desastre. El siglo pasado fue en su totalidad el siglo de la pasión política en su más estricta etimología: acción de padecer. Dolor. También en su connotación más trivial: apetito o afición vehemente a algo.

Fraga Iribarne tuvo un gran apetito. Sed de permanencia. Régimen tras régimen. Tal vez no vendría mal retomar más a menudo la lectura de Marco Aurelio y considerar la vejez como la única verdad que rebaja a cero la potencia ególatra. Y no aspirar a más.

Fraga Iribarne fue el modelo de una ambición cesarista.

Representó para muchos de mi generación el lado más salvaje de la política funcionarial franquista. El portavoz tosco y despiadado. El verbo brutal e insolente. Desde luego, el calificativo de demócrata aplicado a la trayectoria de Fraga Iribarne me parece cuando menos insólito. Nunca modificó nada, sino que fue modificado sucesivamente por los tiempos. En la Transición actuó con la habilidad de quien conoce todas las tripas del Estado y se hizo cargo de los restos dispersos, pero aún fuertes, del aparato político del tardofranquismo.

Está claro que Fraga Iribarne triunfó. Y sedujo a todos –y sorprendentemente a muchas mujeres– con esa fanfarronería tan hispana con asomos de desmesura y misoginia.

En El País del pasado 16 de enero un articulista terminaba con la siguiente frase:

"Apaciguó a la derecha más cerril: esto es, le agradezco que se comiera a los caníbales". Me sorprendió el agradecimiento. Ciertamente. Luego, no me extrañó: uno se acostumbra a leer las versiones infantiles más comúnmente aceptadas de la Transición.

En mi absoluta insignificancia, en mi absoluta discreción, sigo cultivando a pequeñas dosis la necesaria memoria del rencor.

Fraga Iribarne jamás hizo acto de contrición:

Yo no he sido cómplice de ninguna dictadura. Sólo tengo motivos de satisfacción de lo que hice entonces en plena conciencia.

Y me pregunto: si él mismo no sintió la necesidad de arrepentirse de su actividad en los despachos franquistas, si él mismo se vanaglorió sin complejos de su proceder, no alcanzo a comprender muy bien por qué razón la prensa de derecha y sobre todo la de izquierda se empeñan en absolverlo de lo que llaman eufemísticamente sus sombras políticas.

Hice lo que tuve que hacer.

El caso Grimau, Granado y Delgado, Ruano, los obreros de Vitoria, los carlistas de izquierda de Montejurra. Pero pelillos a la mar. Como declaró Fraga hace tan sólo unos años, refiriéndose al primero de los casos citados: "Él solo se lo buscó". Frase de gran calado histórico.

Y algunos de nuestra generación, entre los cuales se encuentra Federico Jiménez Losantos –como relata en La ciudad que fue– aprendimos a vivir felizmente a contrapelo.

A contracorriente, como lo hizo a su manera Dionisio Ridruejo. Lo cierto es que, tras la muerte de Fraga Iribarne, su figura frágil y huesuda no me ha abandonado. Y volví a sacar de mi estantería su libro Casi unas memorias, que leí en 1976, un año después de su muerte.

Ridruejo versus Fraga.

Ambos representan formas antitéticas de hacer política. Fraga permaneció 60 años sacrificándose como hombre de Estado, sin que le aflorara el menor signo de duda o zozobra ontológica sobre su función.

En 1951 iniciaba su meteórica carrera hacia las más altas instituciones. Hasta su muerte. En ese año, Ridruejo eludía las puyas rencorosas del aparato franquista e iniciaba su peripecia opositoria, que le abocaría a la fundación del Partido Social de Acción Democrática.

Mi interés por Dionisio Ridruejo me vino por dos vías: por la fuerte amistad que unía a mi hermana Lola con su sobrina Pilar y por mis estudios sobre la propaganda republicana y nacional. La carrera política del joven Ridruejo, falangista, jefe provincial de Falange en Valladolid, director general de Propaganda durante la Guerra Civil, pudo haber seguido con éxito, sin un solo obstáculo. Pero el excelente orador falangista se había convertido ya por entonces en el enfant terrible de su partido. Cuando los falangistas se hicieron franquistas dimitió de todos sus cargos. Protestó por el caso Hedilla, y en 1941, con 29 años, se fue camino de Rusia con la División Azul. Luego, de vuelta a España, vendrían los confinamientos en Ronda, Llavaneros, Arenys de Mar. Las dudas.

Buscó otra vida, fuera de los cargos y prebendas.

Me ganó su claridad, la lógica de sus ideas, y sobre todo esa modernidad trágicamente outsider, enfundada en un tono bajo de hombre menudo que no quiere permanecer en la política, sino que desea intervenir en ella, a trozos, por etapas, con reflexión, aceptando equivocaciones. Optó por el camino más difícil, y sufrió por ello.

En una larga carta con fecha 7 de Julio de 1942, se dirigía al general Franco:

No sé si se puede tener una vocación profesional incondicional, por la política. Yo no la he tenido jamás (...).

Confieso que los pequeños cargos aparenciales con que V .E. me distinguió me pesan en exceso y sería feliz librándome de ellos. Por el momento pido meditación solamente. Preveo que esto tal y como lo vivimos acabará mal.

Ridruejo versus Fraga.

El escritor soriano, veinte años después, seguía defendiéndose de los ataques personales sobre el cambio de trinchera que el director del diario Arriba le echaba en cara:

Mi dialéctica puede ser despreciable, mis actos ridículos, mi trayectoria, como cosa pública, objeto de discusión. Todo ello es materia opinable; pero mi cambio de trinchera no me ha proporcionado más que destierros, quebrantos económicos, privaciones de libertad y, como escritor, la más rigurosa condena al silencio. (Carta del 14 de Mayo de 1963; no publicada).

La trayectoria de Dionisio Ridruejo estaba a años luz del Régimen cuando el huracán Fraga se hizo fuerte al frente del Ministerio de Información y Turismo, en el año 1962.

La capacidad de permanencia en el poder no es para gente piadosa: Manuel Fraga Iribarne no lo fue.

Ridruejo versus Fraga.

El 24 de abril de 1963, a los cuatro días del fusilamiento de Julián Grimau:

La indignación se ha mezclado, en casi todos los casos, con un sentimiento de estupefacción. El fusilamiento de Grimau, condenado en juicio sumarísimo por un tribunal militar, es un acto de guerra. La calificación que ha servido para condenarlo no es imaginable –aplicada a un hombre civil– más que en un estado de guerra. Los hechos en que se funda esta calificación son de épocas diversas; los primeros se refieren a una guerra efectiva, concluida de hecho hace veinticinco años; los otros son recientes. La relación de "delito continuado" que se establece entre los unos y los otros sería absurda si no aceptásemos que para el Régimen español la guerra sigue abierta. Este estado de guerra continuada es la primera explicación que cabe dar al hecho, y que define, en primera instancia, la naturaleza del régimen español.

(...)

A mí me ha parecido escandaloso que se mate a un hombre por actos que remontan a una situación en que la violencia era la Ley de todos los españoles militantes.

Y que con ello se haya puesto proa al pasado cuando lo que importa es el porvenir.

Estas últimas palabras las escribió Ridruejo hace 49 años. Ustedes juzgarán si le han hecho caso.

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