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WILHELM WASSMUSS

El Lawrence alemán

Uno de los episodios menos conocidos de la Primera Guerra Mundial es el de la campaña alemana en Oriente Medio. Berlín quería apoderarse de buena parte de los territorios en poder de los imperios otomano y británico en Asia y convertirse así en una potencia colonial de primer orden.

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Para conseguir sus objetivos, los alemanes no vacilarían en emplear todos los recursos a su alcance; incluso apoyarían a los musulmanes que se enzarzaran en una guerra santa contra sus rivales europeos.

Ya desde la segunda mitad del siglo XIX la decadencia del Imperio Otomano había hecho concebir ambiciosos planes de colonización a los prusianos. La unificación alemana no hizo sino acelerar su puesta en práctica: para Berlín se volvía cada vez necesaria, por motivos demográficos, comerciales y políticos, la creación de un imperio colonial. Sin embargo, los primeros intentos de construirlo (con las colonias africanas de Camerún, África Suroccidental y Togo y las aún más remotas de Samoa y Nueva Guinea, en el Pacífico) fueron un verdadero fracaso: la lejanía, las malas condiciones de vida y los escasos atractivos que para los alemanes ofrecían esas tierras hicieron que el número de colonos nunca fuera superior a veinte mil.

Las ricas y prósperas tierras de Mesopotamia resultaban mucho más atractivas, y apoderarse de ellas pronto se convirtió en una prioridad para las autoridades alemanas. Contaban con el inminente colapso del Imperio Otomano, del cual formaba parte la codiciada región, pero se les presentaba un importante obstáculo: también otros actores ambicionaban esas mismas tierras. Rusos, franceses e ingleses eran adversarios temibles, no sólo por su poderío militar, también porque disponían de dominios en las inmediaciones. Alemania llevaba, sin duda, las de perder, y habría de conformarse con los despojos. Sólo le quedaba una alternativa: adelantarse a todos ellos y no esperar al derrumbe turco para establecerse en la zona.

Para ello, empleó una táctica de lo más eficaz: ganarse la amistad de los turcos. Envió asesores militares, científicos, diplomáticos, comerciantes... a Estambul con el doble propósito de estrechar lazos con la Sublime Puerta y hacer las veces de avanzadilla para la colonización de Mesopotamia. No se escatimaron medios ni entusiasmo. Incluso se emprendió la construcción de una línea férrea que uniría Berlín y Bagdad. Los turcos apoyaron la construcción del ferrocarril, pues atravesaría su territorio y les serviría para transportar armas y suministros a las partes más remotas de su imperio. No parecían caer en la cuenta de que a los alemanes no les guiaba el desinterés: su plan era llegar hasta Bagdad, sí, pero la línea no acabaría allí, sino que llegaría hasta el Golfo Pérsico, incluso más lejos.

Lo que se proponían los alemanes no era sólo hacerse con Mesopotamia y rivalizar con Gran Bretaña como potencia colonial en la zona, sino expulsar por completo a los británicos de Asia. A tal fin, necesitaban hacerse con la joya más valiosa de la Corona enemiga: la India. Pronto contaron con el apoyo de gran parte de los dirigentes turcos (en el gobierno del dictador Enver Pachá había un destacado sector progermano), seducidos por la posibilidad de ganar nuevos territorios y librarse de uno de sus más encarnizados rivales en la zona, sin reparar en que, para los alemanes, no eran más que un aliado a corto plazo. Los alemanes, además, les ayudarían contra su más directa amenaza, el Imperio Ruso.

Para hacerse con la India, el plan que proponían los analistas alemanes consistía, por un lado, en ganarse a persas y afganos para que les ayudaran con armas y hombres, o, al menos, para que permitieran a los alemanes y sus aliados turcos el paso por sus territorios. Para convencer a Persia y Afganistán se emplearían los medios habituales (promesas de armas, dinero, territorios, reconocimiento de su soberanía, etc.), y uno nada habitual: llamar a los musulmanes de esos territorios a la guerra santa.

El más decidido apoyo para este plan venía del mismo emperador. Guillermo II ansiaba un imperio colonial que colocara Alemania al mismo nivel que las demás potencias europeas, o incluso por encima de éstas. Deseaba especialmente superar a los británicos: sentía a la vez admiración y desprecio por éstos y quería demostrar a sus detestados parientes ingleses (Eduardo VII era tío suyo) que no era un monarca ridículo y de opereta. Si para ello tenía que unirse a los musulmanes, lo haría. No tuvo reparos en manifestar su admiración por caudillos como Saladino, erigirse en defensor del islam o hacer declaraciones tan chocantes como que, de no haber nacido en un país cristiano (circunstancia que parecía lamentar), estaría encantado de ser musulmán.

El siguiente paso era llamar a los musulmanes a la guerra santa contra los europeos (excepto los alemanes y sus aliados, claro está); pero no se trataba de algo inminente: antes había que preparar a Alemania para la lucha y era fundamental tener lista la flota con la que Guillermo esperaba superar a los británicos en el dominio de los mares. Sin embargo, los acontecimientos en Europa, como es sabido, se precipitaron, y en el verano de 1914 estalló la guerra. El Káiser no esperaba que Gran Bretaña se sumara a la contienda tan pronto, y se vio obligado a acelerar sus planes.

Con cierto esfuerzo, se convenció a Turquía de que se uniera a los alemanes en el conflicto. Ahora sí, había que declarar la yihad, y para ello no bastaba con que lo hiciera el emperador alemán: el único con autoridad –teóricamente, al menos– para llamar a los musulmanes a la lucha contra el infiel era el Sultán, en su calidad de Califa. Se esperaba que este llamamiento fuera escuchado no sólo por los súbditos del Sultán, sino por todos los musulmanes: en lugares como Egipto, Persia, Afganistán y, especialmente, la India habría millones de hombres que se levantarían contra los Aliados.

Una de las ventajas que ofrecía la Guerra Santa para los alemanes es que les resultaría extremadamente barata en dinero y hombres: los musulmanes lucharían contra sus enemigos por voluntad propia, dado que era un deber religioso. Así, los alemanes podrían dedicar recursos al frente europeo, que les daba más problemas de lo esperado. Sin embargo, quedaba el problema de cómo hacer llegar el llamamiento de la guerra santa más allá de los confines del Imperio Otomano. Lo más eficaz, a juicio de los alemanes, sería enviar pequeños grupos de hombres que difundieran el mensaje y negociaran con las autoridades locales tratados que garantizaran su apoyo a la causa de los Imperios Centrales.

Uno de estos grupos, quizá el más importante, sería el que se dirigiría a Persia y Afganistán. Al frente del mismo estaría un hombre extraordinario: Wilhelm Wasmuss.

Wassmuss era un diplomático alemán, nacido en 1880. Había estado destacado en Madagascar al inicio de su carrera y de allí pasó a Persia. Hablaba con fluidez el árabe y el persa, y conocía bien a las tribus del sur del país, entre las que tenía numerosos amigos, sobre todo en la tribu tangistaní. Al comienzo de la guerra se trasladó a Constantinopla para ponerse a disposición de sus superiores, que decidieron que era el hombre adecuado para dirigir la misión a Afganistán. Para ganar a persas y afganos, la misión llevaría cartas personales del Káiser y el Sultán para el Sha de Persia y el Emir de Afganistán, oro, regalos y gran cantidad de propaganda llamando a la guerra santa en diferentes dialectos: dicha propaganda debería distribuirse por territorio persa, afgano y, de alguna forma, introducirse en la India para soliviantar a los musulmanes locales.

Sin embargo, Wassmuss vio desde el principio que la misión no estaba bien planeada: no había establecida una cadena de mando clara, los detalles no estaban definidos, se dependía en exceso de la colaboración de los turcos y no se había contado con la previsible reacción de rusos e ingleses, que pondrían todos los obstáculos posibles para impedir que los alemanes llegaran a Afganistán y mucho menos a la India. Así, Wassmuss, que, además, se impacientaba ante el retraso que acumulaba la llegada de material y fondos para la misión, decidió desvincularse y partir en solitario hacia Persia. Estuvo acertado, pues, tras mil peripecias y penalidades, el contingente alemán llegó, en efecto, a Afganistán, pero no logró sus objetivos y hubo de regresar a Europa diezmado y derrotado en 1916.

En cuanto a Wassmuss, grandes aventuras le aguardaban. Su misión, como la de otros agentes alemanes en Persia, era la de sembrar la violencia y el desorden, extender la guerra santa y promover los levantamientos contra rusos y británicos en la zona. Wassmuss los superó a todos. Gracias a su conocimiento de la lengua y las costumbres persas se ganaba la confianza y el respeto de los nativos. Además, Wassmuss poseía recursos e imaginación y sabía qué hacer para convencerles de que se unieran a su causa. No vacilaba en mentir: se hizo pasar por converso al islam, y afirmó que el mismo Káiser era también un converso que, incluso, había cumplido con el deber de peregrinar a La Meca. Guillermo II habría ordenado a todos sus súbditos que se convirtieran al islam y, por tanto, ahora alemanes y persas eran hermanos en la fe.

Para ganar importancia ante las tribus del sur de Persia, Wassmuss les hacía creer que estaba en contacto directo con el Káiser y el Sultán, con los que hablaba a menudo por radio; naturalmente, no era así, pero el alemán organizaba unos vistosos espectáculos con una radio de pega, antenas aparatosas y electroimanes que soltaban unos chispazos de lo más espectacular. El alemán fingía hablar con sus imperiales amigos y los persas, admirados, no dudaban de que todo aquello era cierto y que su deber era ayudar a los alemanes.

Pero los británicos estaban ya alerta y trataban de apresar a nuestro hombre (incluso por un procedimiento tan poco británico como ofrecer una recompensa por su captura). La codicia de los locales se impuso a su sagrado deber de luchar contra el infiel en más de una ocasión, como en marzo de 1915. Wassmuss se dirigía a Shiraz, al suroeste del país, para ocupar allí el puesto de cónsul. Se detuvo en Shushtar, donde ya esperaban su llegada...para entregarlo a los británicos. Sin embargo, el alemán logró escapar. Las circunstancias exactas de su fuga no están claras: al parecer fingió gran inquietud por su caballo hasta que sus captores persas accedieron a que lo visitara. Las visitas se sucedían cada hora, hasta que los guardianes, cansados y aburridos, relajaron la vigilancia y el astuto espía aprovechó para huir. Según otra versión, simplemente se deslizó por debajo de la tienda de campaña donde lo tenían retenido. En cualquier caso, el hecho es que escapó, pero se vio obligado a abandonar sus pertenencias. En su equipaje no sólo se hallaba gran cantidad de propaganda bélica, sino, más importante aún, el libro que contenía la clave diplomática alemana. Ésta cayó en manos de la inteligencia británica, lo que permitió, entre otras cosas, descifrar el famoso telegrama Zimmermann.

Aunque lograra escapar, la pérdida de sus pertenencias supuso un gran revés para nuestro protagonista, y el hecho de que los británicos le hubieran cogido desprevenido fue un duro golpe a su ego. Pese a que organizaba con gran éxito escaramuzas, saqueos y sabotajes contra los ingleses, no dejaba de buscar una ocasión que le permitiera vengarse adecuadamente. Con la ayuda de los tangistaníes y de la corrupta gendarmería persa desvalijó bancos, arrasó propiedades británicas y asaltó varias veces el importante puerto de Bushehr. Pronto se hizo inmensamente popular, incluso entre los británicos, que le apodaron "el Lawrence alemán". Sin embargo, a diferencia de T. E. Lawrence, Wassmuss fracasó en su intento de unir a las tribus locales contra el enemigo: sólo los tangistaníes les fueron leales casi hasta el final.

La gran ocasión de Wassmuss para vengarse de los ingleses le llegó en noviembre de 1915, con la captura del cónsul y demás británicos residentes en Shiraz. Con la ayuda de los tangistaníes y la gendarmería, no tuvo dificultad en obligarles a rendirse. Así, con 11 rehenes (incluyendo cuatro mujeres, que fueron devueltas a los británicos) partió hacia la población de Ahram, no muy distante de Bushehr. Allí, los rehenes fueron recluidos en la fortaleza tangistaní mientras duraran las negociaciones para su liberación. Habrían de estar allí casi nueve meses. Wassmuss se proponía intercambiarlos por agentes alemanes capturados por los británicos, pero las negociaciones no avanzaban. Entre tanto, el cónsul preso, O'Connor, antiguo oficial de la inteligencia militar, se las arregló para hacer llegar mensajes a los ingleses en Bushehr mediante tinta invisible. Con los planos y mensajes que éstos le fueron suministrando, organizó un plan de fuga. Sin embargo, no fue necesario ponerlo en práctica. La posición alemana en Persia cada vez era más difícil; el contingente oficial se había visto obligado a abandonar el país ante la presión de rusos y británicos, el oro con el que sobornaban a los locales se agotaba y la paciencia de las tribus también. Sólo Wassmuss y unos pocos agentes como él resistían, sembrando el caos entre los británicos a pequeña escala. Y Wassmuss perdería pronto su mayor baza: a sus espaldas, los tangistaníes acordaron la liberación de los rehenes británicos a cambio de la de varios de sus hombres. Fue el golpe final.

Sin aliados ni fondos, el agente alemán resistió, sin embargo, hasta el final de la guerra. Los persas lo apresaron y lo entregaron a los británicos en Teherán. Cómo no, escapó, pero volvieron a capturarlo. En Inglaterra numerosas voces exigían que fuera juzgado por crímenes de guerra, pero, finalmente, fue liberado en 1920 y se le permitió regresar a Alemania.

Sin embargo, allí no podía ser feliz. Alemania era un país extraño para él. En realidad, añoraba Persia, y tenía remordimientos por haber engañado a los tangistaníes con sus promesas de oro y conquistas. Regresó al sur de Persia, donde adquirió una granja y trató de saldar su deuda moral enseñando modernas técnicas agropecuarias a los persas. El experimento fue un fracaso, la granja quebró y Wassmuss, arruinado, sin amigos y moralmente hundido, regresó a Alemania, donde murió en noviembre de 1931.

Lawrence de Arabia pasó a la historia. Admirado, mitificado y recordado por todos, se le han dedicado innumerables libros e incluso una gran película. En cambio, pocos recuerdan al hombre al que llegaron a comparar con él. Un hombre que también amaba el desierto y a sus gentes y dedicó su vida a servir a su país. Sólo una calle y una pequeña placa en su localidad natal, Ohlendorf, honran hoy su memoria.

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