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FIGURAS DE PAPEL

175 años de Julio Verne, el viajero inmóvil

Hace 175 años nació uno de los escritores más imaginativos de la historia de la literatura: Julio Verne. La esponja del tiempo, que tanto borra como pule, no ha sido impiadosa con este escritor, con el autor de incontables fantasías, que está unido ciertamente a los momentos inolvidables de todo lector.

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Julio Verne no ha sufrido ni el peso del olvido ni el silencio; por lo demás, periódicamente, da señales de fervor y de arraigo entre los lectores de sucesivas generaciones. Al parecer no puede pronunciarse el nombre de este fabulador impar, sin que uno se sienta removido en el confuso fondo de los recuerdos de la infancia y de la primera juventud, cuando al leer se sueña con los ojos abiertos.

Curiosamente, el señor Julio Verne no fue un aventurero. Fue un viajero inmóvil. Nacido en Nantes, en l828, su sola pasión fue la literatura. Tempranamente escribió su primera obra: una pieza teatral que se estrenó en 1850, apadrinada nada menos que por Alejandro Dumas. Poco tiempo después escribió el relato “Un viaje en globo”, al que, andando el tiempo, regresaría para transformarlo en la exitosa novela conocida como “Cinco semanas en globo”.

A los 29 años se casó con una señora viuda, tres años menor que él y madre de dos niñas. Desde entonces, y gracias a su suegro, trabajó como agente de cambios; este oficio le permitió alcanzar una extraordinaria holgura económica. Y luego, entonces, se dedicó solamente a escribir. Lo hizo como un artesano, dando a conocer un libro tras otro, sin prisa y sin pausas.

Por cierto, no hay motivos para acusar a este escritor de falta de imaginación. Realizó sesenta y cinco viajes imaginarios, plenos de atracciones y aventuras, absolutamente disfrutables. Y transfiguró las emociones de su siglo en invenciones memorables. En consecuencia, de manera directa o indirecta, todos los libros de Julio Verne tienen connotaciones de orden histórico, científico o geográfico. También poseen un estilo tenue y afectuoso, que prevalece por encima del pánico ante lo desconocido; y, sobre todo, frente a una ciencia poblada de cacharros inolvidables. Entre ellos debemos citar al célebre submarino "Nautilus"; el cohete que se elevara rumbo a la luna y el "Albatros", que era una especie de helicóptero. Todos ellos fueron elementos que contribuyeron a destruir supersticiones y a fortalecer la tendencia al examen.

Literariamente hablando, Julio Verne creó una galería de personajes que, al igual que sus máquinas, no ha sido tocada por el tiempo, que mata huyendo, según Quevedo. Y aquí corresponde recordar al Capitán Nemo, a los hijos de Grant, a Miguel Strogoff, el inquieto "correo secreto del zar", a Phileas Fogg y Robur. Ciertamente, ellos están integrados a la vida misma de todo hombre, de todo lector, más allá de su contexto literario. Estos personajes, tan cercanos, conforman esa galería única de momentos que el poeta y Premio Nobel italiano, Eugenio Montale, llamaba "la segunda vida del arte", es decir, seguir viviendo con cada uno de nosotros para siempre, integrados a nuestra propia experiencia personal. Por cierto, máxima aspiración de todo artista. Julio Verne fue, asimismo, un acicate para nuevas aventuras, inspirando otras fantasías igualmente memorables, acaso más importantes, como, en fin, “El hombre invisible” de H.G. Wells y “El mundo perdido” de Conan Doyle.

Un ligero humor y la confianza última en el ser humano, salvaron al escritor de caer en ciertos abismos existenciales. No pudo, como era su mayor deseo, ingresar a la Academia Francesa de Letras. Ingresó, en cambio, a la posteridad el 24 de marzo de 1905, día de su muerte. Lo hizo gracias a las aventuras de su imaginación sin límites, que lo llevaron incluso al centro de la tierra.

Todo lo hizo, el señor Verne, sin dejar de ser un hombre sencillo, retraído, provinciano, escrupuloso, débil, arriesgado, infantil e inmortal.
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