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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

Baltasar Garzón, Santiago Carrillo y Andrés Nin

Hace ya varios años, un amigo me decía: "¡Este loco de Garzón sería capaz de procesar hasta a Bush!". Seguro que no le faltaron ganas, ni a su hija de 8 años, a quien obligó a manifestar contra Bush, pero no se atrevió, es de una audacia muy relativa. No doy el nombre de mi amigo, bastante ilustre, más progre moderado que neocon, porque temo que Garzón, para vengarse de no haberse atrevido a nada contra Bush, le persiga y le castigue.

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Yo, en cambio, le voy a dar un consejo al juez Garzón; en vez de intentar llevar ante el Tribunal Internacional de La Haya (ese aquelarre), el Tribunal de Núremberg, o el de las Batuecas, a 35 muertos, el primero siendo Franco, ¿por qué no imputa, como criminal de guerra, y responsable de crímenes contra la Humanidad, a un vivo, y además por poco tiempo? Me refiero a Santiago Carrillo, porque éste reúne todas las características del asesino político. No me refiero sólo a la masacre de Paracuellos, cuando era el jovencísimo responsable de la Seguridad de la Junta de Defensa de Madrid, sino a todos los paseos, de los que se habla menos, y de los ajusticiamientos de comunistas inconformes, después de la II Guerra Mundial, el caso Bullejos, el caso Comorera, muchos otros, como las ejecuciones de los jefes guerrilleros comunistas, que se negaban a abandonar las armas, pese a las órdenes de Stalin. Durante años fue el especialista del crimen político en el marco de la Internacional comunista, en su sección española, y jamás estuvo en el frente, siempre en las grises oficinas del terror comunista. Otros, como Lister, o el Campesino, fusilaron mucho, demasiado, durante nuestra Guerra Civil, pero estuvieron en el frente, Carrillo jamás. Como nunca estuvo clandestinamente en España, como otros dirigentes comunistas, hasta después de la muerte de Franco, con ese paripé de la peluca, espectáculo circense tan bien montado por Adolfo Suárez. Pero, claro, el juez Garzón no va por la onda de la verdad y de la Justicia, no quiere saber nada de los crímenes de los antifranquistas, lo que pretende es montar una gigantesca estafa histórica, para convertirse él en personaje histórico, ya que ni siquiera ha logrado ser ministro. Esta gigantesca operación que pretende demostrar que el franquismo organizó un genocidio, y puso en marcha un plan de exterminio total de los rojos, es un tal aquelarre, que es probable que no pueda llevarlo totalmente a cabo, pero eso le importa un comino, porque, como dicen sus hinchas, "puede que jurídicamente fracase, pero simbólicamente es un éxito". Pues meteos esos símbolos en el culo, y hablemos de cosas serias.
 
Yo no niego que el franquismo cometió multitud de crímenes, pero personalmente me repugna esa siniestra contabilidad, para saber quién mató más. Todos mataron demasiado. Pero en términos históricos y con un mínimo de serenidad, resulta evidente que en el campo republicano, o rojo, o soviético, como quieran ustedes calificarlo, la guerra civil, dentro de la guerra civil, cobró en dicho campo un aspecto peculiar (que no existió en el campo nacional o franquista). Estoy hablando del terror y la represión que ejercieron los comunistas contra otros antifranquistas. Y es por eso que he puesto el nombre de Andrés Nin en el título. No es que yo tenga una admiración particular por el político Nin, pero confieso que por el hombre sí. Cuando tantos, Bujarin, Zinoviev, Radek, London, etc, confesaron bajo la tortura, Nin no. Y nada tuvo que ver la suya con las torturas de la Puerta del Sol: ¡fue despellejado vivo! Y no confesó ser un "hitlero-trotskista", ni un agente de Franco. Pero ese horror-terror comunista, el señorito Garzón no quiere verlo; no le es rentable, prefiere condenar globalmente una dictadura y un dictador muertos, eso si que es rentable, según él, y según el franquista de Miguel Ángel Aguilar.
 
Santiago Carrillo.En un libro-entrevista, que creó que se llamaba Demain l’Espagne, Santiago Carrillo, entrevistado por los memos Max Gallo y Regis Debray, reconoció que Andrés Nin había sido asesinado bajo la tortura, pero añadía: "Teniendo en cuenta las circunstancias políticas de la época, ese crimen fue necesario". Y Gallo, Debray y Garzón se dan por satisfechos: cuando un crimen es necesario políticamente, pues adelante, a matar.
 
Evidentemente, esta gigantesca estafa histórica tiene un objetivo político, además del fenomenal autobombo del juez Garzón, que puede definirse como chantaje: los que se oponen a su proyecto lo hacen porque son franquistas, o lo fueron, o son sus herederos, o "sociológicamente" son franquistas, o sea que no tienen derecho a hablar, y aún menos a existir políticamente. La venganza de don Mendo progre. Las escopetas, claro, apuntan al PP, pero en un momento en el que el zapaterismo necesita y pide su ayuda, para sus Presupuestos, sus Estatutos y sus hostias, es probable que Garzón fracase, o fracase a medias.
 
Yo, desde luego, he sido y soy mucho más antifranquista que Garzón, pero menos estafador, porque sé que, me guste o no, la transición democrática ha sido, en buena medida, obra de franquistas: el Rey, designado a dedo por Franco, Adolfo Suárez, que no era precisamente el secretario general del POUM, Fraga Iribarne, muchos más. Cebrián, menos.
 
Los restos de Federico García Lorca yo ya los tengo, son sus Obras Completas, y si su familia quiere, o no, abrir la fosa es cosa suya, como en los demás casos, que deberían negociarse entre familias y alcaldes, o autoridades regionales, sin todo este batiburrillo mediático y propagandístico, porque los "desaparecidos", repito, no son sólo "víctimas del franquismo". ¿Dónde están los restos de Andrés Nin, por ejemplo? ¿En Burgos o en Berlín, como decían el NKVD y Santiago Carrillo?
 
Estos días, precisamente, Ciudadela publica un libro de testimonios: Por qué dejé de ser de izquierdas (*), en el que varios de nosotros, de Federico Jiménez Losantos a César Vidal, de José Maria Marco a Javier Rubio, pasando por la fantástica Cristina Losada (y no les cito a todos), explican por qué fueron antifranquistas, todos. Pienso que el antifranquismo desempeñó un papel importante, junto a la afición juvenil por la rebeldía y los extremismos, en su adhesión a la izquierda en tiempos de la dictadura. Pero fuimos antifranquistas cuando había que serlo, cuando existían la dictadura y el dictador, pero que estos que estuvieron chupando del bote finjan serlo ahora, tantos años después, se inventen una leyenda y roben una experiencia, es de bellacos. Al primero que ese juez debería juzgar es a un tal Garzón, juez. Pero ni a eso se atreverá. Prefiere ocuparse de los símbolos y los muertos. O sea de su carrera.
 
 
(*) En la página 111 de dicho libro, y tratándose de mi texto, se lee: "Pese a todo, lo esencial es que los comunistas y nosotros estamos detrás de la misma barricada de enfrente". Se trata de una errata, y la frase no tiene el menor sentido. Lo que yo había escrito, es: "Tratándose de una discusión con Ernest Mandel, un líder trotskista, quien me dijo: 'Pese a todo lo esencial, es que los comunistas y nosotros, estamos detrás de la misma barricada anticapitalista'. Y yo dije: 'Pues estoy en la barricada de enfrente'". Todo el mundo entiende, así lo espero, al menos, que se trata de un error grave, que anula el sentido de mi declaración y hasta de mi título, que es precisamente "La barricada de enfrente". Para mí es importante que yo, ya entonces (1966-67), me situara, detrás de la barricada del capitalismo democrático, contra el totalitarismo comunista.
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