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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Cartas de lectores

He acumulado algo más de mil cartas de lectores realmente interesantes. La gente quiere participar en el debate de ideas y lo hace. Generalmente respondo a cada uno, y de ahí han surgido intercambios epistolares y, en algunos casos, es verdad que contados, encuentros personales y amistades. Pero hay temas que, al parecer, sacan a la luz lo peor de cada uno. Es lo que ha venido sucediendo con las cuestiones del aborto y la eutanasia.

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Por un lado me escriben los que parten de convicciones religiosas exigiéndome lo que yo no estoy en condiciones de dar: una fe de la que carezco y, en consecuencia, unos principios que acepto en términos culturales pero que no llego a compartir. Y es verdad que jamás expongo una idea sin explicar desde dónde lo hago. Pero, al parecer, se trata de lectores que no leen. En relación con el aborto y, en un sentido más amplio y menos cuestionable por ser estrictamente político, el control de la natalidad, el uso del preservativo y el apoyo gubernamental a la familia, así como he recibido mensajes de apoyo, me he encontrado con una mayoría de inflexibles que estiman que mis posiciones al respecto son excesivamente laxas. Evidentemente, sin hacerse cargo de lo escrito, disparando únicamente en la dirección que ellos consideran correcta.
 
Pero la cuestión de la eutanasia ha dado lugar a expresiones verdaderamente bárbaras. Tanto que, en vez de contestar a las personas que me han interpelado de forma individual, he decidido reproducir íntegra aquí una de esas cartas. Ahí va, sin retoques, ni siquiera ortográficos:
Estimado sr.
 
He leido su articulo en Libertad Digital sobre la eutanasia y desde aqui le deseo que usted padezca una enfermedad terminal como la que sufrio mi padre, cancer de pulmon con metastasis en los huesos. Que pierda usted su dignidad viendo como le tienen que lavar, alimentar, cambiar porque se ha echo sus necesidades encima, que ya no puede ni hablar y el dolor sea insoportable. Que respirar sea un sufrimiento indecible y no se pueda mover ya que cualquier movimiento es insoportable. Que su familia lo vea degradarse como ser humano, sin posibilidad alguna de que se vaya a recuperar, solo esperando el momento en que llegue la piadosa muerte y le devuelva la dignidad. Espero que la vida sea justa con usted y le de la muerte que pide para los que sufren. Usted no tiene alma, el sufrimiento le es ajeno. Espero que cuando usted este asi, nadie le de morfina, que sigan prolongando esa agonia que no conduce a nada y que tanto sufrimiento proporciona a los que le rodean.
 
Espero con todo mi corazon que esto ocurra y entonces, acuerdese de sus palabras y de sus inhumanos articulos.
 
Le deseo la peor de las muertes.
 
Aurora.
Y eso que yo había escrito con la mayor claridad que había diferencias esenciales entre el suicidio asistido, la decisión personal del paciente de poner fin a su sufrimiento y a su vida con la colaboración necesaria de otros, y la eutanasia activa, un eufemismo empleado para dejar en manos del Estado y de sus representantes clínicos, los médicos que puedan intervenir en cada caso, la decisión de ejecutarlo. Doña Aurora, afectada por su historia personal, que nada tiene de única (¿deberé explicarle que yo también tengo familia?), me reclama lo imposible: que me entregue a la sedación terminal indicada por un tipo que tiene como único argumento una licenciatura en medicina, que en principio sólo es un reconocimiento de que posee unos determinados conocimientos especializados sobre el funcionamiento del cuerpo humano: las facultades instruyen, no educan, y los exámenes se aprueban demostrando saber, no moral, ni siquiera inteligencia.
 
No, señora, la muerte es horrible en todos los casos, pero el remedio a ese horror no puede consistir en adelantarlo. Mi médico me dice: "Puedo hacerte vivir hasta los noventa, pero no puedo garantizarte en qué condiciones". Si esas condiciones no me parecen satisfactorias, soy libre de fijar para mi óbito una fecha anterior a la prevista por la naturaleza, por mi alimentación, por mi estilo de vida, por mis genes y por el saber acumulado de la humanidad y las empresas farmacéuticas. Y también soy libre de aguantar hasta que me llegue la peor de las muertes: la mía. En eso, puede mi lectora quedarse tranquila, su deseo se cumplirá, y no porque yo sea un caballero, sino porque es inevitable.
 
La razón por la que estoy escribiendo todo esto, sin embargo, no es la necesidad de discutir con esa señora tan interesada en mi destino, sino formular la pregunta que me parece esencial: ¿no podemos hablar de estas cosas sin maldecirnos? ¿O es que no podemos los españoles? Porque si no podemos con este asunto, tampoco podremos con otros y nos pasaremos los siglos empeñados en una interminable guerra civil. No logro evitar pensar (y me gustaría no pensarlo) que, si uno es prisionero de pasiones tan intensas respecto de alguien a quien ni siquiera le ha visto la cara, es que está dispuesto a pasar a mayores en cualquier momento por un quítame allá esas pajas, sea esta fruslería el derecho a matarme en el hospital sin mi autorización o la independencia del País Vasco. Nada de eso tiene que ver con la democracia liberal a la que uno aspira y que, en pequeñas dosis, ha venido consiguiendo desde 1978, sin seguridades para el futuro porque debajo de la Constitución yacen enterrados unos cuantos resentimientos, que surgen en cuanto encuentran la menor rendija, ya se trate de la ley de eutanasia, ya se trate del cadáver de Lorca, buen ejemplo de acción unilateral del Estado contra la voluntad de los deudos del poeta. Uno se imagina que, con ese criterio, tampoco hubiese valido la voluntad del finado, demasiado valioso para la maquinaria del agit-prop como para dejarlo descansar en paz, con piedad y con perdón.
 
Da miedo.
 
 
vazquezrial@gmail.com
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