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LAS RESERVAS COMO GUETOS

Dejen de hacer el indio con los navajos

Entre las varias personas interesantes con que dimos mi mujer y yo durante unas vacaciones recientes había unos muchachos que vivían en una reserva navaja. Estaban haciendo una excursión, y los guiaba una pareja de hombres blancos. Aparentemente, uno de éstos era profesor de los muchachos en la reserva.

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Los navajos eran unos chavales inteligentes y alegres; por eso me chocó que, cuando alguien les preguntó en qué estado de la Unión se encontraba Pittsburgh, ninguno supiera responder. Entonces se les dio una pista: estaba en el mismo estado que Filadelfia; pero tampoco sabían situar Filadelfia en el mapa.
 
Los chicos parecían demasiado brillantes como para haber olvidado algo así, y demasiado receptivos como para ser de los que pasan de estudiar. Lo más probable es que les estuvieran enseñando otras cosas, cosas consideradas "relevantes" para la vida que llevaban en la reserva y la cultura en que se desenvolvían.
 
Estos muchachos de que hablo no son sólo miembros de una tribu que reside en una reserva, también son ciudadanos de los Estados Unidos de América, y tienen derecho a estar en cualquier parte del país, en Florida como Alaska. Deberían ser ellos mismos quienes decidieran, al alcanzar la mayoría de edad, si se quedan en la reserva o si, por el contrario, prefieren sacar provecho de las muchas oportunidades que ofrece el mundo exterior. Sin embargo, esas oportunidades no serán más que humo si la educación que se les brinda no está en consonancia con los conocimientos que necesitan poseer para desarrollar sus habilidades, capacidades y posibilidades.
 
Uno de los hombres que estaba con los muchachos manifestó un profundo respeto por la cultura navaja. No hay por qué dudar de que tuviera buenas razones para ello, pero ha de tenerse en cuenta que toda cultura –sea o no mayoritaria– no es sólo un símbolo de identidad, o una pieza de museo destinada a la contemplación admirada de los forasteros; también es una herramienta con la que alcanzar objetivos vitales, ganarse el pan, superar enfermedades. Y, como tal herramienta, ha de transformarse en la medida en que cambian las tareas que han de acometerse.
 
El anglohablante de hoy que pretenda leer textos en el inglés que se empleaba hace siglos lo pasará bastante mal. Y es que los idiomas, como cualquier otro componente de la cultura, varían con el paso del tiempo. Pongamos otro ejemplo: los veleros representaron un enorme avance con respecto a los barcos de remos, pero a su vez aquéllos se vieron superados por los barcos de vapor, y éstos por los que funcionaban con diésel.
 
Las culturas no son ni pueden ser inmutables.
 
En la II Guerra Mundial, en el Frente del Pacífico, hubo héroes navajos que se valieron de la lengua de su tribu para transmitir mensajes militares secretos que no pudieran descrifrar los japoneses. Ahora bien, hubieron de inventar palabras nuevas para designar objetos, como los aviones de guerra o los navíos, que no formaban parte de la cultura tradicional navaja.
 
Algunos de esos héroes navajos eran demasiado jóvenes o demasiado viejos como para combatir, pero aun así se presentaron voluntarios. Y es que en aquellos tiempos la gente, con independencia de su ascendencia o procedencia, se consideraba norteamericana y deseaba contribuir a la defensa nacional. Ojalá que hoy haya muchos individuos de ese tipo, personas dispuestas a servir a su país y a sus compatriotas que se encarguen de que aquellos prometedores navajos que me encontré acaben sabiendo todo lo que necesitan saber para que puedan ser lo que pueden llegar a ser.
 
Pero, por desgracia, en esta era de "multiculturalismo" hay demasiados outsiders que pretenden meter las culturas en el congelador, dejarlas en conserva, amojamarlas como si fueran momias de museo. Y, lo que es peor, son legión los que pugnan por que los distintos grupos vivan aferrados a los agravios que han sufrido en algún momento de la historia, o directamente que se definan en función de ellos.
 
Cultivar el resentimiento histórico no suele funcionar como tratamiento para superar la miseria y acceder a la prosperidad, salvo para quienes lo convierten en una manera de ganarse la vida. Y aquellos muchachos que conocimos mi mujer y yo se merecen algo mejor.
 
 
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