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ECONOMÍA

La izquierda le tiene tirria a la libertad

Nada más llegar a la Secretaría General del PSOE, y cuando aún jugaba a convertirse en sucesor de Aznar, Zapatero pronunció una de esas frases que resuenan mucho en los medios pero tienen pocos efectos prácticos: "Bajar impuestos es de izquierdas".

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Hoy, el debate vuelve a emerger, al albur de las reformas fiscales practicadas y prometidas por el PSOE, que, pese a las milongas y campañas propagandísticas, no han detenido el incremento de la presión fiscal y el expolio del ahorro (por no hablar de las subidas de otros impuestos, como los que gravan el alcohol o el tabaco).
 
Izquierda Unida, por ejemplo, medió en el debate sobre el pedigrí izquierdista de las rebajas de impuestos señalando que sólo podían reputarse como tales aquéllas que no beneficiaran a las rentas más altas: "Bajar impuestos a las rentas más altas no es de izquierdas". Así, los comunistas proponían incrementar el número de tramos y tipos del IRPF, así como del Impuesto de Sucesiones y Donaciones, eliminar los incentivos a los planes de pensiones privados, reducir los beneficios fiscales en el Impuesto de Sociedades y crear nuevos tributos "ecológicos".
 
Por supuesto, poco más cabe esperar de un partido cuya base teórica más directa es la nacionalización de toda la economía, esto es, convertir a España en un cortijo al servicio del partido y a los españoles en autómatas esclavizados.
 
Con todo, por muy dementes que parezcan, no conviene olvidar que estos lamentables aspirantes a dictadores son socios del mismo PSOE que promete reducir los impuestos; dicho de otro modo: las propuestas totalitarias de IU entran en las componendas parlamentarias que configuran la legislación actual, por la que todos nos regimos.
 
Ahora bien, la cuestión no es si IU está a favor de la tiranía –que lo está–, sino si el PSOE, con su cara reformista, moderada y moderna, se opone realmente a que el Estado desangre y desvalije a los españoles.
 
Las declaraciones de Zapatero parecían querer indicar esto: si bajar impuestos es de izquierdas, cabía esperar una reducción significativa del tamaño del Estado que permitiera a la sociedad organizarse y gobernarse. Sin embargo, el gasto público durante su etapa de Gobierno no ha dejado de aumentar (en 2005, un 6,2%; en 2006, un 7,6%; en  2007, un 6,4%; en 2008, un 6,7%), lo cual resulta incompatible con el adelgazamiento que debería acompañar a las reducciones de impuestos.
 
Lo cierto es que el proyecto del socialismo es impulsar un crecimiento continuo del Estado que restrinja el ámbito de los mercados y aboque a los ciudadanos a mamar de la ubre pública. Así, mientras chupen de la teta, no podrán utilizar la boca para protestar contra los abusos del Estado y los privilegios de la casta política: ya se sabe que no conviene morder la mano del que te da de comer. La Ley de Dependencia es un ejemplo muy visual de este proyecto a largo plazo: los ciudadanos dependen del Estado, no buscan alternativas en la sociedad civil y en los acuerdos voluntarios con sus semejantes. La sociedad se clienteliza año tras año.
 
La versión extrema de este proyecto estatólatra la tenemos en el comunismo soviético del tipo IU; la blandita y esponjosa, en el Estado del Bienestar socialdemócrata del PSOE, que incluso parece compatible con las reducciones de impuestos.
 
No obstante, recordemos que, como advertía Bastiat, el Estado tiene dos manos: con una quita y con la otra da, y todo lo que da nos lo ha tenido que arrebatar antes. Si el Estado crece, necesariamente habrá de incrementar sus expolios (más gasto deberá ser financiado con más ingresos), aun cuando los tipos fiscales puedan llegar a reducirse (si somos más ricos, se puede recaudar más con un porcentaje menor de impuestos).
 
Por tanto, el crecimiento programático del Estado que propugna el PSOE sólo puede traducirse en un aumento continuado del expolio sobre la riqueza que hemos generado. No es posible cuadrar el círculo de aumentar el gasto del Estado y reducir sus ingresos.
 
Y es que, para la socialdemocracia, las reducciones de impuestos son el residuo sobrante de su plan colectivo, una especie de recompensa asistemática para calmar los ánimos de los explotados. Si, coyunturalmente, su agenda política le permite aplicar unos tipos fiscales más bajos, lo hará como dadivosa subvención universal. Reparte el dinero excedente como si fuera propio, o mejor dicho, como si no fuera de nadie.
 
Las reducciones de impuestos que practica el socialismo son un subproducto de su incapacidad despilfarradora, no un principio de acción política que pretenda reducir la opresión del Estado. Con todo, sí conviene efectuar una advertencia: en tanto la ciudadanía vaya rebelándose contra el desmesurado manejo de las finanzas públicas por parte del Estado, es posible que la izquierda escenifique una nueva mascarada para mantener su dominación política –como ya ocurrió tras la caída del Muro.
 
En buena medida, el socialismo ya se ha dado cuenta de que para controlar a los individuos no es necesario arrebatarles físicamente todos sus recursos; basta con que una sociedad anestesiada le permita multiplicar la legislación. Las regulaciones medioambientales son una clara ilustración de esta tendencia: ya resultan mucho más comunes que las ecotasas. En la práctica, el Gobierno maneja el entorno natural sin necesidad de expropiarlo directamente.
 
La Ley Antitabaco, la Ley de Igualdad o la imposición de contenidos en la educación (mediante asignaturas como Educación para la Ciudadanía) constituyen otros ejemplos de sometimiento de la gente a los dictámenes del Estado. Cada vez va siendo menos necesario elevar el gasto público para limitar las libertades de las personas.
 
En definitiva, la imposición, la coerción y la transferencia del control de los recursos de la sociedad al Estado parasitario continuarán, en cualquier caso, bajo el socialismo, aun cuando, estratégicamente, pudiera haber reducciones tributarias. Disminuir la coacción estatal no es de izquierdas; estrangular nuestra libertad, sí.
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