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LIBERALISMO

Derechos y virtudes

Con razón, los liberales hemos insistido hasta el hartazgo en el respeto a los derechos de todos como una herramienta esencial para el progreso. Ésta es, desde luego, la condición necesaria para que cada uno pueda alcanzar sus propósitos sin interferir en las avenidas que decidan explorar otros. Pero con eso no basta. 

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Es, como decimos, una condición necesaria, pero no suficiente. Para completar el círculo y asegurar la libertad de modo efectivo es imperioso tener una noción clara de la propia dignidad y respetarse a uno mismo. Es indispensable, además de pronunciarse a favor de que a cada uno se le deje seguir su camino, que se entiendan y practiquen cabalmente las antedichas virtudes. Se requiere ese mínimo para evitar que la libertad sucumba. Y es que, si no, se corre el riesgo de caer en el cretinismo moral y en la demanda de un amo.

Para cultivar ese mínimo de virtudes debe haberse estudiado, comprendido y aceptado la trascendencia y las implicaciones de la autonomía individual, y no simplemente declamar a los cuatro vientos que en libertad cada uno puede hacer lo que le plazca. 
 
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– El ser humano no se debe a otros, tiene un valor en sí mismo y, por tanto, no puede ser valuado con criterios utilitarios circunstanciales de ningún tipo.
– El ser humano tiene ciertas propiedades y características innatas.
– El ser humano está dotado de libre albedrío.
– El relativismo epistemológico se contradice a sí mismo.
– Los fundamentalismos religiosos y laicos constituyen una grave amenaza para la paz.
– La defensa propia no justifica la detestable figura de los "daños colaterales".
– En la guerra, la "obediencia debida" no puede amparar actos criminales.
– La virtud de honrar la palabra empeñada es condición fundamental para la convivencia civilizada.
– Es desatinado manifestarse a favor del derecho cuando se aprueba el exterminio de seres humanos inocentes a través de lo que ha dado en llamarse aborto.
Las incomprensiones de estos postulados se traducen en la reiterada sugerencia de políticas que poco a poco van minando los cimientos de la sociedad abierta y prepararan el terreno para el zarpazo final de los liberticidas, ya sea a través de la enseñanza estatal, de la ecología socialista o de una mal entendida solidaridad sufragada con recursos coactivamente detraídos del fruto del trabajo ajeno.

Qué triste sería que la especie humana acabara abrazando el suicidio colectivo. Utilizar la bendición de la libertad para someterse a los dictados del megalómano de turno no puede sino contemplarse con indescriptible amargura. Pero, en todo caso, si ése fuera el caso, querría decir que en las familias, en las escuelas y en las universidades no se cultivaron con suficiente ahínco las virtudes mínimas necesarias para el progreso individual y la convivencia en una sociedad civilizada. 

Hoy se discute acaloradamente si la crisis en que estamos inmersos tendrá forma de V, de U o de L; es decir, si la recuperación será rápida, si se mantendrá en el piso por poco tiempo o si se arrastrará en el zócalo por un período prolongado. Pero éstas son disquisiciones ex post facto; la clave del asunto está en entender el origen del problema, para no volver a tropezar con él. Y el origen hay que buscarlo en el Leviatán, que con sus tentáculos venenosos alcanzó todos los rincones y vericuetos de la economía. Y lo hizo, precisamente, porque no se le puso freno esgrimiendo el valor sagrado de la libertad y la dignidad del ser humano.


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