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DE UN VIAJE A CUBA

El ave y la serpiente

El que quiera desintoxicarse de la lectura de periódicos, vaya a Cuba, a la Cuba roja, donde no hay más diarios que el Granma y Juventud rebelde que pregonan desganadamente unos vejetes con traza de mendigos.

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A la terraza del Louvre, desde donde los señoritos habaneros arrojaban vasos y ceniceros al paso de las tropas españolas y don Nicolás Estébanez pronunció una encendida arenga en protesta por el fusilamiento de unos estudiantes, se acerca uno de ellos pregonando con boca desdentada y tonillo de guasa: ¡El Granma, el único periódico de América Latina que no dice mentiras! ¡Todo lo que dice el Granma es la pura verdad!
  
Y es que el cubano tiene un finísimo sentido del humor.  Hace años, en la Sevilla de la inmediata trasguerra, oí alguna vez a un vendedor ambulante pregonar los tres periódicos locales, a saber, ABC, El Correo y F. E. (nuevo avatar del antiguo Liberal). Gritaba aquel vendedor sevillano: ¡ABC, El Correo, Falange! Pero como en el habla popular “falange” se hace “falage”, no se sabía muy bien si el humorista involuntario aquel decía “falage” o “malage”.
   
También en las vallas que protegen los andamios de algún edificio en reparación o en alguna tapia de corralón ruinoso o en algún cartel de autopista, se leen medio despintadas por la intemperie algunas consignas oficiales: Un mundo mejor es posible; Son las ideas las que iluminan al mundo; Nadie podrá siquiera mellar nuestro brillante porvenir.  De lo primero no cabe la menor duda, si se piensa en lo que La Habana fue, es y puede volver a ser; de lo segundo se deduce que en La Habana debe de haber pocas ideas, a juzgar por lo oscuras que están sus calles en cuanto anochece; en cuanto a lo tercero baste decir que es una frase de un discurso pronunciado por el Jefe Máximo en una localidad llamada Ciego de Ávila.  Ceguera hay en el orador si emplea el plural mayestático; clarividencia en cambio si se refiere al país cuando él falte. Recuerdo haber leído en Italia antiguas consignas del Ventennio despintadas por la lluvia en los muros de una vieja fábrica, en las tapias de una línea férrea: Le mete saranno raggiunte; Credere, ubbidire e combattere. Extraiga cada cual las conclusiones que quiera. Yo se lo he dicho a todo el que me lo ha preguntado: “Al país le auguro un gran porvenir; al régimen, ninguno.” 
   
Hace ya muchos años que pude observar que las “contradicciones internas” que los marxistas de salón señalaban en el capitalismo, eran una fruslería en comparación con las contradicciones patentes del socialismo. Cuba no es excepción. La instancia suprema aquí no es la Revolución, sino el Almighty dollar, ante el que la propia Revolución no tiene más remedio que humillarse, por pura coherencia materialista. También en Cuba, donde se quiso hacer compatible el marxismo con el surrealismo, la realidad es paradójica. Otra de las grandes paradojas de su absurdo sistema es la excelente calidad de su política educativa.  Puede decirse que la casi totalidad de los cubanos tiene una preparación muy buena, aparte de que en general son ingeniosos, emprendedores y buscavidas. Lo malo es que esa preparación les sirve de muy poco, ya que el mismo sistema que se la proporciona, es incapaz de proporcionarles destinos profesionales adecuados. Médicos, ingenieros, maestros, tienen que buscarse la vida con mil expedientes de fortuna. Repárese en lo que un país mimado por la naturaleza y con ese capital humano acumulado puede dar de sí el día en que se desembarace de su anacrónico sistema.
     
Ese sistema nos sedujo a muchos. Jorge Mañach le escribía en aquellos días de euforia a un amigo español: “La Revolución es un huevo, del que lo mismo puede salir un ave que una serpiente.”  ¿Quién se acuerda en Cuba de Jorge Mañach?   
    
 
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