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LIBERALISMO

El capitalismo, la ética y el FMI

El de la honestidad intelectual es uno de los grandes problemas de la época contemporánea. Ortega expuso que los políticos y los filósofos tienen labores contrapuestas: mientras los primeros intentan "oscurecer" las cosas, los segundos deben hacer como los mineros: sacar a la "superficie" lo que está "enterrado".

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Por su parte, Jean-François Revel advertía: "El vocabulario político adolece hasta tal punto de rigor que hay motivos para preguntarse si el equívoco y la oscuridad no estarán deliberadamente cultivados y mantenidos. A propósito de una materia en la que reina tanta confusión en las cosas, ¡qué pocos esfuerzos se han hecho para introducir por lo menos un poco de claridad en las palabras!".
 
Esto viene a propósito de la palabra "capitalismo". Esa expresión la inventó Carlos Marx para designar al "liberalismo económico". Al hacerlo desvirtuó la esencia de esa doctrina, porque la palabra "capitalismo" induce a pensar que toda acumulación de capital, no importa por cuáles medios se logró, es una misma cosa.
 
Nada más lejos de la verdad. El "liberalismo" es un sistema que abarca una concepción política: la limitación del poder, una idea social: la igualdad ante la ley, y una económica: la no intromisión del Estado. Es una noción "indivisible". No existe tal cosa como pretender ser "liberal" en lo político y renegar del liberalismo económico. Por la sencilla razón de que para el liberalismo clásico la función esencial del Estado es hacer que todos, gobernantes y gobernados por igual, cumplan las mismas reglas de "recta conducta". Y eso excluye toda posibilidad de que las autoridades intervengan en las relaciones sociales o económicas de las personas.
 
Son los "no liberales" quienes hacen tal distinción entre económico y político. ¡Como si eso fuera posible! Por lo menos, no lo es cuando el norte orientador de la tarea gubernamental es la efectiva protección de la libertad individual.
 
El liberalismo surgió para combatir a la injusticia. Es por eso que en lo político atacó al absolutismo de los monarcas, y en lo económico al mercantilismo. Es bien sabido que absolutismo y mercantilismo se refuerzan mutuamente, concentrando el poder en pocas manos. La consecuencia es que la arbitrariedad crece desmesuradamente, con los perjuicios y sufrimientos que eso acarrea al hombre común.
 
Es importante enfatizar que el liberalismo se basa en la "buena fe". O sea, que la moral y la economía deben estar íntimamente ligadas para que el sistema pueda rendir sus frutos.
 
En el discurso político actual, hasta en los países desarrollados, el "capitalismo" vendría a abarcar tanto el liberalismo como el mercantilismo. Asimismo, se considera que el FMI personifica el "capitalismo" por excelencia. ¡No puede haber contradicción más grande!
 
En estos días, ese organismo recibió luz verde para procesar cambios. Uno de los objetivos es aumentar sus poderes de "vigilancia multilateral", con el mandato de monitorear más de cerca las políticas cambiarias nacionales.
 
Entonces surge la inquietud sobre quién custodia a los custodios
 
La pregunta es pertinente. Veamos por qué. El FMI está felicitando al Gobierno uruguayo por los resultados fiscales. Eso significa que, de manera implícita, está recomendando invertir en papeles públicos de este país.
 
Pero se da el caso de que ese organismo es juez y parte, auditor y acreedor. Un acreedor sobreexpuesto con Uruguay, de acuerdo con las normas de la institución. Por consiguiente, es lógico suponer que estará deseando salirse de esa colocación riesgosa. Más aún, en momentos en que está procesando un ajuste importante de su propio presupuesto.
 
Según trascendió, fue el FMI el que presionó para que Uruguay saliera al mercado con una emisión en el exterior. "Coincidentemente", la cancelación de la deuda con el Fondo se incluyó en la carta de intención. En tal caso, ¿conviene aumentar el poder del FMI o sería preferible cerrarlo definitivamente?
 
 
© AIPE
 
Hana Fischer, analista uruguaya.
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