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IZQUIERDA LIBERAL

Boadella torna a la "llibertat d'expressió"

La mayoría de jóvenes nacionalistas que decoran las paredes de la patria catalana con el descalificativo de feixista, compulsivamente dirigido al ciudadano Albert Boadella, seguramente desconocen la obra teatral La Torna, estrenada por Els Joglars en 1977. En pleno forcejeo entre las últimas coces del régimen militar y las fuerzas democráticas, el Bufón ridiculizó en escena la farsa de un juicio militar y una condena a muerte injusta y cruel contra el ciudadano Heinz Chez.

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Detrás de ese juicio sin garantías procesales el régimen trataba de restar notoriedad a la muerte del militante del MIL Puig Antich. Eran tiempos todavía de dominio militar y engañosa libertad en que todo era posible: lo mejor de ésta y lo peor de aquél. En este caso aconteció lo peor. El director de la banda de Els Joglars fue detenido y encarcelado cuando se habían hecho 40 representaciones de la obra. Había arriesgado demasiado, y además lo sabía:
 
"La gente se podía reír frenéticamente de guardias civiles y militares, pero teniendo al mismo tiempo una insuperable sensación de temor ante unos contenidos que hasta entonces sólo habían sido de ámbito estrictamente clandestino".
 
La provocación al régimen franquista sin Franco fue una apuesta por la libertad, aunque demasiado arriesgada. Ya la primera escena era insufrible para los militares; fue, posiblemente, suicida: en el posadero de un gallinero dormían unos guardias civiles, que cacareaban a la señal de un teléfono que les alertaba sobre el asesinato perpetrado por Chez.
 
Pronto se daría cuenta cabal de que la causa de la libertad le había arrebatado su propia libertad, y aunque no tenía madera de héroe, lo sería a su pesar. La boca barrada de una máscara blanca de su repertorio teatral se convertiría muy pronto en un símbolo de la libertad de expresión. El resto forma parte de su leyenda biográfica: logró evadirse de la cárcel mediante uno de sus trucos teatrales, se exilió en París, regresó con el presidente Tarradellas ya en la Generalitat... e ingresaría todavía en la cárcel para purgar nuevamente sus desplantes.
 
Su bufonada y su persona se convertirían en referente de la lucha por la libertad democrática y contra la dictadura franquista. Después vendrían otras obras, todas irreverentes, todas contra los abusos del poder: Operación Ubú, Teledeum, Olympic Man Movement, M7 Castalonia, Bye bye Beethoven, Virtuosos de Fontainbleau, Tengo un tío en América, etc. De todas ellas, Operación Ubú y Ubú President fueron las más irreverentes con el nacionalpujolismo. Acabarían siendo la réplica exacta de sus desplantes contra la dictadura franquista.
 
Boadella, posando ante una pintada en que se le denigra. Imagen tomada de http://criterio.e-dazibao.com.Y aquí viene lo trágico: mientras la ciudadanía arropó con todo tipo de apoyos y luchas su causa contra la dictadura españolista, en 1977, a propósito de la La Torna, esa misma ciudadanía nunca aceptó que hiciera lo propio contra el racismo cultural del nacionalismo catalán. Hasta que, harto de la patología nacionalista, decidió enrolarse en la más peligrosa de las aventuras de su vida: fundar un partido de ciudadanos para devolver a la política catalana la dignidad democrática.
 
Y no lo digo en metáfora: él mismo lo afirmó, el pasado 11 de junio, en la Plaza de la Constitución de Gerona; en un acto a favor de la libertad de expresión, por los boicots y agresiones de que Ciudadanos de Cataluña viene siendo objeto desde que decidió constituirse en partido político:
 
"Tengo más miedo que antes, porque tengo miedo del silencio de la gente".
 
Es imprescindible entenderle. Durante el franquismo y el postfranquismo la disidencia era evaluada por toda la ciudadanía como un acto de heroísmo, y por ello arropada de mil formas, a veces sutiles, siempre generosas; hoy, esa misma gente le llama "fascista" por hacer exactamente lo que hacía entonces: luchar por la libertad de expresión.
 
Y ese es el sentido que él y otros ciudadanos valientes quisieron dar al acto celebrado en la Plaza de la Constitución de Gerona. Lo había provocado la agresión a Arcadi Espada, y a otros ciudadanos, seis días antes, al comienzo de un mitin contra el Estatuto.
 
El acto estaba previsto para las 12 de la mañana. Llegué a las 11. En la autopista de Barcelona a Gerona me encontré con furgones de los Mossos d’Esquadra. Cuando llegué a la Plaza de la Constitución, las callejas que desembocaban en ella estaban tomadas por mossos de uniforme y de paisano. No era difícil distinguirlos: todos eran altos y atléticos, la medida estética de los sueños arios de quienes han diseñado este cuerpo, los nacionalistas.
 
Siete furgones, un microbús, docenas de mossos. Un cambio radical respecto al acto que acabó en agresiones seis días antes. Entonces, ni las amenazas de los nacionalistas ni las llamadas del servicio de orden de Ciudadanos a los mossos para garantizar su seguridad fueron motivo suficiente para que éstos cumplieran con su deber de garantizar la libertad de expresión. Arcadi Espada y varios ciudadanos fueron agredidos.
 
No era la primera vez. Curiosamente, el mismo comisario jefe del operativo que comandaba a los mossos en la Plaza de la Constitución fue el que desalojó a 23 miembros de la Asociación por la Tolerancia del Parlamento de Cataluña el 11 de septiembre de 1995, y quien permitió que alguno de sus subordinados los sacara a rastras y, al menos a uno, a rodillazos. Pedían entonces libertad lingüística. Ese mismo año, otro acto reivindicativo, dentro del Palau de la Música Catalana, con el eslogan: "En Castellano también, por favor", irrumpía con octavillas en medio de la conmemoración de "El Price dels poetes", que conmemoraba los 25 años de la primera reivindicación de la poesía en catalán. Acabó con varias agresiones de los asistentes, la más grave de las cuales fue la rotura de la cara y las gafas del profesor de Historia y miembro de Tolerancia Francisco Bravo, que hubo recibir varios puntos de sutura.
 
De estas agresiones seguramente no tengan ni idea, porque entonces la prensa catalana controlaba todo y la verdad social impedía tomar conciencia de que aquellos disidentes del nacionalismo no eran fachas, sino los primeros ciudadanos que se atrevían a contradecir a la patria. Ahora, 11 años después, las cosas han empeorado, pero el silencio de la prensa se ha roto en parte, de ahí que la ciudadanía empiece a escandalizarse de las formas totalitarias que despliegan en universidades y ateneos, en plazas y conferencias, estos nuevos Guerrilleros de Cristo Rey con barretina.
 
Como pude comprobar el domingo, esa misma información obligó a la Consejera de Interior, Montserrat Tura, a tomar medidas para que Ciudadanos de Cataluña no vuelva a salir en la prensa a causa de la pasividad sospechosa de los Mossos d'Esquadra. Sin suceso no hay noticia, y sin noticia la prensa catalana puede impunemente silenciar la voz de Ciudadanos de Cataluña contra el Estatut. Es la omertá mediática.
 
Les pondré un ejemplo de la colaboración de unos y otros. El 20 de junio de 2005, en la jura de la promoción de mossos celebrada en la escuela de Policía de Mollet del Vallés, el sol caía a plomo sobre la explanada donde las jóvenes promociones permanecían en actitud militar. El calor era tan inaguantable que cada poco caían desmayados numerosos aspirantes. La situación era insostenible, sin embargo la Consejera de Interior se empeñó en soltar un discurso de media hora. Al instante, familiares y amigos la abuchearon, le pidieron a gritos que acabara aquella tortura, pero ella, impasible y a la sombra, siguió con su palabrería. La gente se enfurruñó e impidió con sus gritos que se oyera palabra alguna de su discurso; hasta los propios aspirantes a mossos comenzaron a abuchearla.
 
Lejos de ponerse en el lugar de los chicos y chicas que caían sobre el asfalto, acabó con su discurso. Nadie la había escuchado, pero semanas después, cuando dicha promoción de mossos recibió el CD de la jura, el abucheo había desaparecido y su voz firme y clara se podía escuchar con nitidez. Manipularon la realidad quienes montaron el CD, y nadie en la prensa denunció esta práctica estalinista. ¿Se acuerdan? Me refiero a esa fea costumbre de hacer desaparecer a los enemigos políticos del dictador.
 
Imagen tomada de http://criterio.e-dazibao.com. Al fondo, los maulets, uno de ellos cámara en mano.Volvamos a Gerona. A las 11,45 llegaron por una bocacalle los nacionalistas maulets. Eran 22, aunque Iván Tubau me aseguró que era una banda de treinta; vamos, la banda que ameniza cada acto de Ciudadanos. Venían con estelades (banderas independentistas), la pancarta de rigor y numerosos eslóganes contra Boadella, Arcadi y Ciudadanos. Los mossos se interpusieron y de allí no pasaron... ¡Qué paz! Toda la plaza llena de un sol radiante de mediodía para los de Ciudadanos.
 
Febriles ellos, se afanaban por colocar el fondo del escenario y el sonido. El resto iba llenando la plaza como en un día festivo. Había determinación en sus miradas y mucha confianza en su número. Carteles con el eslogan No callarem!-¡No nos callarán! Pasarían de los 500 (incomprensiblemente, la prensa catalana se ha puesto de acuerdo en hablar de 200) cuando llegaron Boadella, Arcadi, Xavier Pericay, Iván Tubau, Ana Nuño, Carla, María Teresa Jiménez, Víctor Segovia, José Manuel Villegas, Pepe Domingo, Alfonso de Lucas, José Sánchez, Paco Caja, J. C. Torrubia, Albert Roig… Si pudiera pondría a todos, porque todos eran imprescindibles para plantar cara a los incipientes pasos de batasunización de la vida cívica catalana. Los más amenazados habían llegado en vehículos camuflados.
 
12,45. Comienzan los parlamentos. Víctor Segovia presenta y grita: "¡No callarem!". Enseguida José Manuel Villegas: "Esto no es un homenaje a Arcadi, ni a los compañeros de Girona. Esto es un acto plenamente reivindicativo. Con nuestra presencia aquí esta mañana reivindicamos, exigimos algo tan básico como el derecho de los ciudadanos a defender sus ideas sin ser agredidos por ello". Él también había recibido las agresiones del acto de seis días antes, en la misma Gerona:
 
"Aquí, si eres disidente, si no comulgas con sus ideas, te arriesgas a que un grupo de camisas pardas te reviente el acto, te insulte y te agreda físicamente. Aquí sólo eres libre si te doblegas ante el pensamiento único nacionalista".
 
Villegas acabó preguntándose, al recordar las agresiones causantes de esa concentración: "¿Qué les habrán enseñado, qué les habrán dicho sobre mí para que me miren con esas facciones desencajadas por el odio?". Mientras, de fondo, llegaban amortiguados por la distancia y la calleja los insultos de los nacionalistas.
 
Albert Boadella se acercó al micrófono con un puro habano largo y ostentoso: "Sólo me fumo un puro cuando estoy satisfecho, y hoy lo estoy". Imposible cambiarle: allí, con su socarronería y su cohiba, se bendecía por estar asistiendo a la mejor representación jamás ideada de la realidad de Cataluña. Miraba a lo lejos a la banda de los treinta, escuchaba su berrinche; miraba los cientos de carteles blancos de los ciudadanos, la luz de los plataneros, la alegría de la Plaza de la Constitución.
 
"Es curioso, nunca me llegué a imaginar que 30 años después de La Torna habría de volver a reivindicar exactamente lo mismo que entonces. ¡Visca la llibertat d’expressió!".
 
Arcadi Espada atiende a la prensa en la Plaza de la Constitución de Gerona. Imagen tomada de http://criterio.e-dazibao.com.Arcadi Espada llevaba unas gafas de sol. Seguro que aprovecharán algún montaje para convertir esas gafas en el rostro de Pinochet, pero no eran gafas para inspirar terror, ni siquiera para mitigar la luz cegadora del mediodía. Un día antes le habían operado de un ojo, y sin embargo allí estaba, dando la cara, o mejor dicho, dando un ojo de la cara para defender cualquier espacio de Cataluña donde sea amenazada la libertad de expresión.
 
Empezó recordando el frontón de Leiza (Navarra), donde un día 12 personas guardaron un minuto de silencio por el asesinato de un guardia civil. Seis de ellas, especificó, eran guardaespaldas. Para que eso no ocurra jamás en Cataluña era preciso hacer ese acto, cortar de raíz el germen del mal. Ese era el sentido de su presencia allí.
 
Con garra de mitinero, acusó a la prensa catalana de guardar una equidistancia humillante y canalla a propósito del tratamiento dado a las agresiones sufridas seis días antes por Ciudadanos de Cataluña. "Nunca confundiré a la víctima con el verdugo", les acusó, indignado. "¡Nunca seré equidistante! ¡No somos lo mismo!". Sin embargo, señaló que "¡esos!" (se dirigía a los maulets del callejón) y "¡ellos!" (se refería al resto de nacionalistas) "sí tienen algo en común: coinciden en que todos son nacionalistas".
 
Terminó recordando y condenando el boicot a Mariano Rajoy en el mercado Collblanc de Hospitalet (Barcelona), y acusando al consejero Joan Saura por considerarlo legítimo. Un detalle que le honra.
 
Este lunes, un día después, el líder popular ha vuelto a sufrir el acoso de los nacionalistas en el Teatro Auditorio de Granollers. Unos 150 nacionalistas le insultaron y lanzaron huevos y monedas, mientras reventaban el acto a la voz de "fascistas". "Se lo tienen merecido", ha venido a justificar Blanco. El estribillo es tan viejo y conocido que da miedo. La democracia a la catalana consiste en perseguir al rival, en amedrentrar al discrepante y acorralar al oponente. De aquel Tinell, estos lodos. Nada nuevo.
 
Esta película ya la hemos visto en las calles de Berlín y Roma de los años 30, y más recientemente en San Sebastián y Bilbao. Todo el pedigrí democrático de convergentes y socialistas no basta para que condenen y únicamente lo lamentan, como hacía aquella Batasuna culpable y encubridora.
 
¿Habrá que recordar una vez más la frase de Voltaire: "No estoy de acuerdo con su opinión, pero estoy dispuesto a dar mi vida por el derecho que tiene a defenderla?".
 
(P.D. Esta vez, los Mossos d’Esquadra, abundantes y bien dirigidos por el poder político, hicieron posible la paz y el sosiego. ¡Qué sencillas son las cosas si se quieren hacer bien!)
 
 
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