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NEOINQUISIDORES

El mejor y el peor Aznar

Las recientes críticas de Aznar a la ofensiva neoinquisidora que el Estado ha emprendido contra la libertad individual han desatado, como no podía ser de otro modo, la histeria del socialismo nacional. Si al odio que profesa contra el ex presidente le sumamos el aún más intenso que siente contra la libertad, ya nos extrañará menos –si es que nos ha extrañado algo– que la izquierda haya soltado semejantes espumarajos de rabia.

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Con todo, no deja de ser lamentable que unas frases tan poco relevantes, por su sentido común, hayan desatado el escándalo. Si no estuviéramos encarcelados en los habitáculos del pensamientos único intervencionista más asfixiante, si el estatismo militante de izquierdas y derechas no hubiera convertido a los individuos en siervos complacidos, a buen seguro las declaraciones de Aznar no habrían merecido consideración alguna.
 
Entre otras cosas, porque la causa que las motivó –la restricción de la libertad individual por parte del Estado– nunca habría sido tolerada, bajo ningún supuesto. Pero la España de hoy, desarmada material, intelectual y moralmente, ha asumido su papel de infinito tragadero de los desmanes políticos y las ensoñaciones fascistoides.
 
Aznar se limitó a señalar que, mientras no cause daño alguno, nadie debe decirle cuánto vino puede beber o a qué velocidad puede conducir. Que incluso esta obviedad sea motivo de escándalo demuestra el cariz profundamente totalitario y antiliberal del estamento político y de sus mamporreros periodísticos.
 
Según una ingenua literatura filosófica y económica, el Estado nace como monopolio de la violencia para proteger a los individuos de cualquier agresión. Lo que se intenta combatir es el daño sobre las personas y la violación de sus derechos.
 
Albert Jay Nock.En realidad, dado que el Estado ha sido el mayor agresor que haya existido jamás, parece evidente que, con la excusa de proteger a los individuos de la violencia, pretendió institucionalizar ésta en beneficio propio. Lejos de ser el alguacil nocturno, como sabiamente diría el liberal norteamericano Albert Jay Nock, el Estado es el monopolizador del crimen.
 
Sin embargo, los que consciente o inconscientemente defiendan la letanía de que el Estado adquiere su justificación con la defensa de los individuos deberían mostrar un mínimo de pudor. Obviamente, si, como sostenía Aznar, nadie causa daño alguno, el Estado no tiene por qué meter su nariz y su porra en el asunto.
 
Pero, claro, la defensa de los derechos individuales no es suficiente para la izquierda. En realidad, no es que no le sea suficiente; es que aspira a cargárselos, a subordinarlos al bienestar general diseñado por los políticos, esto es, al bienestar general de los familiares y allegados de los políticos. No les importa que esta travesía suponga pisotear, finiquitar y triturar las libertades individuales; de hecho, para tal menester crearon el Estado.
 
Y en ello están: persecución del tabaco, el alcohol y los productos grasos, subordinación de la libertad de expresión a unos tribunales administrativos, obscenas campañas de adoctrinamiento, expropiación masiva de la propiedad privada, imposición de cuotas de producción al estilo franquista o prohibición de los centros privados de almacenamiento de cordones umbilicales.
 
Ahora bien, con ser verdad que las críticas de Aznar a quienes desearían conducir por completo nuestras vidas son del todo certeras, ello no debería hacernos olvidar un detalle bastante importante: Aznar fue presidente del Gobierno, y durante ocho años no tuvo ni la valentía ni la convicción para ejecutar las reformas que hoy defiende.
 
Por ejemplo, si Aznar piensa que nadie debe decirle a qué velocidad conducir, ¿por qué su Gobierno no permitió que las propietarias de las autopistas determinaran la velocidad máxima a la que podía circularse por ellas? Como propietarios privados de la vía, son los únicos legitimados para establecer las condiciones de acceso. ¿Por qué Aznar les siguió privando de esa potestad?
 
La competencia entre las distintas autopistas habría propiciado la segregación de los conductores en función de sus preferencias. Los que prefieren pisar el acelerador se habrían decantado por las autopistas sin límites de velocidad; los que anteponen la seguridad y la tranquilidad habrían optado por las que impusieran ciertas limitaciones. En cambio, Aznar mantuvo una regulación centralizada y uniforme para todos. Si no le gustan que conduzcan en su lugar, ¿por qué no hizo nada al respecto?
 
Algo similar ocurre con el alcohol. Si a Aznar le molesta que le prohíban beber vino, ¿por qué no retiró los impuestos sobre el alcohol? ¿Acaso los incrementos desorbitados de su precio no pretenden convertir su consumo en algo prohibitivo? No sólo eso, ¿por qué no presionó a las comunidades autónomas gobernadas por el PP para que eliminaran la restricción a la venta nocturna de alcohol? Parece que, a ciertas horas, Aznar sí ve bien que se prohíba el consumo de vino.
 
Esta divergencia entre las palabras y los hechos, entre las promesas liberales y la inercia conservadora, entre el discurso claro y la mojigatería centrista, ilustra lo mejor y de lo peor de Aznar. Un discurso que en ocasiones podía ser suscrito por cualquier liberal y una actuación generalmente deficitaria y alejada de los principios que decía defender.
 
Bernard Baruch nos aconsejaba que votáramos por el político que menos nos prometiera, porque sería el que menos nos decepcionaría. Yendo un poco más lejos, si no votamos por ninguno, nadie nos decepcionará. No confíe en los políticos; confíe sólo en usted mismo. Los que quieran arreglarle la vida muy probablemente sólo se la dificultarán, para medrar a su costa. Ellos tienen su propia agenda, y usted sólo figura como fuente de financiación. El resto son sólo estratagemas para someterle y que encima se muestre agradecido.
 
Obras son amores y no buenas razones, reza el refranero español; si bien casi cualquier buena razón es bienvenida frente a las represoras obras del Gobierno actual. Por mí, conduzca y beba cuanto quiera, Sr. Aznar, por mucho que usted no nos concediese esa oportunidad cuando pudo. Qué mal sienta pasar de señor a siervo.
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