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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

El propósito de la historia

Hemos recibido una herencia terrible de las mal digeridas lecturas bíblicas de nuestra juventud o, lo que es peor, de las versiones vulgarizadas de la tradición judeocristiana: la idea de que la historia tiene una finalidad, un propósito, y que se cerrará con la venida del Mesías o del Paracleto. Los musulmanes no están a salvo de ello: esperan al Mahdi

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Lo grave no radica en la esperanza de salvación de la humanidad, tampoco en la esperanza de una justicia final que ponga a todo el mundo en su sitio para toda la eternidad; lo grave radica en que esa esperanza genera ansiedad, y la ansiedad, a su vez, da lugar a la búsqueda de soluciones a corto plazo. Algunos hombres, constituidos en lo que, a partir de Federico Engels, socio de Marx y entusiasta de lo militar, se llama vanguardia, se ocupan, cada grupo a su manera, de intentar acelerar la historia.
 
El razonamiento es así: si para que el Paracleto, el Mesías o el Mahdi advengan es necesario que los hombres se perfeccionen en todos los sentidos, vamos a perfeccionarlos a la fuerza. ¿En qué sentido? En el de alguna utopía, por supuesto: el comunismo, el socialismo, los falansterios son modos de organizar a la humanidad de modo tal que mejore a los ojos de Dios.
 
Después, en una segunda etapa, una vez comprendido por la vanguardia que esa mayoría de zotes que somos casi todos no va a colaborar de buen grado en sus proyectos, sobreviene el fanatismo: Georges Santayana dice que el fanático es aquél que, habiendo perdido de vista los fines, se dedica exclusivamente a los medios. Lo que, para el asunto que nos ocupa, significa que en algún punto se pierde de vista el objetivo de la preparación para la parusía y los interesados persisten en sus intentos de instauración de la utopía. La utopía desplaza a la teleología, pasa a ocupar el sitio del fin último de la historia, el sitio del propósito de la historia. Y hasta se deduce de ello que la historia avanza únicamente por obra del deseo de las vanguardias, únicamente en procura del socialismo, del comunismo o del fascismo, que, como fase previa a cualquier otro paso, establecerán un Estado soviético o un Reich de mil años.
 
Contra toda prueba fáctica, una porción considerable de la humanidad marcha detrás de una utopía, sea la bolivariana, sea la talibán, sea la bolchevique, sea la farquista: mil años de Chávez, o mil años de mártires para que Dar al Harb se convierta en Dar al Islam, o mil años de KGB (con Stalin, Breznev o Putin), o mil años de narcotráfico, arruinando una tras otras generaciones enteras de imperialistas en su propio territorio, según dicen. Psicopatías varias.
 
Lo peor es la continuidad de la utopía como prueba de la superioridad moral de la izquierda, o del progresismo en general, cuando está sobradamente demostrado que toda realización de utopías desemboca sin remedio en el totalitarismo, desde el modelo falansterial de la minería del hierro bajo los Vassa, bendecida por la iglesia nacional sueca y por generaciones de biempensantes que vieron en él un progreso en las relaciones entre los hombres, con libertad íntima incluida, hasta el socialismo científico de la URSS, pasando por el corporativismo mussoliniano.
 
No es que las utopías no lleven a ninguna parte: llevan al desastre de su puesta en acto.
 
Sería fácil pensar que, si existe una finalidad última de la historia, si todos los actos humanos están llamados a confluir en un punto final, bastará con seguir actuando con una preocupación por el bien, por las sencillas reglas del amor al prójimo, del no matarás, no robarás, no desearás a la mujer de otro, para que el conjunto avance. Una atención seria al mandamiento relativo a honrar al padre y a la madre, es decir, a cuidar de ellos en la vejez como ellos han cuidado de nosotros en la infancia y en la adolescencia, nos ahorraría todas las utopías geriátricas de las que estamos rodeados, todos los archivos de ancianos a los que corremos el riesgo de ser arrojados y todas las leyes de eutanasia que el generoso Estado que nos controla está dispuesto a financiar. Pero no: hay que organizar la sociedad de la manera más rigurosa posible para que nadie cometa errores: los errores los cometen los individuos y, por lo tanto, hay que poner límites a los individuos: legislar.
 
Y si no podemos legislar rápido, habrá que hacer una revolución (en el sentido que el término adquirió a partir de 1789) que acabe de una vez por todas con los reaccionarios que impiden el progreso. Porque el progreso no es algo que se da por sí mismo en la naturaleza ni, mucho menos, en la sociedad, puesto que ni la una ni la otra saben hacia dónde dirigirse sin la guía de la vanguardia esclarecida y esclarecedora: es progreso únicamente aquello que favorece la instalación de la utopía. Eso piensan. Sin embargo, la naturaleza ha progresado por sí misma hasta dar lugar al hombre, y la historia social (Engels dixit) es un capítulo de la historia natural. Yo estoy convencido de que el hombre ha avanzado por entre las tinieblas que le rodean, no pocas de las cuales son de su propia invención, y de que el hombre de hoy es más humano que el de las cavernas, no sólo por superación tecnológica, que también, sino porque la superación tecnológica ha ocasionado una superación neurológica.
 
Es fácil: están las sencillas verdades reveladas. Y para el agnóstico queda el recurso moral de comportarse como si Dios existiera, en la propuesta de Pascal, porque esas verdades son las más justas y razonables.
 
No hace falta que la historia tenga una finalidad, y no es cierto que la parusía reclame un orden determinado. La historia tiene sentido en sí misma. La naturaleza procedió con sentido desde los organismos unicelulares hasta el sapiens sapiens, y no hubo ningún vanguardista orientándola.
 
El sentido de la historia se descubre cada día en la lucha entre el bien y el mal, que se libra en el alma y en los actos de los seres humanos. ¿Habrá un triunfo definitivo del bien? Tal vez, pero entre tanto hay que seguir acotando el alcance del mal. Con eso basta.
 
 
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