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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

El Rey mudo

España va mal. España va peor que nunca, desde la muerte de Franco; o mejor dicho: España vive su peor momento de los años de la democracia, que pensábamos solidamente asentada y que hoy peligra, porque es la España democrática la que está amenazada. Pocas veces en nuestra historia la responsabilidad del poder fue tan evidente.

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En otras crisis que hemos conocido no han faltado profundos problemas socioeconómicos: huracanes mundiales, no por "naturales" menos políticos, sacudieron nuestro país; hoy, la crisis es de "uso interno": aunque el mundo sea incierto y peligroso, la responsabilidad del Gobierno provisional, y de su líder, señor Rodríguez, es apabullante.
 
En política exterior se rinde, sin combatir, ante el terrorismo islámico, apoya y ensalza a los tiranos Castro y Chávez, y tenemos como última muestra, hasta la fecha, el vergonzoso paripé de Salamanca. En política europea se sube al furgón de cola del "chiraquismo", precisamente cuando está en plena decadencia, y cuando cada vez más franceses anhelan un cambio en la política de su país. Y, last but not least, se alista en las divisiones acorazadas antiyanquis y canta en el coro de los fanáticos anti Bush, pero al mismo tiempo, como el perro del hortelano, mendiga la menor caricia de la Casa Blanca. Porque, en realidad, todo le asusta.
 
Pero, repito, es España lo que peligra; su unidad, su futuro, su democracia y, por lo tanto, su Constitución. El Gobierno zapaterista claudica ante ETA y sus cómplices, negándolo, no faltaba más. "Exige" del PP que le apoye en la lucha contra el terrorismo; pero ¿qué lucha ni qué ocho cuartos? Cuando ni siquiera cumple las decisiones de la Justicia y, por ejemplo, la "ilegalización" de Batasuna es una broma pesada. Estamos viviendo el esperpento de la "nación catalana", que ha abierto una crisis sin precedentes y que no tiene solución.
 
Y el Rey, mudo.
 
La verdad es que si casi todo lo anterior, muy resumido, fue aceptado como "globalmente positivo", empleando la jerga pecera en relación con la URSS, por los sociatas y sus potentes medios. El nuevo estatuto de Cataluña crea serios problemas, no sólo en España en general, también en ese sector de la opinión que apoyó al Gobierno provisional y que le está retirando su apoyo ante el peligro de secesión de Cataluña. Más vale tarde que nunca. Un importante núcleo de diputados socialistas, varios presidentes de autonomías, asimismo socialistas, amplios sectores de la izquierda, como CCOO, se oponen con mayor o menor indignación a la destrucción de España.
 
Buen barómetro de esa nueva oposición a la política del Gobierno provisional es el boletín oficial del PSOE, El País. En este sentido, es interesante notar una radicalización de su terminología, porque empezaron, como siempre, por insultar al PP, acusándole de exorbitar las cosas, echar leña al fuego de la división, de neofranquista, y otras lindezas, porque era evidente, según ellos, que Zapatero y Maragall se pondrían de acuerdo y juntos cocinarían un estatuto estupendo, aceptado por todos. Pero esas mentiras se han hundido, y sólo intenta mantenerlas la eterna sonrisa boba del señor Rodríguez, quien repite, alelado, que todo va bien, todo va bien, todo va bien...
 
Y el Rey calla.
 
Desde luego, los nuevos argumentos de El País, y de otros "órganos de Stalin" del zapaterismo, son de lo más peregrino, pero como, además del descontento en sus propias filas, los sondeos revelan un aumento del descontento general, algunos –lo he leído– aconsejan al Gobierno provisional "archivar" el tema de la reforma del estatuto, tan impopular que pone en peligro su mantenimiento en el poder, a la espera de tiempos mejores. Como si la unidad de España fuera una cuestión de moda.
 
Pasqual Maragall.El inefable Josep Ramoneda descubre que el PSC puede prescindir de Maragall, pero que ni el PSC ni el PSOE pueden prescindir de Zapatero, por lo tanto es el catalán quien debe desaparecer, para que todo se arregle. Javier Pradera, como de costumbre, aplica a rajatabla la fórmula: "Si han entendido lo que he dicho, es que me he expresado mal". Miguel Ángel Aguilar, siguiendo la corriente para que no diga Pradera, pasa del insulto al PP y a Aznar a mostrar cierta inquietud. Otros, como Antonio Elorza, son un poquitín más serios analizando la gravedad de la situación a la que hemos llegado, debido a la indecisión, la cobardía y el oportunismo de Zapatero. Porque si las Cortes rechazan el nuevo estatuto, después de tantas promesas, conturbernios y chanchullos, ¿qué pasará en Cataluña? Y si las Cortes, incluso con enmiendas semánticas, aprueban el estatuto, o sea la secesión, ¿qué pasará en España?
 
Y el Rey, mudo.
 
El País publicó hace unos meses una reseña sobre la rebelión, no de las masas, desgraciadamente, sino de un puñado de intelectuales catalanes, contra la política nacionalista del PSC; reafirmaban ser ciudadanos españoles y anunciaban la creación de un nuevo partido que defendería sus ideas. Pero desde entonces han silenciado totalmente lo dicho y hecho por ese grupo de disidentes, algunos colaboradores habituales de ese "diario independiente", quienes tuvieron, sin embargo, el mérito de expresar su indignación mucho antes de que El País expresara sus inquietudes, que no se calmaron con el sedante difundido recientemente por Vidal-Folch.
 
Y el Rey calla.
 
Todo esto hasta el martes 18 de octubre, cuando Víctor Pérez-Díaz publica su artículo '¿Reconstruimos España?', el más inteligente, tajante y valiente publicado en El País. También es cierto que Pérez-Díaz es un caso aparte entre los colaboradores de ese diario. Su artículo no tiene pérdida, y si cito unas líneas es únicamente con el propósito de incitarles a leerlo. Comienza así: "Se supone que elegimos y pagamos a los políticos para resolver nuestros problemas, no para crearlos". Criticando al Gobierno y la reforma del Estatuto, escribe: "No ven que hay un país de españoles que se sienten españoles, probablemente un noventa por ciento del conjunto de la población: un detalle, sólo nueve décimas partes. Y acaban creyendo que a los españoles se les puede pastorear hacia los prados y praderas de su versión de lo correcto". No se limita a analizar y criticar, y propone una rotunda respuesta ciudadana: "A los políticos hay que enviarles el mensaje rotundo, alto y claro de que no queremos que se rompa el país, ni la trama de sus intereses, ni la de sus sentimientos, y recordarles que no somos sus súbditos sino sus iguales y que les podemos echar y les echaremos de sus cargos si se empeñan".
 
Y el Rey, mudo.
 
Constitucionalmente, el Rey no debe participar directamente en las campañas electorales, ni puede destituir a un ministro, por ejemplo, pero su obligación constitucional es velar por la unidad de España. Hoy peligra, la mayoría de los españoles lo saben, y el Rey calla. La noche del "tejerazo", el Rey, bien sabido es, logró con su intervención que los tanques en Valencia volvieran a sus cuarteles, y que en Madrid no salieran de los suyos. Para evitar que aparezcan un día, y en el peor de los casos, por la Plaza de Cataluña, su deber es hablar, alto y claro, incluso antes de las discusiones en las Cortes. Si sigue mudo, también la Corona se verá en peligro.
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