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LA POLÍTICA, A PESAR DE TODO

Elecciones en clave nacionalista

Que en las elecciones europeas del día 13-J el voto ciudadano ha sido establecido en clave nacional más que en una dimensión  netamente europeísta es conclusión prácticamente unánime. En España el asunto va más allá. Aquí, la clave de nuestras congojas se sigue llamado nacionalismo, el cual, siendo periférico y minoritario, se empeña en cercar y dominar a toda la nación.

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Transcurrida una semana de las europeas, los comentarios y análisis efectuados sobre esta jornada electoral ya han resaltado las líneas fundamentales de lo que ha acontecido, lo verdaderamente relevante de su desarrollo y resultados, esto es: la alta abstención constatada y la indiscutible apatía que envuelve a los europeos en lo referente a la construcción de la Unión Europea, ese artilugio amazacotado, distante y desunido, ese puedo y no quiero de la política internacional, ese espacio geopolítico y cultural vergonzante que no encuentra su sitio entre Occidente y Oriente; la superioridad notoria de la opción liberal-conservadora (más lo segundo que lo primero) frente a la socialista, revelada en la conformación de la próxima Eurocámara; la manifiesta y dramática puesta en evidencia de la Vieja Europa y sus vestigios, especialmente de Francia y Alemania, y los titubeantes movimientos sustitutivos y reparadores de la Nueva Europa; etc. No insistiré, pues, en esta labor descriptiva y analítica ocupada en hacer balance general de unos comicios europeos que han pasado con más pena que gloria.
 
Me interesa, entonces, centrar en este punto mis consideraciones sobre la semana política atendiendo a las repercusiones que han tenido en España las europeas, o sea, su principal corolario y revelación para la nación. Ahora, como en todos los momentos de la Historia, la vida en común de los individuos se ve marcada por dos fuerzas antitéticas: unas que tienden hacia la integración de personas y políticas, y otras, las más reactivas y literalmente reaccionarias, que se resisten a estar a la altura de los tiempos y se encastillan en parámetros de la vieja política. Hay instantes en que esa tensión enseña su perfil más crudo y, casi diría también, sangrante. Pues bien, si algún interés tenía, a mi entender, esta cita con las urnas era el de aprovechar las peculiaridades de unas elecciones que toman a España como distrito único y en las que los partidos políticos confeccionan sus listas en oferta común, para permitir valorar la dirección y el peso del voto de los españoles en el conjunto de la nación, y no tanto desde sus demarcaciones territoriales autonómicas que a menudo constriñen y solapan la verdadera dimensión española. Esa lectura puede hacerse también en esta ocasión, pero sería la segunda o tercera lectura del caso. Ya en la misma disposición de partida quedó definida la naturaleza de las candidaturas: unas cuantas, no más de dos, de alcance nacional y el resto, con aspecto de macedonia, armadas a la manera de “unidad en la diversidad”, pero con una sola y obsesiva voluntad: su oposición a la realidad de España como unidad nacional.
 
Con los datos definitivos en la mano el panorama resultante es neto y diáfano hasta casi rozar la obscenidad: los votos que recogen el PP y el PSOE suman el 85 por ciento del total de votos emitidos mientras que las congregaciones de partidos y grupúsculos tutti fruti, nacionalistas, regionalistas y localistas, no superan el 10 por ciento del voto nacional. A este dato le añadimos otro testimonio no menos impactante: Izquierda Unida, tras el periodo de gracia que le fue concedido en este último año por sus compañeros de viaje a fin de dedicarse como cuerpo de asalto a la acción directa impune, a la agitación pública furiosa y a la “toma revolucionaria” de espacios públicos, se ha visto reducida a su real condición, la de partido residual, turbio anacronismo histórico y antigualla biliosa que no representa, después de todo, ni a un 5 por ciento de los electores.
 
Con estos mimbres se está tejiendo (en realidad, destejiendo) la política nacional. He aquí hecha patente, para quien quiera ver, una de las mayores perversiones y paradojas de las democracias: el que unos pocos tenaces y pugnaces dispongan y se impongan sobre la mayoría real y efectiva de la población. Mientras tanto, un antiguo partido socialista obrero español dilapida sus reservas vendiendo el poco crédito que le queda con tal de comerse las lentejas en La Moncloa. Como ya ha sido suficientemente advertido, una extrapolación de los actuales resultados sobre las elecciones legislativas dejaría a los socialistas en barbecho, lejos de la mayoría necesaria para poder formar Gobierno, exteriorizando así, con mayor crudeza si cabe que hace unos meses, el ventajismo del que se han favorecido y los pactos oscuros que les sostienen, los cuales no pueden a durar siempre. Su ascensión al elíseo gubernamental significó una nube de agosto que descargó pedrisco y chuzos de punta sobre muchos cabezas de chorlito que ni se enteraron de la que estaba cayendo. Constituyó un alunizaje revestido de alucinación, una representación tragicómica sin ninguna gracia, una escenificación de realismo socialista con estética de fantasía surrealista. Con un golpe de la fortuna hasta al más miserable puede tocarle el gordo, si está a la que cae y saber jugar sus cartas con habilidad. Pero una golondrina no hace verano, y el mandarinato estólido y usurpador no pueda aspirar a ser algo más que una variante política sin otras expectativas y envolturas que las propias de una reina por un día.
 
¿Quién ocupa hoy el Gobierno de España? Un partido socialista sectario, oportunista y debilitado que se mueve en unas coordenadas que ni en Europa ni el resto del mundo tienen relevancia ni futuro, yendo así a contracorriente de las nuevas tendencias históricas; un Ejecutivo sostenido por unos grupúsculos nacionalistas y/o independentistas, o simplemente folclóricos —pero todos ellos muy corrosivos— que no agrupan tras de sí más que a unas pocas parroquias y villorrios con nostalgia de botijo y horizonte de campanario —pero con mucho odio étnico y mala uva— y por unos herederos del marxismo-leninismo con aroma de mausoleo y vocación social colectivista que ya nadie en sus cabales atiende hoy en las sociedades occidentales modernas.
 
Es francamente penoso y cargante tener que sufrir cada día las acometidas de unos pocos delirantes a quienes se les da pábulo y expectativas suicidas/homicidas, junto a una relevancia y legitimidad de la que en realidad carecen. Todo ello a cambio de un plato de lentejas que poder comerse en La Moncloa. Mientras tanto, quienes representan a más del 43 por ciento de los españoles tienen que hacerse perdonar la vida y el crédito político un día sí y otro también.
 
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