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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Esperanza

Siempre he intentado comportarme como un ser racional. En mi adolescencia, fracasé estrepitosamente. En mi primera juventud, casi pierdo la vida por una causa que no lo merecía. En mi segunda juventud entré en la edad de la razón y logré con cierto éxito que algunos de mis pensamientos guardaran alguna relación con la realidad. Ahora, en esta etapa indefinida en que uno ha dejado para siempre de ser joven pero aún no ha empezado a ser realmente viejo, una especie de contraadolescencia, no he alcanzado el nirvana, pero sí un relativo desapasionamiento en casi todo. Salvo en la política.

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Es una enfermedad hereditaria: a sus 84 años, mi madre es capaz de grandes voces en un enfrentamiento familiar a propósito de una lista electoral, cosa que jamás haría si la controversia versara sobre, por ejemplo, algo tan terrible como el ingreso de mi tía enferma de alzheimer en una residencia.
 
La política es una droga durísima, una adicción irreparable. Creo que si me encerraran para desprogramarme, echaría más en falta los periódicos que el tabaco, aunque lo primero que hiciera al salir a la calle fuese comprar las dos cosas y entrar en algún bar a tomar café, fumar y leer, maldiciendo línea tras línea a éste o aquél ministro, a éste o aquél Chávez, que éstos se reproducen más que los conejos.
 
Toda esta larga introducción, de corte confesional, está destinada a explicar que, además, padezco una subpatología política: mi pasión por los líderes. Mejor: por los liderazgos efectivos, sean o no de mi cuerda.
 
José Blanco.Si de algo abomino en el actual Gobierno socialista no es tanto de su intervencionismo, su peronismo de trazo gordo, su islamofilia y su católicofobia, su decisión de tratar al terrorismo como un partido político más o su despreocupación ofensiva respecto de la nación española; lo que de verdad aborrezco es la mediocridad absoluta de sus dirigentes, empezando por el ignorantísimo presidente que nos ha tocado y terminando por los más astutos, como Rubalcaba o Blanquiño, que lo son a la manera antigua, zorruna, para la que no hace falta finezza alguna.
 
Felipe González era un líder, y eso levantaba el tono de su entorno, haciendo que ministros y altos cargos esencialmente sombríos parecieran a veces otra cosa. Él mismo consiguió convencer a no pocos de que era un hombre culto. José María Aznar, que sí es culto, mucho más de lo que está dispuesto a reconocer, porque eso a veces es un lastre en política, es un líder indiscutible: por eso irrita tanto a tanta gente. Las circunstancias de la vida me llevaron un día a estrechar la mano de Fidel Castro: en aquel momento recordé que mi padre decía que nunca había conocido a nadie que diera la mano como Perón. Cuatro hombres completamente distintos, todos con el don del liderazgo. Y empleo el término don a plena conciencia: no es algo que se adquiera, sino algo que se posee en el nacimiento, como los talentos artísticos, científicos o financieros. No uso el término carisma porque me parecería un abuso teológico de quien nada sabe de teología pero al menos no la confunde con la sociología.
 
A los 30 años Winston Churchill ya había hecho todo lo necesario para figurar en el panteón de los británicos ilustres: poseía el don, la capacidad de trabajo y la naturalidad ante la acción de un líder nato; y lo era a tal punto que a los 70 dirigió una guerra y la ganó, para beneficio de todos nosotros. No era modesto, y hasta hacía gala de una cierta soberbia, pero jamás hablaba de su condición de líder. (Tampoco lo hace Aznar).
 
Pero al parecer, de pronto, los partidos políticos españoles se han llenado de líderes. No voy a hablar aquí de Mariano Rajoy, que mucho he escrito ya sobre él: creo que puede ser un honesto y esforzado presidente del Gobierno, y la incorporación de Pizarro a su equipo habla de su capacidad para elegir gente. No voy a hablar de los socialistas, que le han permitido al de la zeta desterrar a cuanta cabeza valiosa se alzara un poco por encima de las demás: es un partido que quizá tenga dirigentes, si entendemos por ello personajes con mando como el de Palas de Rey, pero no tiene líderes y compone listas con amiguetes, diputados eternos y funcionarios como Pedro Solbes, que jamás ha hecho otra cosa que trabajar en el Ministerio de Economía, lo cual aleja bastante de la vida.
 
Hay quien se ha propuesto a sí mismo como líder y hasta tiene la convicción de que su presencia en las papeletas electorales aseguraría un triunfo sobrado al Partido Popular. Me refiero, claro, al Honorable Alcalde de Madrid, que ha ganado su puesto en buena ley y parece haber olvidado que ese éxito implica un compromiso con sus electores, que le quieren en el Ayuntamiento y no en el Congreso. Pero él es un hombre ambicioso y tiene un cierto sentimiento mesiánico de estar llamado a ser algún día, más pronto que tarde, presidente del Gobierno de España; porque, de no ser así, estaría dirigiendo el Teatro Real, puesto que es un melómano sabio, mucho más que un musicólogo amateur, y un gestor impecable. Le he escuchado en alguna ocasión hablar de música, y el hombre impresiona.
 
Esperanza Aguirre.Pero también es cierto que tiene vocación política, que lo ha hecho muy bien en Madrid y que tiene los bolsillos limpios. Claro que Pasqual Maragall también fue un estupendo alcalde de Barcelona; hasta que, en obvio cumplimiento del principio de Peter, alcanzó su nivel de incompetencia absoluta en la Generalitat. Lo que no sé de él, y esto es verdaderamente trágico, es qué piensa.
 
El problema es que Ruiz-Gallardón, como María Cristina, me quiere gobernar, nos quiere gobernar a todos y, lo que es peor, va y lo dice cada vez que hay alguien escuchando. Pero no explica detalladamente para qué quiere gobernar, cuál es su plan: nunca se le ha oído decir que, en vez de las desaladoras, él abogaría por los trasvases, por poner un ejemplo. Tampoco se le ha oído una palabra sobre educación o sobre fiscalidad. Tal vez Polanco conociera su programa y lo apoyara por ello, pero se ha llevado el secreto a la tumba.
 
Se comprende que Rajoy se haya cansado. Que se haya cansado de Gallardón, no de él y de Esperanza Aguirre, que en la batalla entre ambos inventada por la prensa y por el gallardonismo (que sí existe) ella no ha librado combate alguno. Salvo el que libra siempre, quiera o no quiera, el verdadero líder: el de la santa paciencia frente a la estupidez ajena. Guardar silencio, poner buena cara y dar los besos de rigor en los encuentros.
 
Esperanza Aguirre es una líder natural, posee el don, no necesita decir que quiere ser tal o cual cosa, ya llegará quien la ayude a llegar allí, la gente. De vez en cuando va a algún sitio donde hay un problema, habla con los vecinos del modo de resolverlo, presenta a sus asesores y a los encargados de hacer lo necesario y se marcha. No suele salir en la prensa, desde luego, pero lo hace. Y mientras hace eso y otras cosas, en cada discurso transmite un férreo discurso liberal y pone sentido del humor en casi todos sus comentarios.
 
Yo, que tengo pasión por los líderes y echo de menos a José María Aznar cada día, me siento profundamente gratificado cuando oigo hablar y veo hacer a Esperanza Aguirre. En este país terrible que padece la clase política más ignorante de Europa. Los demás son lo poco que son: no les ha dado tiempo a leer a Azaña. Ella sabe. Y puede. Bastará con que la propongan.
 
 
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