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EL CASO MOCKUS

Histriones y presidentes

Antanas Mockus, el candidato puntero en las elecciones colombianas, es un hombre curioso. He leído que en lituano su nombre quiere decir Antonio Moisés. Antanas Mockus tiene más gancho. Posee bien ganada fama de genio matemático y de funcionario honrado. Pasó gloriosamente por la alcaldía de Bogotá un par de veces, dejando un rastro de extravagante eficacia.

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El problema es que en su rompecabezas personal hay otro inquietante fragmento para alguien que se propone como presidente del país. Mockus, desde el punto de vista clínico, exhibe un claro trastorno de personalidad: es un histrión. Se retrata vestido de Superman; enseñó el trasero a unos estudiantes que lo increpaban mientras decía un discurso en su condición de rector de la Universidad de Bogotá; no sé por qué razones (no es fácil encontrar explicaciones para un hecho así), orinó públicamente en el césped de dicha institución; y se casó en una pista de circo. Debe de haber otros episodios parecidos, pero estos son los que más ha visitado la prensa.

¿Es preocupante tener un presidente afectado de histrionismo? La psiquiatría norteamericana, que es la que dicta las pautas en estos asuntos, considera el histrionismo uno de los múltiples trastornos de la personalidad, y lo trata con psicoterapia o con antidepresivos que controlan el flujo de la serotonina. El histrionismo es un pariente cómico del exhibicionismo y de la histeria colérica. También comparece en las personalidades narcisistas. Según los expertos, lo practican personas egoístas que poseen tenues pulsiones amorosas hacia el prójimo. Generalmente, son seres carentes de mecanismos de inhibición. Gentes totalmente desinhibidas que han anulado el sentido del ridículo, siempre dispuestas a llamar la atención a cualquier costo.

¿Por qué lo hacen? La hipótesis más difundida es que se trata de personas que desarrollaron egos desmedidos para compensar traumas de la infancia, pero todo eso suena a jerga freudiana. En realidad, no se sabe. Sencillamente, hay gente así. La historia contemporánea es muy rica en histriones famosos llenos de talento. Salvador Dalí es el ejemplo más conocido. Sus bigotazos, su mirada de loco, sus boutades constantes enriquecieron durante varias décadas las tertulias de todos los cafés europeos. Era un genio gracioso que se había convertido en un excéntrico profesional.

Dalí comenzó su carrera de gran histrión cuando André Breton puso en circulación la estética y la ética del surrealismo. El surrealismo, entre otras cosas, era la literatura afectada por el histrionismo y por el discurso psicoanalista. Por aquellos años, Ramón Gómez de la Serna dio una conferencia sobre un elefante. Dos generaciones más tarde, Andy Warhol inauguró una variante paradójica del histrionismo: lo mezcló con una insólita dosis de timidez y le agregó un gesto de supremo aburrimiento. La variante surrealista del histrionismo se había disuelto en el arte pop. En cierto sentido, Mockus es la expresión política del surrealismo. No lo acusarán de neoliberal sino de neosurrealista.

La pregunta obligada es si el histrionismo incapacita o no a quien lo practica para ejercer la presidencia. Me temo que sí. Una cosa es divertirnos y sonreír con un Oscar Wilde que da una conferencia con pantalón corto de terciopelo y un gladiolo en el ojal y otra muy distinta ver al presidente de tu país pasando revista a las tropas con esa indumentaria. Al fin y al cabo, entre los veinte ejemplos que conocemos de grandes estadistas contemporáneos, desde Churchill hasta Mandela, pasando por Rómulo Betancourt u Óscar Arias, para también hablar de los nuestros, ninguno era un histrión. Todos tenían el sentido del decoro que venía con la responsabilidad de mandar y representar a sus compatriotas.

En todo caso, Mockus no sería el primer presidente histriónico en la región. A esa tribu pertenecen personas ideológicamente muy diferentes a él, pero emparentadas en la patológica pasión por ser el foco de atención: Hugo Chávez y Fidel Castro son dos buenos (o malos ejemplos). Perón es otro. Más que gobernar, los presidentes histriónicos actúan para la galería. Están siempre más pendientes de hacer un gesto que de la sustancia. Viven para epatar, para deslumbrar a la sociedad, para burlarse de los adversarios y para ser admirados. Son como las luces de bengala: un intenso chisporroteo y luego la oscuridad y el silencio. Eso no es bueno.
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