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SEMBLANZA

Jesús Aguirre, de corbata blanca

Recordaba una vez Julián Marías que los antiguos egipcios se confesaban al revés, es decir, hacían una relación de todos los pecados que no habían cometido, que eran infinitos, y que si Jesús Aguirre la hiciera de las cosas que quería ser y aún no era, la lista sería interminable.

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Este comentario de Marías venía al hilo del reciente ingreso de Aguirre en la Real Academia Española, del que no tengo la impresión de que Marías fuese muy entusiasta, pero describía muy bien el talante de una persona que en aquellos años ocupaba la ribalta, como decimos en Italia, en los más brillantes escenarios de la nación. En todos ellos destacaba con luz propia, por no decir detonaba, y en una de esas detonaciones estuve yo presente –el solemne ingreso en la Real Academia Española– cuyo director a la sazón era Pedro Laín. No voy a entrar en el fondo de la polémica, que sólo serviría para alimentar equívocos –ya la polémica lo era en sí– y me voy a limitar a un pormenor indumentario, en el que pude demostrarle mi solidaridad. Contra la inveterada costumbre académica, él se empeñó en lucir corbata blanca y yo, aunque no era más que un académico de provincias, hice lo mismo, y la cosa no se le pasó por alto a un Dámaso Alonso celoso guardián de los ritos de la docta casa, bien que muy mermado ya de facultades. El apoyo en cambio que él, Jesús, me pudo prestar en varias ocasiones fue algo más que simbólico, y en nuestra Academia sevillana por ejemplo fue en todo momento mi aliado más incondicional y no digamos eficaz.
   
Con motivo de su muerte salieron necrologías, especialmente en el extranjero, trufadas de medias verdades y de resbaladizas inexactitudes, como es norma en esos países que en el nuestro sólo buscan lo pintoresco y lo detonante. Baste como ejemplo, la cantidad de disparates que metió Diderot en su breve semblanza de Olavide. Y es que lo que en él se quería destacar era un pasado que él se sacudía a cada momento de los hombros con cierta morgue como, por ejemplo, cuando decía que todos sus méritos se reducían al del asno cargado de reliquias. Esas reliquias que él metió de matute fueron nada menos que los escritos de la Escuela de Francfort, ese aggiornamento del marxismo que, como sucede con todos los aggiornamenti, tendría funestas consecuencias para el dogma aggiornato. Me consta que no le gustó que evocara su época de precursor, por así decir, de la “teología de la liberación”, en un comentario que hice sobre su excelente e interesante autobiografía espiritual Casi ayer noche, y debo decir también que nuestra amistad salió reforzada de ese momentáneo disgusto.
   
Pero es que Jesús Aguirre hizo con su biografía lo que d'Ors con su estilo, combinando oscuridades y veladuras con ráfagas deslumbrantes, pues tan pronto conversa con Heisenberg en los tejados de la Universidad de Munich como trueca su alma con la de Guardini en una de sus aulas, y eso impediría a los gacetilleros ver la hombría de bien que ocultaba el velo de maya. 
  
Quienes lo hayan tratado saben muy bien que no había doblez en su nobleza, que hacía lo que decía y que a la lealtad respondía con la lealtad. Quienes lo hayan leído, pueden espigar en sus artículos y discursos académicos lecciones muy sabias, por mucho que se empeñara en oscurecerlas a fuerza de relámpagos. En cuanto a sus traducciones, ahí están esos autores de tanta actualidad como Walter Benjamin y Karl Kraus, otra de nuestras admiraciones comunes.
   
Jesús Aguirre, que lo quería ser todo y que se puede decir que lo consiguió, decidió de pronto no ser nada, anonadarse, que hubiera dicho el Heidegger traducido por Zubiri. Al cabo de esa nada, que fue un vivir muriendo, vendría la muerte, que es para lo que somos, como también dijo Heidegger.
 
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