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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La cabeza de un ministro

Cuando la abuela de mi amigo Jaime Naifleisch, nacida en la Rusia prerrevolucionaria, quería subrayar el mérito intelectual de alguien, afirmaba que tenía "la cabeza de un ministro". Tal vez tuviese razón en los términos de aquel mundo, el de los zares, en el que, pese a uno que otro Rasputín, que no poseía cargo oficial alguno, se suponía que un ministro era, necesariamente, un tipo inteligente.

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Esperaban los rusos de antaño que un ministro tuviera el Estado en la cabeza, lo que no era poco si se tienen en cuenta las complejidades del imperio. Esperaban que ningún funcionario de alto rango de la corte dijera: "Me cuesta aprenderme las cosas. Tengo la cabeza que tengo", como sostuvo sin rubor Magdalena Álvarez hace unos días. Esperaban también que, si sucedía algo así, no viniera el zar a decir que respaldaba "mucho, mucho" (¿es que se puede respaldar poco?) al inverosímil sujeto. ¿Respalda la Pantera Rosa a Maleni hasta en lo de ignorar u olvidar cuáles son las cuatro provincias gallegas? ¿Llega hasta ahí el "mucho, mucho" emitido a raíz de la demostrada inopia en que la señora se hallaba días atrás respecto de Renfe y la REE en Cataluña?
 
Como la abuela de mi amigo, estoy convencido de que si Nicolás II, y no digamos Pedro o Catalina, hubiese descubierto que uno de sus ministros desconocía el curso del río Obi, por poner sólo un ejemplo grueso, el tipo habría dado con sus huesos en Siberia, tal vez en las inmediaciones del Obi, para que aprendiera. No es que fuera a respaldarlo mucho, mucho, sino que no lo iba a respaldar nada, nada.
 
Pero, como dijo aquel ministro de Información y Turismo, Spain is different. De modo que a la de Fomento (palabra imprecisa donde las haya) se suman las dos de Vivienda (una, inoperante; la segunda, osada hasta para saber con qué sueña la gente joven); la ex de Cultura (sí, ésa, la del gato Félix y los papeles de Salamanca); el de Justicia, Bermejo, que dice que en treinta y dos años como fiscal nunca consiguió esclarecer un caso del todo (¡vaya reconocimiento de currículum y garantía de justicia!); la de Educación, con la consabida ley de estructuración ideológica de los ciudadanos; el de Sanidad, Bernat Soria, con eso de que la izquierda cura más que la derecha y su pasión por la eutanasia, y el inefable Solbes, con su aparente tendencia a la narcolepsia (y su demostrada capacidad para dormir a los demás), que ha anunciado que dejará su cargo cuando acabe la legislatura, es decir, cuando la corriente cálida heredada de Rato sea completamente desplazada por la corriente fría que ya llega y su gestión se demuestre completamente impresentable. No sé por qué, en 2004 y durante largo tiempo después, había una coincidencia generalizada en que Solbes era el ministro más aceptable.
 
José Montilla.Por no hablar de la segunda y la tercera líneas del régimen: Chaves con sus promesas de viviendas, Montilla vendiendo independentismo catalán en Iznájar, Ibarreche con su referéndum, Sanz con su grupo propio, los señores de la Xunta galleguizando Galicia: todos ellos retrocediendo, chapoteando en una alianza contra la alianza, en una alianza contra los logros de la civilización, contra la cordura, contra la convivencia, contra la lengua común, apañada ahora desde los textos autonómicos de Educación para la Ciudadanía, desde donde los Gobiernos del caso, a imitación del vasco, instruirán a los niños en los "derechos políticos de los pueblos" y no les dirán que viven en España, sino que son "vascos en un entorno multicultural" (sustitúyase vascos por el término identitario que toque).
 
Como no es cosa de arrojar al bebé con el agua sucia, me permitirán los lectores que dedique unas líneas a la excepción, el ministro de Cultura, César Antonio Molina. Le conozco hace muchos años, desde Diario 16, cuando él dirigía las páginas literarias, en las que yo, ocasionalmente, colaboraba. Fue un impecable director tanto del Círculo de Bellas Artes como del Instituto Cervantes. Y es la excepción no sólo en el Gobierno de Zapatero, porque no es hombre de partido, sino en la implacable prueba del principio de Peter: no ha alcanzado el nivel de incompetencia.
 
Resulta que está haciendo lo que la sociedad española, no ya un partido u otro, espera que se haga en su ramo. Empezó con la sustitución de Rosa Regàs al frente de la Biblioteca Nacional, por Milagros del Corral, una persona del perfil adecuado para el cargo, con sólida formación técnica y un brillante currículum. Pero ése sólo fue el caso más sonado; ahora lo será también, probablemente, el de la dirección del Reina Sofía, cuya directora ha dimitido antes de que se lo pidan. En estos días, Molina ha cambiado también, con mucha discreción, a los encargados de los institutos de Artes Escénicas y de la Música, y de Bellas Artes y Bienes Culturales. No sé si los nuevos serán geniales, pero los anteriores distaban mucho de serlo. César Antonio Molina actúa como un ministro de primer Gobierno, cuando forma parte del último de la legislatura. Pero lo hace bien.
 
Nicolas Sarkozy.Es sabido que España es diferente hasta en eso de cambiar a los directores de los museos cuando cambia el partido en el poder, o cuando el partido en el poder entra en una etapa distinta. Y se me ocurre que no es imposible que Molina dure en el cargo apenas hasta marzo de 2008, si llegamos a fecha tan remota sin ser llamados a las urnas. Digo esto porque es de caballeros reconocer el mérito de quien lo tiene, y porque creo que el porvenir más deseable para España es el de la concertación nacional, el camino hacia la cual tendrá que ser recorrido desde los dos grandes partidos. Sarkozy no tendría ningún problema en mantener a un ministro como éste en su cargo. Y yo me pregunto si el PP será en el futuro capaz de hacer algo parecido a conformar un Gobierno nacional serio y relativamente duradero. El PSOE, desde luego, se ha demostrado incapaz de conformar un Gobierno nacional serio, no ya porque no haya promovido jamás a nadie que no fuera del partido, sino porque ha postergado y desplazado sistemáticamente a sus propios cuadros, que los tiene.
 
Salvada la excepción, y sin abundar en más ejemplos, que sólo inducen a la depresión, digo que el conjunto es deleznable, que Zapatero lo sabe y que no piensa rectificar nada, nada ni cambiar a nadie, nadie. Y si lo hace, con toda probabilidad lo hará para peor. No es cosa de entrar ahora a recordar a Olivares y a Godoy, a Campomanes y a Floridablanca, a Ullastres y a Villar Palasí; no es cosa de revisar en detalle la historia de los ministros españoles, pero no me temblará el pulso a la hora de escribir que nunca antes ha habido en los Gobiernos nacionales una suma comparable de ineptos.
 
Sería fácil decir que esto se origina en las limitaciones del presidente, que son muchas, pero creo que el problema va más allá y que se liga en su nacimiento al de las listas cerradas y los diputados a los que nadie conoce (el propio Zapatero fue un desconocido para los mismos que le habían votado en las listas del PSOE en varias legislaturas hasta su sorprendente llegada a la Secretaría del partido). El problema está en los Gobiernos de partido, donde no caben más que leales, sean cuales sean sus dotes. Y no se limita, claro está, a los ministerios: nadie puede decir que Eduardo Fungairiño no fuese un óptimo fiscal general, pero no cabía en el proyecto zapateril de tomar café con los de ETA; en cambio, nadie puede decir que Conde Pumpido sea siquiera un aceptable fiscal general, pero hizo y deshizo todo lo que se le pidió y miró para otro lado cuando al café se añadió la copita de pacharán.
 
Todavía no he leído en España una reflexión ponderada acerca del primer Gobierno de Sarkozy, de esa mezcla de procedencias y estilos y pensamientos que, en última instancia, abarca Francia entera: un Gobierno de la Ilustración en el sentido más amplio del término. Ministros que conocen todas las regiones y todos los departamentos y saben por dónde pasa el Ródano. Después de todo, no es mucho pedir para el cargo un bachillerato bien hecho, un licenciatura digna y experiencia en el campo en que hay que actuar.
 
 
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