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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

La derecha necia

Si yo fuera de derechas, me sentiría orgulloso de esa tradición que ha defendido, y muchas veces creado, la propiedad privada, la economía de mercado, el capitalismo: en una palabra, el sistema económico y social más eficaz de todos los tiempos. Mientras, la izquierda sigue considerando el capitalismo como una indigestión: no llega a tragarlo, a digerirlo.

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Junto a una izquierda que persiste en declararse anticapitalista y antiliberal (la palabra liberal se ha convertido en el chivo expiatorio de todos los delirios anticapitalistas), los partidos socialistas europeos tienen actitudes diferentes ante el capitalismo, pero ninguno manifiesta el menor entusiasmo por él. El peor de todos es el francés (con el Die Linke alemán), que ha tardado muchísimo en reconocer –y sólo de boquilla– la propiedad privada y la economía de mercado, pero con una clara preferencia por el capitalismo de Estado y los mercados "regulados", o sea, repletos de trabas y frenos paralizantes.
 
Si, desde los tiempos de Felipe González, el PSOE ha dado su viraje a-marxista, no puede decirse que el Gobierno zapaterista tenga una política económica digna de tomase en cuenta. Reinan el oportunismo y la limosna estatal. De todas formas, fuertes vientos antiliberales soplan por el espectro socialburócrata europeo. El otro día, por ejemplo, un ex presidente portugués, el socialista Mario Soares, escribía un artículo en el que decía que el neoliberalismo había fracasado en la UE y, por tanto, había que enterrarlo, cuando jamás ha existido.
 
El único líder socialista francés que ha afirmado públicamente: "El capitalismo ha ganado, pero mis camaradas se niegan a reconocerlo" ha sido Michel Rocard; lo hizo a raíz de la muy peculiar conversión de Rusia y China al capitalismo. Pero una vez enunciada esta verdad se quedó corto, infinitamente más que su camarada Tony Blair en el Reino Unido.
 
Nicolas Sarkozy.Pero la derecha acomplejada, vergonzante, necia, hasta cuando la experiencia y la Historia le dan la razón, demasiadas veces se muestra incómoda, no se atreve a defender con entusiasmo el capitalismo y acepta implícitamente el viejo chantaje izquierdista, lo de que el capitalismo es la explotación del hombre por el hombre, la miseria, etc., cuando jamás hubo tanta explotación y miseria como en los países comunistas, en los que se aplicaban los dogmas marxistas. Y es así como vemos a Nicolas Sarkozy, quien triunfó en su partido, primero, y en las presidenciales galas presentándose abiertamente como de derechas, repetir cada dos por tres que hay que "moralizar" el capitalismo financiero. Como si hubiera un capitalismo "bueno", el industrial, y uno "malo", el financiero. Como si el industrial no tuviera acciones en las bolsas, y créditos en los bancos; es decir, como si no necesitara del financiero (y viceversa).
 
Si yo fuera de derechas, me sentiría orgulloso de esa tradición que ha defendido, y muchas veces creado, las naciones, cuando la izquierda, y su movimiento obrero organizado, muy influido por Marx, se declaraba "internacionalista" y proclamaba que los proletarios no tenían patria y otros cuentos chinos por el estilo.
 
Como la izquierda ya no tiene ideología, de la misma manera que no tiene las ideas claras sobre el capitalismo, tampoco las tiene sobre la nación. No hay necesidad de recurrir a los ejemplos de la absurda guerra lingüística en Bélgica, la muy discutible independencia del Kosovo, el aquelarre militar en Georgia y los peligros que acechan en todo el Cáucaso (y en Ucrania, y en...): tenemos el de nuestro propio país.
 
La batalla en torno a la financiación de las autonomías, con el estatuto catalán de por medio, constituye una vergüenza nacional. Y si a Rajoy no se le oye mucho (y lo que se oye del PP catalán es indignante), en cambio nadie puede ocultar la resistencia del ministro Solbes, ni la indignación de varios barones del PSOE. Estamos en plena crisis económica, y lo que pretenden la Generalitat y los partidos catalanes (incluido el PP) es que los murcianos y los extremeños, pongamos, paguen los platos rotos.
 
En el País Vasco la cosa es aún peor, porque sigue ETA, siguen su chantaje y sus atentados y sigue la amenaza del referéndum independentista de Ibarreche. Nuestras incontables denuncias han sido en balde.
 
Si yo fuera de derechas, me avergonzaría la falta de combatividad de los míos a la hora de defender la unidad de España y la solidaridad de los españoles. No estoy diciendo que haya que destruir las autonomías, sino mantenerlas en su marco constitucional. Una lengua común no quiere decir prohibir el vasco, el catalán y el gallego. Luchar contra el egoísmo de las regiones ricas que actúan en detrimento de las otras, más pobres o menos ricas, no quiere decir disolver los parlamentos y gobiernos regionales, o autonómicos, sino velar por la igualdad y la solidaridad entre todos los ciudadanos españoles.
 
Por lo mismo, defender las naciones (y España en primer lugar, puesto que es la nuestra) y combatir una "construcción europea" burocrática y autoritaria, y además paralizada ante la menor crisis, no quiere decir atrincherarse tras unas fronteras, con aranceles y proteccionismos autárquicos, ni negar y oponerse a la mundialización, a las demás ventajas de una economía de mercado liberal. Una España unida puede ser una España abierta al mundo y, sobre todo, comprometida y solidaria con las demás democracias en la guerra mundial contra el terrorismo; y no, como hoy, una nación de izquierdas, rota, cobarde y de rodillas, con sus grotescas y embusteras alianzas de civilizaciones.
 
Si yo fuera de derechas, me enorgullecería del papel de mi tradición de democracia representativa, "formal", "burguesa", tan combatida por amplios sectores de la izquierda. No todos, entonces; casi ninguno, hoy. Otra victoria histórica de la derecha, que ha regalado a sus enemigos.
 
Si yo fuera de derechas, me desesperaría con la derecha española actual, y muchas veces con la europea. Considero, por ejemplo, que en política internacional y en cuestiones económicas el laborista Tony Blair se ha mostrado en varias ocasiones ejemplar, no como esa derecha pazguata, avergonzada y necia.
 
Menos mal que no soy de derechas, sino liberal. Si quieren saber lo que eso significa exactamente, pues es bien sencillo: los liberales somos los que el señor Lassalle, gurú de Rajoy y Ruiz Gallardón, denuncia como sus peores enemigos.
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