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ECONOMÍA

La gran estafa de los subsidios

Con tanto hablar de la crisis y tanto escuchar a sesudos comentaristas que dan grandes lecciones cuando no vieron en su día la que se nos venía encima, a menudo olvidamos que las cosas siguen siendo lo que son. Sin ir más lejos, el baile de rescates millonarios nos puede hacer creer que los gobiernos, el de Estados Unidos en primer lugar pero también el nuestro, tienen la capacidad de crear dinero.

Jorge Soley Climent
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Pues bien, habrá que recordar, por enésima vez, que los gobiernos no son una especie de magos que sacan millones de sus chisteras, sino que todos y cada uno de los dólares o euros que destinan a rescatar determinados sectores han sido o serán extraídos de nuestros bolsillos. Así de claro, así de sencillo.
 
El caso del rescate de los tres grandes del automóvil norteamericanos (General Motors, Chrysler y Ford), pactado por Bush y Obama y al que se están enfrentando unos cuantos senadores republicanos consecuentes con sus ideas y sus promesas a los electores, es especialmente sangrante. Se trata de salvar de la quiebra a una parte de un sector, en este caso de fabricantes de automóviles, que sin la ayuda estatal parece condenada a la bancarrota.
 
El primer rescate, el financiero, se justificó por la necesidad de evitar el pánico, que podría haber puesto en peligro la estabilidad del país, y para no dejarlo desabastecido de unos servicios financieros necesarios para la marcha normal de la actividad económica. Argumentos que admiten debate, pero que aquí daremos por buenos… aunque no son de aplicación al caso de la industria automovilística. Es difícil argumentar que la caída de las tres grandes compañías fabricantes fuera a causar ningún pánico; tristeza y preocupación, seguro que sí, pero pánico no. Por otro lado, el suministro de coches está asegurado a través de las otras compañías activas en los Estados Unidos, por lo que no existe riesgo alguno de un desabastecimiento que pueda poner en peligro la buena marcha de la economía.
 
En esta ocasión el argumento ha sido otro: la necesidad de no dejar caer a tres grandes compañías que emplean a miles de trabajadores debido al impacto negativo que provocarían esos nuevos miles de desempleados. En el fondo se trata de que entre todos los contribuyentes se pague a unos trabajadores y a unas empresas no competitivas pero que sobrevivirán gracias a esta transferencia de renta.
 
En realidad, poco importa que se dediquen a la automoción: si se tratase de la industria del alumbrado con aceite de ballena valdría el mismo argumento, siempre y cuando esa industria diese empleo a un gran número de trabajadores, la cantidad suficiente como para que el gobierno de turno se asustara ante la perspectiva de su paso al desempleo. En cambio, si esos mismos trabajadores trabajaran en muchas pequeñas y medianas empresas, mejor harían en olvidarse de plan de rescate alguno. Curiosa justicia ésta, que premia a los grandes dinosaurios incapaces de adaptarse a lo que les piden sus clientes.
 
Porque los norteamericanos, en estos años, no han dejado de comprar coches, sino que lo han hecho a otras compañías más eficientes, con mejores precios y mejores prestaciones; en definitiva, a empresas que han satisfecho más a un número creciente de compradores de coches. Los tres grandes fabricantes norteamericanos no han sido capaces de ajustar su oferta para hacerla más atractiva, y han ido perdiendo cuota de mercado y viendo cómo sus márgenes menguaban.
 
Hasta aquí, lo propio de la competencia, con un gran beneficiado: el comprador de coches. Si finalmente el plan de rescate sobre el sector automovilístico se lleva a cabo, constituirá una gran estafa, pues lo que se habían ahorrado los clientes al optar por coches de otras compañías deberán pagarlo ahora por la vía de los impuestos. Esto sería tanto como admitir que la competencia en estos años ha sido ficticia, pues finalmente hay unos agentes que saben que sus ineficiencias serán pagadas por el conjunto de los contribuyentes. Hubiera sido más honesto cerrar las fronteras a los coches de importación; o mejor aún, puesto que las restantes compañías de automóviles están ya fabricando en los Estados Unidos (Nissan, Honda y Toyota dan empleo a 100.000 personas allí; este dato desmonta la acusaciones relativas al dumping social, a la práctica de competencia desleal sobre la base de una mano de obra mal pagada), se debería haber autorizado sólo a las tres grandes a fabricar y comercializar automóviles. Si, además, un "zar del automóvil" (cargo que está previsto en el plan de rescate) fija los precios de venta, estaremos definitivamente en el mejor de los mundos planificados.
 
Un último comentario: la negociación sobre el rescate de los tres grandes de Detroit ha puesto de manifiesto de nuevo el tradicional sentido solidario y siempre atento al bien común de los sindicalistas profesionales, que se han mostrado dispuestos a que haya recortes salariales… pero no antes de 2011. Está de más decir que los impuestos para mantener el poder adquisitivo de esos sindicalistas son de efectos inmediatos.
 
 
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