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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La tontería de repetir la historia

Vivimos rodeados de consignas. Algunas son elementales y fáciles de desbaratar. En ocasiones pasadas me ocupé de las más brutales, del tipo "Hasta la victoria siempre" o "La sangre derramada jamás será negociada", que fueron paridas en la estela del castrismo o de su modelo mussoliniano, o del allendismo. Pero hay otras de enunciado más solemne e idéntica insustacialidad que sirven a bajos propósitos del poder.

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La más notoria de esas estupideces pomposas es la que dice: "Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla", atribuida a varios grandes hombres, según convenga.
 
La historia, como he escrito aquí más de una vez, no es una sucesión de acontecimientos, sino un relato. Es, por lo tanto, aleccionadora en el mismo sentido en que lo es toda narrativa. Del relato de la Revolución Francesa, por ejemplo, es posible deducir más de una y de dos moralejas, según quien sea el encargado de transmitirlo: estuvo "el pueblo" en las calles de París o no, la Bastilla fue tomada por "las masas" enardecidas o por los escasos parientes o amigos de los presos comunes que aún permanecían en ella. ¿Qué lección cabe sacar en cada caso? Una lección más o menos marxista, otra más o menos liberal, una tercera más o menos católica, o una cuarta de cuño Astérix, útil únicamente para consumo interno en Francia en la conmemoración del 14 de julio.
 
Hoy, la bendita frase acerca de la repetición de la historia es traída a colación a menudo por el garzonismo político, una enfermedad nacional generada por la aullante falta de división de poderes en España, en relación con la Guerra Civil. Dicen los corifeos del gobierno del nietísimo que hay que conocer la historia de la contienda para no repetirla. Se refieren, naturalmente, a no repetir la experiencia del bando nacional, y para ello constituyen en historia el relato republicano, limpio de todo aquello que no sea pueblo sufriente a causa de la crueldad del fascismo en su singular vertiente franquista.
 
Zapatero.En esa versión de la historia se excluyen sin contemplaciones todos los desastres propios de la Segunda República, que queda reducida a una manada de víctimas inocentes a medio enterrar.
 
Zapatero, que se conoce al dedillo ese relato, con abuelo fusilado incluido, se ha dedicado de forma asombrosamente metódica a repetir los traspiés de la República, desde el pacto de Azaña con los nacionalistas catalanes, Estatut incluido, hasta, en este momento, el acercamiento a Rusia, ya no por la vía de los asesores políticos soviéticos, sino por la de la recepción de capitales del imperio en empresas españolas. Él ha aprendido esa versión, y como todos los errores, por darle un nombre a los dislates de Azaña o de Negrín, entre otros, fueron, a su juicio, confirmado jurídicamente por Garzón, cometidos por "los buenos", como dice Peces Barba, los reitera sistemáticamente. No comete ninguno de los errores de "los malos": apenas aquellos a los que le obliga la realidad, que, como sabemos, es más tozuda que el relato histórico, siempre maleable; por ejemplo: no le queda más remedio que tratar con los alemanes, que en el caso de Repsol-Lukoil tienen mucho que decir y que lo callarán por siempre jamás.
 
La cuestión es que la historia enseña, como cualquier fábula, porque se la ha ido construyendo para eso: lo que enseñe, depende del fabulista. Hay una moraleja oficialista para la narración de lo ocurrido entre 1931 y 1939. También hay una moraleja franquista, tosca y brutal, que evoca la necesidad de mano dura para la gente "ufana" y "soberbia", como dice Els Segadors. Pero falta una moraleja elaborada por la derecha democrática española, que, así como no se atreve a ser más que un tímido centro casi socialista, abandonando la posibilidad liberal para tiempos mejores, se demuestra incapaz de contar una versión propia del pasado. La historia de la derecha española está desde siempre en manos de la izquierda española o del franquismo, como si nada hubiese que defender.
 
Fernando VII.Siempre me ha parecido lamentable la coincidencia general acerca del pasado en una sociedad, la que sea. Me hubiese gustado presenciar un debate amplio, en este 2008 que ya se acaba, acerca de 1808 y los afrancesados, en su mayoría personas solventes y decentes, a las que no les importaba demasiado que el trono lo ocupara un Borbón degenerado como Fernando o un Bonaparte tirando a mediocre como José. A los suecos no les ha ido tan mal con los Bernadotte, herederos de Napoleón, probablemente más eficientes que los Holstein-Gottorp, a los que sustituyeron. Claro que un debate de ese tipo cuestionaría la legitimidad borbónica, necesaria moraleja de la historia oficial. Por lo tanto, estamos todos de acuerdo en que el retorno del rey felón fue bueno para todos y, lo que es peor, sigue siéndolo.
 
En la escuela primaria a la que asistí hace eones, una escuela alemana de Buenos Aires, se nos hacía leer a Esopo, a Samaniego y a Iriarte. De mi curso salieron un coronel que destacó por su crueldad en la dictadura de Videla y un desaparecido: los dos deben de haber aprendido más o menos las mismas cosas que yo, incluidas las máximas que se desprendían de la obra de los fabulistas. También, por supuesto, asistimos a las mismas clases de historia y, a la hora de definir una actitud ante la vida y ante la política, repetimos errores diversos, ya cometidos por otros en el pasado. Lo que no impidió que el peronismo gobernara, directa o indirectamente, en el poder formal o en la oposición (que es otro plano del poder), durante más de sesenta años. Y que dominara la historiografía del país de manera agobiante: algún día se hará la historia de la historiografía peronista, que ocupa el noventa por ciento de los textos disponibles hoy en las librerías porteñas.
 
Me correspondió más tarde asistir a la universidad franquista y a la posfranquista, ambas empeñadas en la divulgación del marxismo, con contadas excepciones: era la prueba de que el régimen se descomponía. Tengo para mí que el régimen actual (llamar "régimen" al socialismo no es cosa mía, sino de Felipe González) empezará a descomponerse cuando la historiografía socialista española, de una variedad, una inteligencia y una riqueza que que carece la peronista, empiece a hundirse, porque no es posible que la caída de la URSS no haya dejado alguna vía de agua en la nave histórica de la producción intelectual socialdemócrata, la nave en la que viaja hacia la eternidad Santiago Carrillo. Entonces, desde luego, repetiremos la historia.
 
 
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