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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La inflación

No soy economista. ¡Ya me gustaría! Es como ser psicoanalista o chamán o echador de cartas, oficios en los que uno puede decir cualquier cosa desde un lugar que se supone de sabiduría sin que nadie le reproche nada, y menos la ignorancia. No se puede demandar a nadie por mala praxis económica, aunque la gente maldiga a algunos ministros y elogie a otros sin saber muy bien por qué.

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Esto no significa que no haya buenos economistas, como hay buenos psiquiatras y chamanes que se lo creen de verdad. Pero esos buenos economistas no son los que deciden a la hora de elaborar políticas de gobierno, si es que alguna vez se elabora alguna. Por lo general, esos buenos economistas se dedican a enseñar economía, como mi querido y admirado Carlos Rodríguez Braun, que sabrá perdonarme lo aventurado de este artículo, en el que ensayo una profecía a medias.
 
Conozco a un joven que se ha comprado un piso en Madrid hace cinco años. Un piso modesto, de cincuenta metros cuadrados, casi una "solución habitacional". Para esa compra se ha empeñado en una hipoteca a cuarenta años por 180.000 euros. Hoy, el piso tiene un precio de mercado de 120.000, lo que supone una pérdida, que pagará durante décadas, de 60.000 euros, un 33%. Tiene dos opciones: dejar de pagar, quedarse sin casa y pasar a la lista de morosos, con los consiguientes engorros de por vida, cosa que sin embargo harán muchos; o aguantar el tipo hasta que los precios se renivelen y hasta llegue a salirle barato. Esta segunda posibilidad se la brindará la inflación. No hablo de un aumento de precios, sino de un aumento despiadado de los precios, que no del valor, de todo.
 
Los primeros perjudicados, como dice mi buen amigo Pedro Martínez, serán los ahorristas, que verán cómo el esfuerzo acumulativo de muchos años se va por el desagüe. Habrá un sector social que no podrá ni siquiera optar por no pagar, sino que se verá obligado a ello, esos 3,3 millones de parados de los que ha dado cuenta nuestro periódico. Un ocho por ciento de la población real, y no sé qué monstruosa parte de la activa, que se queda fuera del sistema.
 
Rodrigo Rato.El Estado se ha hecho cargo de unas deudas bancarias para cuyo pago no tiene dinero. Por eso se ve en la obligación de emitir deuda o fabricar dinero, dos caminos que llevan sin remedio a la hiperinflación. Esto no es un problema español, sino universal. Como tal, debe ser enfrentado de manera conjunta por los diversos gobiernos. Pedro Martínez me incluye en su mail una cita de prensa: "A su juicio [el de Rodrigo Rato], el establecimiento de un tipo de gobierno mundial 'no tiene visos de que sea algo que se vaya a producir de forma próxima', y aunque no está muy convencido de quererlo así, consideró más práctico dicho refuerzo entre gobiernos nacionales 'donde el concurso del Fondo Monetario Internacional es indispensable'". Y por esto: "En dichos foros, también se deberán tratar los requisitos de liquidez de las entidades financieras". Y por esto: "Rato señaló que mirando al futuro se puede intuir el riesgo de escasez de oferta de materias primas" [...] "que puede empujar a los capitales a buscar refugio en activos protegidos de la inflación".
 
El liberal Rato, que ha estado dirigiendo una entidad antiliberal por definición como es el FMI, "intuye" escasez de materias primas, es decir, echa la pelota al campo de los países que sólo producen materias primas, y a los que se dejará de comprar, perjudicando el normal desarrollo de la muy necesaria globalización. Y, desde luego, no explica cuáles son los activos protegidos de la inflación en los que buscarán refugio "los capitales".
 
Puesto que estoy escribiendo desde Buenos Aires, daré un ejemplo local de lo que digo. Aquí, donde hay dos grandes provincias olivareras, el aceite de oliva cuesta ocho euros. Mi estimado lector, que consume en España aceite español o italiano, ignora que sólo está comprando marcas que envasan aceite de diversos orígenes, entre ellas Argentina. Lo mismo que le sucede cuando bebe zumos de tetrabrik, hechos con concentrados procedentes de la provincia argentina de Tucumán y exportados vía Chile, que cobra en sus aduanas impuestos ajenos. Se dejará de importar: escasearán las materias primas, según rato, el aceite aumentará y se hundirán algunas industrias. La inflación, entre otras cosas, es enemiga del consumo, ese consumo al que los progres maldicen pero que mantiene en movimiento el sistema.
 
Liberales como Rato, desde instituciones como el FMI, se oponen a la libre circulación de mercancías, y hasta contribuyen a obstaculizarla: así, cualquiera intuye. La decisión está tomada, no en un gobierno mundial, pero sí en los "foros". Resulta cuando menos curioso que unos se reúnan en una casa cerrada a cal y canto y otros se desgañiten de puertas afuera protestando, cuando a los dos grupos, el de las potencias y el de los vociferantes, les repugna por igual la globalización y, en un sentido más amplio, al liberalismo.
 
Lo que viene, pues, es la inflación.
 
 
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